Las palabras y la batalla cultural
¿Qué hacemos cuando hablamos?

Somos cartesianos, lo sepamos o no. Uno de los problemas que esto implica es que al sostener un “Yo pienso”, nos creemos precisamente que yo pienso y en realidad sabemos que la lengua piensa y cada uno con ella se las arregla como puede.

Borges decía que las ideas nacen bellas  y envejecen crueles. De modo que no es lo mismo tener pensamientos que pensar. Se piensa contra un orden de cosas. Sólo así el pensar se dirige a la invención y a la alegría que hace vivir.

Si miramos bien de cerca no podemos dejar de asombrarnos de todos los efectos que tienen las palabras sobre nosotros. Para eso, para mirar de cerca, se hace necesario correr el velo que supone el uso instrumental y naturalizado del lenguaje. El bla-bla cotidiano. Se hace necesario ser un poco poetas para sobrevivir en este mundo que está más allá del malestar en la cultura. Eso no quiere decir que debemos hablar de cosas bellas. No. Debemos recuperar el asombro del que hablamos antes. Volver a escuchar las palabras, sus resonancias, su ritmo, su sabor y sobre todo la historia que se cuenta en cada una (historia que no es nunca individual).

Vamos a preferir evitar meternos en tecnicismos lingüísticos, y hacer distinciones, por otra parte necesarias en otro contexto, para atenernos a la urgencia que esta cuestión adopta en función de la gravedad que las condiciones de vida portan en la actualidad. Vamos a intentar poetizar la política ya que cuando hablamos constituimos un hecho político e histórico.

Se ha subrayado con razón la importancia de lo que se llama la batalla cultural, pero no se pone lo suficientemente en evidencia que esa batalla se da en el campo de las palabras. Esperamos mostrar con tres ejemplos la importancia capital de esta reflexión.

El primero fue para nosotros poner en evidencia hace ya veinte años que el uso de la palabra desaparecido, tomada del discurso de quien se combate,  parece aceptar que desaparecido es un estado posible para el humano con lo que queda elidido la real existencia del desaparecedor. Un humano vive o muere, jamás desaparece. No se puede decir que hay vivos, muertos y desaparecidos sin pretender que es lo mismo un anciano que se pierde como consecuencia de una demencia senil que alguien a quien no se encuentra porque fue secuestrado, y tirado desde un avión. Y planteamos en ese momento que las cosas mal nombradas retornan en busca de la palabra que bordee lo real en juego. 

No es lo mismo utilizar esa palabra en estas tierras que en otro lugar del mundo. Desaparecidos es una palabra argentina. Tampoco es lo mismo utilizarla en cualquier momento o circunstancia. Lo inconsciente es local y epocal en su eficacia. Por eso acá y en estas épocas hablar de desaparecido es hablar de desaparecedor. Y hoy es hablar de la Gendarmería y de Santiago Maldonado, de los mapuches, y de su historia, de Roca. Silencio de los “demócratas”. Se ha dicho oficialmente Santiago está “extraviado”. Palabras, palabras y siempre la muerte cerca.

El segundo se refiere a la palabra democracia. ¿Será lo mismo pronunciarla en los albores de la caída de la monarquía durante la Revolución Francesa que en la actualidad iraquí?

En una situación su resonancia nos lleva a igualdad, libertad, fraternidad y en la otra sencillamente a imperio invasor. No es más que por homofonía que usamos la misma palabra para nombrar la democracia venezolana, cubana, china o rusa.

¿Qué resonancia tendrá la palabra democracia en quien tuvo algún pariente o conocido recibiendo bombas lanzadas desde los aviones de la Unión Democrática a una población civil en Plaza de Mayo con el argumento de derrocar al “dictador”? Luego ante el triunfo de los “demócratas”, la impunidad y el silencio no solo respecto de este delito de lesa humanidad, sino ante el hecho de haberse naturalizado la existencia de una democracia proscriptiva de las mayorías ante el silencio de las “democracias del mundo”. Tampoco eso ha impedido que se recuerde a quienes aceptaron esa naturalización, como demócratas.

Y ya se puede ver lo que nos hacen las palabras si no hacemos algo con ellas. Basta que transformemos la palabra democracia en fetiche para que empecemos a hacernos eco de la propaganda que pretende que sólo hay un tipo de democracia, por supuesto la del parlamentarismo republicano impuesta desde la nueva real academia de letras que es Hollywood. Para, de este modo, estar autorizados a invadir países para que puedan “ser democráticos”. Se ve que esta cuestión hace que según lo que una palabra nos hace, nos determina nuestra reacción emocional hacia una guerra. Por estas murieron, mueren y morirán millones de personas... por cuestión de palabras.

El tercer ejemplo, y hacen falta muchos más, es la palabra neo-liberalismo. 

Una imagen para captar de un golpe de vista la cuestión en perspectiva. Siglo XIX, más precisamente 20 de noviembre de 1845. Naves de guerra inglesas y francesas avanzan con la palabra liberalismo económico junto a sus pabellones patrios. En las orillas del Paraná no se veía más que libertad amenazada. ¿Qué quiere decir entonces liberalismo? ¿Hay un “diccionario en los barcos y otro detrás de los cañones de Mansilla?   

Nadie está dispuesto a matar o morir si no posee las palabras adecuadas. Eso lo saben bien los capellanes militares que tuvieron un lugar privilegiado durante la dictadura. No hay bala que no lleve una palabra escrita cuando hay palabras que llevan sangre en su historia.

Pero al hablar de neo liberalismo se agrega un dato curioso. Nadie se nombra a sí mismo como tal. El término es más utilizados por quienes lo atacan. A ellos nos dirigimos. Se escucha en la resonancia de esa palabra la amenaza más importante a la existencia de cualquier lazo social digno. No sólo refiere a la posibilidad de condenar a la miseria a millones en el mundo, sino a que esos millones acepten como inexorable su destino. No es “morir por la Patria” no es “guerra santa”. Es la necesidad de ajustar el déficit fiscal establecida por una religión mucho más sangrienta que cualquiera que occidente haya conocido. 

A esa religión preferimos llamarla darwinismo tonto. El más fuerte tiene no solo el derecho, sino la obligación de suprimir al débil. Competitividad es la palabra sagrada de esta liturgia. El argumento será reconocible para cualquiera que haya hojeado “Mi lucha”. Ya no es por el bien de la raza, sino de las cuentas fiscales y del lucro de los ganadores. Los perdedores sin dudas que se lo merecen y ellos lo saben. En ellos está la responsabilidad de reaccionar y hacer que este mundo sea más vivible.

* Psicoanalista.