El documental de Manuel Abramovich y el libro de Selva Almada sobre el rodaje de Zama
Clima y anticlímax

Diez años de silencio pueden crear alrededor mucho ruido. Voces, relatos, chismes, la condición necesaria para el mito. Esa podría ser una de las razones por las que Zama, la nueva película de Lucrecia Martel tenga, además de océanos de expectativa a su alrededor, un libro y un documental que hablan sobre ella. ¿Qué pasó en estos diez años? ¿Cómo fue este extraño rodaje? ¿Qué hace Lucrecia cuando filma? Hasta ahora estas cuestiones permanecían ocultas tras la tenue bambalina que protege su trabajo y el de su equipo de producción. Pero, por algún motivo, en esta ocasión la directora dejó entrar a su bunker a cielo abierto a dos extraños: el joven documentalista Manuel Abramovich y la avezada narradora Selva Almada. Cada uno de ellos hizo lo suyo. Manuel un hipnótico documental llamado Años luz y Almada un librito de notas poéticas titulado El mono en el remolino. 

Y es que el estreno de Zama es un suceso, no solo porque el cine de esta directora es uno de los más relevantes de la cinematografía de nuestro país, sino porque Martel es además, una directora de culto. Lúcida, enigmática, algo reticente. Las entrevistas que viene dando desde Venecia, donde la película se vio fuera de competencia, son replicadas y replicadas, particularmente sus dichos en torno a la necesidad “ecológica” de filmar menos, de condensar, de hacer películas sólo sobre un centro de interés, como en busca de una piedra preciosa. Y esa condensación, como si esa piedra cayera en el medio de un lago, genera oleaje, ondas, ecos. Un libro y una película. 

Es esa imagen icónica, su pelo rubio natural algo despeinado, sus anteojos Cat Eye de marfil, lo que flecharon a la cámara. Puede ser entonces ella la protagonista de una película en la que simplemente la veamos filmando su propia película. Eso debe haber pensado Manuel Abramovich que luego se le propuso a la directora, que en principio se negó, luego aceptó, más tarde se incomodó y por último le pidió amablemente al director que se las tomara de su rodaje. 

Todas estas tensiones se ven en Años luz: un documental realizado por este joven fotógrafo y cineasta que se destaca en sus planos singulares, tomados desde lejos, con algo de espíritu vouyeur. Los impactantes escenarios naturales formoseños se ven intervenidos por el aluvión técnico, creando imágenes insólitas que el documental capta y sostiene. Planos largos en los que se muestran los momentos de la espera y la preparación, el tiempo que la directora se toma para ciertas decisiones que deben hacerse sobre la marcha. Pero la vemos también lejos de las cavilaciones, atando caballos o dándole alfalfa a una llama realmente fotogénica. Los planos de Abramovich son de una belleza abrumadora, que a la vez que parasita la de Zama,la acentúa otorgándole una capa más de sentido. Si bien no hay un relato en el documental, la observación da lugar a reflexiones que quedan para el espectador. El modo en que ella escucha la densidad de las voces e infinitos sonidos de la selva, da cuenta de la importancia crucial que esta directora da al sonido. La serenidad, firmeza y el particularísimo estilo de las indicaciones que da a sus actores –Daniel Veronese, Lola Dueñas o Daniel Giménez Cacho–  también habla de la concepción de la actuación que hay en sus películas. 

El proyecto de El mono en el remolino de Selva Almada es diferente. En absoluto imantado por la figura de Martel, la escritora recorre el oleaje que la filmación genera a su alrededor. Un recorrido pausado, como hecho a pie. Observa lo que ocurre con el casting, los no actores involucrados, los quom, los niños, los ancianos, inmersos en ese clima de calor e insectos. Almada mira lo que Zama no mira: ciertos personajes, su origen y sus historias de vida. ¿Quiénes son esos formoseños, algunos con nombre y apellido, otros solo con apodo, que luego serán solo un rostro pintado o quizás una espalda que se perderá indefectiblemente en los magníficos planos generales?

Si Años luz se mimetiza con el clima cinematográfico de Zama, El mono en el remolino se funde con el habla de sus actores secundarios, construyendo un libro de no ficción geolocalizado y poético. Imágenes perdidas y vueltas a encontrar.