Diego Starosta y El imitador de Demmóstenes
El oficio del actor
La puesta que se presenta en ElKafka propone una serie de reflexiones sobre el vacío cultural y la creación teatral. “Intenta abrir varias líneas de sentido”, señala Starosta.
“El actor recibe recompensa del espectador durante el espectáculo.”“El actor recibe recompensa del espectador durante el espectáculo.”“El actor recibe recompensa del espectador durante el espectáculo.”“El actor recibe recompensa del espectador durante el espectáculo.”“El actor recibe recompensa del espectador durante el espectáculo.”
“El actor recibe recompensa del espectador durante el espectáculo.” 
Imagen: Sandra Cartasso

Un actor que ensaya hasta el límite de sus fuerzas es el personaje desde el cual se organizó la dramaturgia y construcción formal de El immitador de Demmóstenes, conferencia teatral de Diego Starosta, actor, director y maestro de actores, intérprete único de éste, su último espectáculo. Con una concepción de espacio, luz y sonido creada en conjunto con el músico Diego Vainer y el director, escenógrafo e iluminador Gonzalo Córdova, Starosta trabajó sobre dos textos del dramaturgo español Sanchís Sinisterra (Vacío y Presencia) y sobre Rapsodia para el teatro, del filósofo y dramaturgo francés Alan Badiou. La mayoría puestos en boca del personaje, algunos grabados y otros proyectados en escena, los fragmentos tienen la intencionalidad de confrontar las ideas de vacío y potencia creadora, buscando generar en el espectador asociaciones diversas. Un vacío que, como observa Starosta a Páginai12, “no es la nada, sino la ausencia que se multiplica en todos planos de la cultura”. 

Entre ironías, repeticiones y juegos físicos, el montaje también discurre acerca de la relación entre teatro y política, un tema que desde principios de la década del 90 puso sobre el tapete el director Ricardo Bartís. Este mismo asunto, la debilitación del campo de la actuación por obra de los políticos es otro de los ejes de El immitador... “Los políticos han acaparado en la actualidad el manejo y la eficacia última del concepto de ficción”, afirma Starosta, en tanto describe la tarea de su personaje como “un acto imposible: deshacer a partir de un discurso la hipocresía que sostiene la realidad del mundo para restaurar el antiguo orden ficcional”. En relación al abordaje de estos temas, Starosta y su equipo ponen especial énfasis en los procedimientos de su enunciación: “Me parece que el teatro está muy anclado en el sentido”, sostiene, “y a mí me interesa pensar en un equilibrio entre lo que se dice y el cómo se lo dice”. 

–¿Qué implicancias tiene la referencia a Demóstenes?

–El personaje del actor es una analogía de Demóstenes, el arquetipo del orador. Lo que sostiene la construcción de la dramaturgia es la idea de ver a un actor ensayando un discurso que establece una analogía entre teatro y política. Porque la política –los políticos, los medios gráficos, la TV– se quedó con el recurso de la ficción y su potencia. 

–Su personaje realiza acciones físicas durante toda la obra.

–Esa exageración en el despliegue físico está en relación al tamaño de la tarea que tiene. El actor habla en un arrebato de mea culpa: toma conciencia de que hay una parte que le toca en el funcionamiento social que permitió que la política haya acaparado el recurso de la ficción. 

–¿Por qué eligió repetir textos y hasta proyectarlos?

–La repetición permite varias lecturas. Sin ninguna soberbia intelectual, la obra intenta abrir varias líneas de sentido. Y el vacío, la ausencia y la saturación sería una de ellas. 

–¿Por qué Badiou afirma que el actor es un héroe moral?

–Porque no puede ser juzgado por el valor de su ejecución en términos de juicio (si lo hace bien o mal) sino de su capacidad para obrar. El actor es un oficiante entre el arte del autor o creador de la referencia y el director, los verdaderos histriones. Por eso plantea que es inútil y blasfemo que el actor salga a saludar al final por haber hecho simplemente lo que debía hacer.  

–¿Es por esa razón que el actor no debería recibir aplausos?

–No estoy en desacuerdo con el aplauso. Pero el actor ya recibe una recompensa del espectador durante el espectáculo, por estar ambos presentes en la ceremonia que es el teatro. Lo instituido es el aplauso inmediato, un gesto que a mí me parece vacío. Apenas termina el espectáculo se aplaude sin que exista un tiempo de captación de lo que acaba de ocurrir. El saludo de los actores cobra una relevancia desmesurada desde el punto de vista de una ética más humilde del trabajo, en el momento del hecho teatral. 

* El immitador de Demmóstenes, jueves a las 20 en ElKafka, Lambaré 866.