El prestigioso psicoanalista y escritor argentino Jorge Alemán se exilió en España en 1976, en plena dictadura argentina, y cuando el país ibérico hacía poco que iniciaba una transición a la democracia, después de casi cuarenta años del régimen dictatorial de Francisco Franco, quien falleció el 20 de noviembre de 1975. Alemán tenía 25 años. Desde entonces, vive en Madrid. Autor de numerosos libros que dan cuenta de un pensamiento que une psicoanálisis, filosofía y política, así como de libros de poesía, durante la segunda mitad de los ‘70 formó parte de la avanzada del psicoanálisis lacaniano en España y es uno de los intelectuales más consultados. 

Pero Alemán nunca se olvidó de su tierra: el miércoles 29 de noviembre a las 18.30 en el Centro de Salud Mental Dr. Arturo Ameghino (Av. Córdoba 3120) presentará la nueva edición corregida y aumentada de un libro que tuvo destino de clásico: Soledad: Común (Ned Ediciones), donde traza una aguda y lúcida intersección discursiva entre psicoanálisis y ciencias políticas. Y a partir del miércoles 22 participará de las IV Jornadas de la (s) izquierda (s) lacaniana (s) en Mar del Plata (ver recuadro).

Se podría decir que en Soledad: Común, Alemán señala al psicoanálisis lacaniano como un espacio de reformulación de lo político y las políticas. "Valido de la teoría del psicoanálisis lacaniano me introduzco en un tema clásico: después del período revolucionario, del que estamos haciendo el duelo, la idea fue ver cómo se vincula la experiencia del sujeto con la experiencia colectiva". Para Alemán esto es central porque en el período revolucionario "había un sujeto unificado al que nos podíamos permitir hacer referencia como el gran motor histórico de la transformación". Como se está comprobando en estos días, "ese sujeto ya no está unificado, hay que volver a pensar los fenómenos colectivos sin desconocer cómo está constituido también el propio sujeto". 

El propósito fundamental del libro es tratar de que lo colectivo no sea equivalente a lo que planteó Freud en Psicología de las masas y análisis del yo. Alemán lo fundamenta así: "Si lo colectivo es un lugar donde las diferencias, que son constitutivas de cada uno, se borran, ese colectivo surge de una manera hipnótica y finalmente termina neutralizando sus propios mecanismos transformadores. Mi idea es tratar de aportar ciertas cuestiones que se pueden extraer de la enseñanza de Lacan para mostrar que un proyecto emancipatorio no tiene por qué ser un proyecto solo pensado desde la lógica de la psicología de las masas, que Freud siempre describió como hipnótica, sin responsabilidad, mermando las capacidades intelectuales de cada uno".

-O sea que usted entiende a lo colectivo donde, por un lado, nadie pierde su propia singularidad y, a la vez, está participando en un hecho común, ¿no?

-Sí, no solo nadie la pierde sino que, a diferencia de las corrientes lacanianas conservadoras, pienso que la propia singularidad se realiza de verdad cuando se hace la experiencia de lo común. Ese es el núcleo más fuerte del libro: pensar que la experiencia de lo común como experiencia de igualdad no es un lugar donde la singularidad se borra sino donde alcanza su verdadero ser porque las diferencias entre unos y otros no son las diferencias que impone el mercado. Las diferencias entre unos y otros son las constitutivas, son las que no se pueden borrar. Y es el campo de la igualdad, donde podrían aparecer de verdad. Es un insulto a la diferencia cuando se dice que la diferencia es porque uno nació en una familia rica y otro nació en un lugar donde hay precariedad. Esa no es la diferencia. La diferencia es la manera en que cada uno se relaciona consigo mismo, que es una relación muy problemática, existencialmente problemática, y con los otros. Pienso que el campo de la igualdad no es un lugar donde se va a asfixiar la diferencia, como pasa con las masas, sino todo lo contrario: es un lugar donde se puede potenciar esa diferencia. Y por eso, a pesar de lo complejo, hay una parte del libro en que trato de pensar a la lógica de la igualdad en una lógica femenina, abierta; en términos lacanianos, "no toda", un lugar incompleto, siempre abierto.

-¿Por eso cree que no hay pensar la igualdad desde la identidad sino desde la diferencia?

-En un juego dialéctico entre la diferencia y la identidad. La identidad siempre es necesaria porque los sujetos organizan sus representaciones a través de las identificaciones. Y no se puede borrar la identidad porque cada uno sería una diferencia dispersa, en cada uno habría una diferencia que lo separaría de los otros. La identidad es importantísima. Ahora, esa identidad no puede ser inerte, pétrea, sólida, que cierra todo. La identidad empieza a ser operativa en un proyecto transformador cuando es una identidad abierta. Me atrevo a decir que los proyectos políticos transformadores fueron transformadores cuando mantuvieron en su seno esa identidad abierta y tuvieron en su interior todo el tiempo puesta en juego esa tensión. Cuando esa tensión desaparece se vuelve autorreferencial, inerte, y sin operatividad.

-¿Cómo conviven en usted esa especie de tensión entre psicoanálisis e izquierda, teniendo en cuenta que uno aborda al sujeto y el otro al colectivo? ¿Un poco el objetivo del libro es pensar ese proyecto emancipatorio que mencionaba, sin desconocer la problemática del sujeto y el común de lo colectivo?

-Sí, pero además esto se volvió más urgente que nunca desde el momento en que el neoliberalismo es una captura de subjetividades. Y dicho de una manera más contundente: una producción de subjetividades. Una de las diferencias conceptuales más importantes que plantea este libro es la diferencia entre sujeto y subjetividad. El sujeto es lo que los dispositivos neoliberales no pueden producir. La subjetividad, en cambio, es lo que sí. Constantemente, los dispositivos neoliberales producen, capturan, generan, como hemos visto ahora a partir de la pandemia, con la aparición de las ultraderechas en el mundo: son lugares en donde ya el análisis de la ideología debe tener en cuenta también la manera en que la ideología no es solo un acto de conciencia, sino que la ideología ha penetrado también en el orden más fantasmático del sujeto. Entonces, ahí hay también una relación en tensión entre las subjetividades y el sujeto. Si la diferencia entre la subjetividad y el sujeto se borra no hay nada que hacer. Nos prepararemos para la extensión de un neoliberalismo zombie, mutante que estará todo el tiempo produciendo subjetividades sin historias, sin legados, sin herencias simbólicas y que querrán vivir la vida en un presente absoluto, como se está expresando actualmente la política en muchos lugares del mundo. No hay que dejar de pensar cómo la psicosis (no en el sentido estigmatizante ni psicopatológico) ha ingresado al campo de las ultraderechas. En todo el mundo, los delirios que aparecieron en la época de la pandemia se han vehiculizado a través de las ultraderechas. En todo el mundo, las ultraderechas son megalómanas, con una idea de un comienzo cero de la historia, donde los legados y las herencias desaparecen.

-¿Cómo se puede pensar la afirmación “El Otro que no existe” en una época signada por la segregación, la descalificación e incluso la desconsideración de la condición humana del adversario en las políticas de derecha?

-Hay que distinguir dos cuestiones: una cosa es en la experiencia analítica. Lo que se propone el psicoanálisis desde el punto de vista lacaniano es captar que el Otro no existe en todo su peso y en toda su autoridad y que el sujeto puede asumir y situarse con respecto a su propio deseo. Ahí es legítimo que el sujeto pueda hacer la experiencia de que ese Otro que él creía que dominaba su vida, que lo espiaba, que lo estaba enjuiciando todo el tiempo, el sujeto se pueda separar de ese Otro mortífero. Y otra cosa es el capitalismo. En los lacanianos ha habido una confusión: el Otro del capital sí existe y produce lo que usted acaba de describir: una idea en donde cada sujeto es un átomo de competencia que tiene estar nada más que destinado en esta vida a darle mayor potencia o maximizar su propio valor, estar en una vida donde todo el tiempo la misma se evalúa, se planifica, se estructura a partir de la competencia en el mercado.

-Usted ha señalado que la lógica del neoliberalismo es hacer surgir una subjetividad sostenida en la idea de gestionar a la propia vida como una empresa. ¿Por qué cree, entonces, que buena parte de la sociedad argentina acepta esto?

-La idea de gestionar la propia vida como una propia empresa la planteó Foucault en Nacimiento de la biopolítica. Lo que en todo caso yo traté de demostrar es qué resortes del sujeto tocó el neoliberalismo para que pudiera tener éxito ese proyecto. Y he propuesto que el superyó, que Freud estudió en muchos de sus textos políticos, es una instancia que se caracteriza por obligar al sujeto a ir más allá de sí mismo y estar todo el tiempo sometido a órdenes que no puede cumplir. La combinación entre los imperativos neoliberales y el superyó ha sido una de las grandes bisagras de la dominación actual.

-¿Por qué cree que las ultraderechas actuales son el testimonio más logrado de la desaparición de la verdad y la expansión del nihilismo?

-Esto es muy importante. El nihilismo fue definido por pensadores como Nietzsche, pero me interesó mucho la lectura del último Heidegger como un modo no donde no existan los valores ni donde no se crea en nada. Se puede creer en un montón de cosas y se pueden multiplicar los valores, pero todos están instrumentados desde la técnica. Entiendo por nihilismo el modo en que la técnica instrumenta todos los valores. Y por técnica entiendo todo aquello que va desde el algoritmo hasta la inteligencia artificial, pasando por todos los pequeños objetos con los que se juega en la vida desde muy temprano. Heidegger vincula al nihilismo con el eterno retorno de lo mismo y con una voluntad de poder. Una voluntad de poder que está dominada por el eterno retorno de lo mismo. Casualmente, Freud vinculó a la pulsión de muerte con el eterno retorno de lo mismo. Y ahí vino la oportunidad de establecer una vinculación entre este eterno retorno de lo mismo, ligado de a la pulsión de muerte, y el eterno retorno de lo mismo con una voluntad de poder, porque uno de los grandes resortes del nihilismo es que nada se puede cambiar, que nada va a poder ser transformado, más que darle toda la potencia a la voluntad de poder y que la voluntad de poder de la técnica se realice. Lo que hemos visto el domingo es una elección trágica, suicida de un gran sector de la sociedad que se inmola para cumplir con los imperativos de la técnica, donde todo va a quedar sometido a la pura de voluntad de poder en su expansión máxima.

-El psicoanálisis es una teoría que entra en contradicción con los totalitarismos. ¿Cómo puede pensarse, en ese sentido, la relación entre psicoanálisis y poder?

-El poder ha elegido otras estrategias: la autoayuda, el coach. El poder está al servicio de la gestión de uno mismo. El poder ha elegido teorías que están influyendo mucho a los políticos. El otro día vi a dos coaches hablar de que lo importante son las emociones y que uno piensa lo que siente. Si uno piensa lo que siente quiere decir que Karl Marx escribió El capital por sus emociones, y que Kant escribió Crítica de la razón práctica por sus emociones. Eso es la traducción actual de la barbarie. Si solo pensamos que cada uno es nada más que el conjunto de sus emociones y que se unifica de una manera completa con las emociones no hay ninguna posibilidad de que el sujeto esté abierto a alguna idea que vaya contra sí mismo. Lo interesante en la vida es cuando un sujeto se descubre con un pensamiento que él no sabe cómo acomodar, pero por el que entiende que se puede organizar algún deseo de él. Ahora, si somos idénticos a nuestras emociones, como le escuché decir a Jaime Durán Barba y a otro coach, entonces es considerar a la población absolutamente manipulable: "Despertemos emociones".

 

El encuentro en Mar del Plata

Jorge Alemán participará en las IV Jornadas de la (s) izquierda (s) lacaniana (s) en la Universidad Nacional de Mar del Plata, que se llevarán a cabo entre el miércoles y el viernes próximos. "Después del resultado del domingo, a todos se nos abrió una gran duda y una gran desazón, pero inmediatamente nos hemos repuesto todos y hemos dicho: 'Ahora más que nunca hay que demostrar que se puede continuar'. Tenemos todavía un gran tesoro simbólico que custodiar, tenemos la memoria de cosas muy importantes. Este es un país en donde se han pensado cosas que no se han pensado en otros lugares", señala Alemán, quien reconoce la izquierda lacaniana es una idea que "tiene mucha relevancia en la Argentina". "Entonces, además de las cuarenta ponencias que hay, las Jornadas ahora se tienen que volver un gesto de resistencia, o mejor dicho de insistencia, que es la palabra que me gusta. Vamos a continuar insistiendo, no nos vamos a replegar, no nos vamos a esconder. Vamos a seguir pensando que construir una teoría, darle vuelta a las cosas es un modo de seguir en la resistencia", agrega.

 

Cuando surgió el sintagma "izquierda lacaniana", muchos analistas consideraron que Alemán quería de hacer de izquierda a los lacanianos. “No me propuse nunca eso. Mi propósito era al revés: llevar a Lacan a la izquierda”, concluye.