“Borges era argentino, pero un argentino universal. Perón también pero por otras razones. Todo el mundo sabe que Perón era el marido de Evita. Pero, además, Perón ha sido el creador del peronismo, lo que no tiene nada de tautológico…”.

La frase está al comienzo del libro “El siglo de Perón. Ensayo sobre las democracias hegemónicas” de Alain Rouquié, publicado recientemente por Edhasa. Rezuma ironía y hasta un grado de simpatía por el objeto de estudio. Toda (apenas) la que puede permitirse un académico francés por su objeto de estudio.

Advertencias previas: esta nota pretende incitar a la lectura del texto. Contiene spoilings sobre el contenido, totalmente irrelevantes, porque lo mejor del estudio es su recorrido y no el punto de llegada.

Rouquié conoce la Argentina, la visitó “n” veces, escribió libros señeros sobre el rol de las Fuerzas Armadas en los ‘80. Prodiga un trato personal caballeresco, habla castellano con fluidez y agrado. Preside la Maison de l’Amerique Latine, enclavada en París en un edificio tan señorial que parece de la Recoleta.

“El siglo…” atraviesa la saga del peronismo desde su irrupción hasta ahora. La ambición temática enhebra  las presidencias de Juan Domingo Perón, Isabel Martínez, Carlos Menem, Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner. También los intervalos de persecución, proscripción, convivencia con los rivales que lo vencieron a partir de 1983.  


Dos interrogantes: Un clásico interrogante central vertebra (trata de contestar, vamos) el libro: el que formula en el subtítulo, la esquiva categorización del movimiento.

Navega otro enigma clásico: los motivos de la perduración de la extraña criatura pasando de un siglo al otro. Su “resiliencia” que se sostiene según pasan los años.

El autor propone una comparación entre el peronismo con otras “democracias hegemónicas” contemporáneas: Venezuela, Bolivia, Ecuador, hasta Rusia. La pretensión a veces deslumbra, a veces se queda corta, eventualmente derrapa, siempre motiva a repensar. El trayecto se parece a esos periplos turísticos en los que los viajeros se detienen en una ciudad desconocida, ante un arroyito o una capilla ignorada. O revisitan parajes que conocen y los ven desde otro ángulo.


La fuerza de la crónica: El ensayo combina narrativa histórica, análisis comparativo, incursiona en la teoría política. La crónica es su  punto más elevado. Toca la cima al referirse al período que corre desde 1945 a 1976, aquel en que Perón fue elegido presidente tres veces, en comicios libres. Se lleva más de la mitad de las páginas y ninguna sobra. El pasaje por los mandatos de Menem, Kirchner y Cristina es más apurado, simplifica, ahonda menos.

Rouquié analiza los contextos históricos, explora la psicología de los protagonistas. Recupera debates de todo tipo, toma posición, a menudo dictamina, no se “casa” con ninguna tradición histórica de este país.”La leyenda peronista habla de medio millón de manifestantes” el 17 de octubre, comenta. No la crea, propugna: fueron decenas de miles. Una “manifestación pacífica y digna”, arbitra.

Toma posición también respecto del número de desaparecidos, sin incurrir en las argumentaciones “ad hominem” ni distraerse más que un puñado de renglones. 

Describe con agudeza la barbarie antiperonista posterior al ‘55, le enrostra a la Revolución Libertadora haber revivido a Perón, que en el segundo mandato venía perdiendo (a su ver) el favor de las masas. Los ejemplos son una muestra, no trataremos de sintetizarlos ni de replicarlos.

Rouquié encara la prolongada vigencia del peronismo en diferentes estadios y épocas.  Falla o no alcanza a describir las causas de la perduración. “Maleabilidad”, “adaptabilidad”, no ser “un contenido sino un estilo de hacer política” son descripciones exentas de novedad… mas no explicaciones. Tal vez sea imposible trascender lo evidente, desentrañar lo que va más allá.


Populismo y desniveles: Rouquié descarta, con rotunda elegancia, el rótulo “populismo”. No lo considera un sustantivo, como pretenden (esto corre por cuenta de este cronista) intérpretes de segunda clase, académicos desganados para el estudio, opineitors y panelistas de toda laya. “Etiqueta peyorativa”, “epíteto infamante (…) que dice, de hecho, más de aquel que lo utiliza que de aquel al que se aplica”. Chapeau. Todas las comillas de esta columna corresponden a “El siglo de Perón”.

“Democracia hegemónica” es su hilo de Ariadna para tipificar la larga, diversa, contradictoria saga de los gobiernos justicialistas. Las “metamorfosis del fénix”. Democracia porque siempre llega merced al voto y busca relegitimarse por ese medio con frecuencia. “Hegemónica” porque es anti institucionalista, se desplaza “en la cornisa” aunque, reconoce Rouquié, ha entregado el poder cuando fue vencido en comicios libres,

La tipificación se extiende a otros regímenes de Sudamérica y Europa. 

Uno piensa que fuerza las analogías para encasillar a todas las experiencias peronistas en esa categoría.  Para calzarlas en la misma horma desecha diferencias importantes, lima aristas, soslaya hechos. La acotación aplica en cierta dosis al menemismo. Y muy particularmente al kirchnerismo: exacerba sus defectos, incurre en distorsiones fácticas. Ni registra que cambió la Corte Suprema, menos el modo notable y único que utilizó. Exorbita la disputa con los medios dominantes, haciéndose eco de parte del discurso de éstos. No se los “quiso amordazar”, basta remitirse a los archivos escritos o audiovisuales. 

Falla al describir a “los piqueteros” y a los organismos de Derechos Humanos. Son algunos de los errores más serios del volumen, comentaremos otros en el párrafo siguiente. A cuenta digamos que describe a Abuelas de Plaza de Mayo como “una filial” de Madres de Plaza de Mayo. Una pintura equivocada que no da cuenta de la diversidad de esas agrupaciones. Respecto de los piqueteros, se obsesiona en exceso con Luis D’Elía, relegando a los numerosos movimientos sociales, sobre todo los que se opusieron al kirchnerismo.

Rouquié ranquea muy alto el mandato de Kirchner, “una presidencia colmada de éxitos en casi todos los terrenos”. Puntualiza la disminución de la pobreza entre 2003 y 2015, mayor que en países vecinos, producto de políticas sociales inclusivas y decididas.

No nos explayaremos mucho sobre las hipotéticas desviaciones autoritarias de los “peronismos de Perón” y del kirchnerismo en particular. Solemos volcarlas en estas páginas con asiduidad. Retornemos a “Perón…”. 

Rouquié reconoce el carácter “manso y bonachón” del 17 de octubre y que la Resistencia peronista no derramó sangre, a diferencia de quienes la perseguían. Pero, piensa uno, incumple una de sus premisas cuando acentúa el carácter anómalo del peronismo dentro del sistema político. El encomiable método comparativo exige cotejarlo con sus adversarios o enemigos, según las épocas o las pugnas.

La democracia argentina siempre transitó la cornisa, habitualmente se derramó sangre… hay que hacer la cuenta de cuantos cayeron de un lado o de otro, sin prendarse tanto del cinco por uno que no se corroboró a la hora de contar las víctimas.

En el acatamiento a la regla electoral, el peronismo rayó por encima de sus adversarios. En el siglo XX, fue el proscripto, como antes el radicalismo… pero por más tiempo y sometido a represión y silenciamiento más feroz. En la coyuntura actual habrá que ver qué hace la derecha macrista, en su estreno con legitimidad democrática.

El peronismo, interpreta quien esto firma, no viene siendo más hegemónico (usando la palabra como sinónimo de inclinado al autoritarismo) que sus alternativas políticas. Es un punto de vista, enriquece discutirlo con quien lo expresa con calidad.


Errores y traducciones: Un abordaje tan amplio transita la cornisa del error. No hablamos de la perspectiva diferente a quien lee, sino de la distorsión de hechos.

Rouquié se equivoca cuando afirma que Eduardo Duhalde renunció a la posibilidad de ser candidato en 2003, cuando asumió la presidencia provisoria.

Se chispotea con fechas varias en el repaso de los 70: adelanta o retrasa sucesos. Confunde el modo en que se sustanciaron indulto y amnistías durante la presidencia de Héctor Cámpora.

Supone, cuasi macartista sin desearlo, que “el círculo Carta Abierta” fue “creado por veteranos de la lucha armada”. Para tratar el kirchnerismo sigue demasiado a los editorialistas de La Nación, una fuente pobre para quien maneja con destreza las categorías de Max Weber.

La traducción le juega algunas malas pasadas. Sin ser graves, ameritan una mención. Las unidades básicas se llaman así y no “unidades de base” como desliza el autor.

En francés “ancien” puede significar “antiguo” pero también “ex” si se antepone a un cargo público, por ejemplo. Llamar “antiguo ministro de Economía” a Amado Boudou es impropio, casi gracioso. Tanto como recordar que el presidente Raúl Alfonsín había sido “antiguo diputado federal” y no ex diputado provincial.


Razonar versus tener razón: Borges, que era argentino y universal, contó alguito sobre  un hombre que tenía la virtud de conversar intentando no tener razón de un modo triunfal. Rouquié aspira a tenerla, pretensión irrenunciable e imposible de plasmar en un cien por ciento. Más le interesa persuadir, sostener el interés, argumentar, llenar hasta el borde un container de referencias, perfiles, sutilezas. Respeta a sus destinatarios, no apela a solidaridades mecánicas…

Las discrepancias que motiva un trabajo con tantas aristas vienen con el producto, el lector agradece la oportunidad de seguir un discurso informado, elaborado, riguroso en promedio.  Es bienvenido cuando la cultura y la literatura políticas locales incurren con agotadora frecuencia en el panfleto inconfeso, en el dispendio de epítetos, en la falta de escrúpulos informativos, en la iracundia como reemplazo del afán de convencer, en un vocabulario de 300 palabras.

Merci, monsieur. Hacer pensar es la labor de los intelectuales y es estimulante aprender de aquel con quien se discrepa, en algunos tramos del rico trayecto.

[email protected]