Esto no es una obra infantil
Teatro Basada en un cuento de Dani Umpi, El vestido de mamá es la historia de un chico de 7 años que adora y usa el vestido –quizá mágico– de su madre. Destinada a quebrar las barreras que la ubicaron en el lugar de teatro para chicos, la pieza de Gustavo Tarrío habla de la dictadura y de la marihuana, muestra a un niño en etapa de exploración y erosiona la idea de familia, incluso la de familia diversa. Porque, como afirma el director, familias diversas son todas.

¿Cómo se convirtió el libro del escritor pero también músico y artista visual uruguayo Dani Umpi –con ilustraciones de Rodrigo Moraes– en obra teatral? Maruja Bustamante leyó El vestido de mamá y quedó cautivada por el universo que convoca desde la mirada de un niño que invita a repensar el concepto tradicional de familia y convocó al director y dramaturgo Gustavo Tarrío a realizarla en las tablas. Tarrío, claro, es un artista imposible de clasificar: pasa de la obra Florencia frutera montada en el frente de una planta baja de un edificio de Palermo a un musical muy cinematográfico como Dorisday o Todo piola, a partir de un poema de Mariano Blatt. También dirige las visitas guiadas del Teatro Nacional Cervantes, siempre con el sello distintivo de su formación en cine y televisión como realizador o guionista. Así, en 2016 Tarrío versionó el cuento para el proyecto Familia en el Centro Cultural Ricardo Rojas, destinado a pensar/complicar la idea de familia desde la escena. Hoy, en su segunda temporada con puesta renovada en el C. C. 25 de mayo, en el barrio de Villa Urquiza –ya se presentaron en Rosario y La Plata– consolidan un público que los ha elegido más de una vez, sabe sus canciones, se emociona o ríe a carcajadas, desde los adultos mayores hasta los chicos. Luego de funciones extendidas en vacaciones de invierno se despiden –momentáneamente– a mediados de octubre con el reconocimiento en los Premios Teatro XXI que otorga GETEA: resultaron el mejor espectáculo infantil a nivel nacional. 

Desde el comienzo la obra plantea el marco fantástico al que se ingresará a través de su protagonista, un niño de 7 años, fascinado por el vestido de fiesta de su madre, lleno de brillos, y las múltiples posibilidades que encuentra con él a la hora de jugar. Primero, en la intimidad de su casa, cuando sus padres no están y luego, en la calle, donde el terreno se vuelve más hostil y el bulliyng aparece para de un pelotazo arrebatarle la posibilidad de meter un gol con el vestido como capa. 

“Mamá también tiene unos zapatos hermosos, ¿los ven?, pero me quedan grandes... Cuando los uso creo que puedo patinar”, comparte con el público y el pacto se establece: somos cómplices en sus aventuras y de a poco, también queremos saber de qué está hecha la tela del vestido, usarlo, jugar. 

El humor es central y para nada ingenuo. Hay guiños a personajes de la televisión, algún que otro insulto y referencias al vínculo amoroso-sexual de los padres, haciendo a un lado cualquier tabú aunque siempre de un modo lúdico. Los actores, de interpretaciones brillantes, son Andrés Granier y Paula Beovide –como los padres– y Emiliano Pandelo –ya una cara conocida en espectáculos para niñxs como en el ciclo Art Attack de Disney– como el hijo y protagonista. ¿O el protagonista es el vestido? La música en escena enriquece la puesta con Pablo Viotti en piano y “canciones que funcionan como los dibujos del cuento”, según aclara Gustavo Tarrío, creación en conjunto con Guadalupe Otheguy.  Para él la obra no significó un desafío, siente que “los estaba esperando” y agrega: “Hay mucho amor en esta obra y se apunta directo contra lo que rechazamos: esa extraña facultad de algunas personas a negarte o a obturar primero la apariencia y el deseo de otro. Hay muchos gestos siniestros a los que los chicos están expuestos hasta el mote de ‘familia diversa’, porque diversas son todas. El problema es la pesadilla de la familia nuclear cerrada y la hipocresía. No ver el hecho violento de que hay  personas que anulan a otros escondidos detrás de una fantasía o de su religión organizada”.

A Emiliano Pandelo su personaje le divierte y le resulta orgánico. Desde el texto a la adaptación todo le permitió “volver a transitar y ver cosas que como adulto uno pasa inadvertidas. En un punto ser niños es eso, sorprenderse y deslumbrarse por la belleza y la simplicidad de las cosas desconocidas”. La ruptura con la cuarta pared que plantea la puesta, con constantes diálogos con el público, siempre activo, le ha permitido momentos impensados como cuando los padres cantan junto a Viotti en el piano y  él se escabulle entre la gente. “Están emocionados hasta las lágrimas. Mientras estoy sentado se me acercan para ver el vestido de cerca y tocarlo, me regalan golosinas, me saludan, me muestran sus juguetes favoritos, me dicen cuál es su ropa preferida, me preguntan de qué equipo de fútbol soy y hasta me comparten  sus teorías sobre de qué creen que está hecho el vestido. Recuerdo que un niño de cinco años me dijo: ‘Este vestido esta hecho de rodajas de luz’”. Para Tarrío los personajes son sólidos desde el cuento original y como le aclaró Dani Umpi en una charla: “Los padres no son infalibles, son amorosos, respetan la privacidad del niño y son cómicos y la historia no es la de un niño trans, es una historia sobre la libertad de la exploración en la que los grandes no tienen que meter sus prejuicios. Es para niñxs y para todas las edades”. Además, en época de ofensiva de grupos político-religiosos que van contra lo que llaman ‘ideología de género’ y la veda que rige sobre la educación sexual en las escuelas, El vestido de mamá tiene que ver con seguir hablando, agrega Tarrío, de lo que a veces creemos que está resuelto pero no. “Hay adultos que  se sienten acompañados en el desconcierto y reconozco que nunca pude hablar de mi experiencia de ser papá y ser hijo de un modo tan comprometido. También tuvimos algunos espectadores enojados como una abuela que les gritó ‘maleducados’ al elenco. Otros a los que no les gusta que se mencione ser hijo de la dictadura, la diversidad  o la marihuana en las canciones. Y en épocas como estas de ajuste, de negacionismo y de represión el teatro independiente toma la palabra sin dudar después de la función para encarar al público y activar. Se trata de involucrarse y poner el cuerpo”.

Y para quienes se van con un pedacito del vestido en mano seguirá resonando en las cabezas, y en el aire, parte de una de las canciones: “Soy el hijo lo desconocido/ una hija monoparental/ hijo por carácter transitivo,/ hija amantada en un penal./ Soy el hijo de una buena madre/ hija de Miss Tacuarembó/ hijos flacos como el hambre./ Hijas de puta,/  hijos de puto,/ hijos del montón...”

El vestido de mamá se presenta domingos 1º y 15, y sábados 7 y 14 de octubre, en el C. C.    25 de Mayo, Triunvirato 4444. A las 17. Ultimas funciones. En noviembre se presentarán en el Teatro Solís de Montevideo. 

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