Los perros, dirigida por la chilena Marcela Said
Diatriba contra una clase dominante

Si de algo no hace gala Los perros, segundo largometraje de ficción de la chilena Marcela Said luego de El verano de los peces voladores (2013), es del poder de la sutileza. Tampoco es que le interese demasiado hacerlo: esta nueva investigación sobre la etapa más oscura del pasado reciente en la vida política y social de Chile quiere dejar las cosas bien claras y, en el camino, corre el riesgo de amputar la posibilidad de la reflexión por parte del espectador. El documental El mocito (2011), también dirigido por Said, giraba alrededor de un tal Jorgelino, agente de la DINA que solía servir el café durante las sesiones de tortura en un centro de detención, y lograba transmitir con fuerza, a partir del más estricto registro de realidades presentes y pasadas, el horror del entramado de represión y muerte que ahogó a la sociedad chilena (y a la latinoamericana en general) décadas atrás. Las particularidades de la dictadura en el país vecino, que se extendió hasta el año 1990, son diferentes en muchos sentidos al caso argentino, y la historia central de Los perros no hace más que exponerlo indirectamente, aunque al mismo tiempo sea precisamente el énfasis en ciertos rasgos del carácter y la clase social a la que pertenece su personaje central el que termina empujando al film en las aguas de la alegoría.

Mariana (Antonia Zegers, la hermana religiosa de El club, de Pablo Larraín) tiene 42 años, está casada con un arquitecto argentino (Rafael Spregelburd) y es hija de un encumbrado empresario. Los días de Mariana incluyen el gerenciamiento de una galería de arte, las inyecciones de hormonas que podrían propiciarle un embarazo deseado y las clases de equitación que ha comenzado a tomar con un ex coronel devenido profesor (Alfredo Castro, figura clave en el cine de Larraín, comenzando por su Tony Manero). Si fuese argentina, Mariana sería una típica “rubia concheta”: hija de papá, sin problemas económicos de índole alguna, aburrida casi de su propia existencia. El carácter caprichoso de su personalidad es puesto de relieve en infinidad de ocasiones por el guion, quizás como preparación ante lo que sobrevendrá: el comienzo de una relación cada vez más íntima con el Coronel Juan, de quien comenzará a conocerse un turbio pasado ligado al aparato represivo del estado durante los años de Pinochet, que bien podría describirse como progresivamente perversa, en términos estrictamente psicoanalíticos.

La realizadora posee un notable ojo para lograr encuadres opresivos –incluso en planos al aire libre– y la fotografía scope del francés Georges Lechaptois escapa a cualquier clase de academicismo. El ritmo narrativo, por otro lado, es sostenido, e incluso por momentos sobrevuela algo cercano al suspenso. Pero no hay casi nada que fuera inferirse fuera del cuadro y es el relato en sí mismo el que comienza a respirar cada vez menos al acercarse a su nudo central. La aparente rebeldía de Mariana ante los suyos (su marido, esencialmente; su padre, en mucha menor medida) derivará previsiblemente en un nuevo ejemplo de ocultamiento de ciertas verdades, en el fortalecimiento de un statu quo que, siempre según la película, continúa presente de manera excluyente en las elites chilenas. Es esa aspiración de universalidad y la caracterización –por momentos, cercana a la caricatura– del peldaño social al que pertenece Mariana el que termina alejando a Los perros del terreno de la reflexión por medios cinematográficos y acercándolo al de la diatriba. Cerca del final, el entierro de la mascota de Mariana se transforma en una parodia de las prácticas católicas, otra de las tantas metáforas de una película que hace de canes y equinos las víctimas perfectas de la simbología social. Curiosamente, el deseo de fustigar ejemplarmente a los personajes se acerca bastante a la idea de flagelación religiosa.