EL TEOREMA DE MARGUERITE 6 puntos

Le théorème de Marguerite; Francia/Suiza, 2023

Dirección: Anna Novion.

Guion: Agnès Feuvre, Marie-Stéphane Imbert, Anna Novion y Mathieu Robin.

Duración: 112 minutos.

Intérpretes: Ella Rumpf, Jean-Pierre Darroussin, Clotilde Courau, Sonia Bonny, Julien Frison.

Estreno exclusivamente en salas de cine.

La protagonista del nuevo largometraje de Anna Novion se acomoda concienzudamente en el lugar común del estudiante de ciencias exactas, tanto física como emocionalmente. Marguerite es seca, cortante, seria, no parece tener amigos cercanos ni una vida social activa; usa el pelo atado, bien tirante, y los anteojos completan el clásico cliché visual del nerd. La historia, escrita a ocho manos, la encuentra dándole los toques finales a su tesis de doctorado en matemática teórica, que viene preparando desde hace tres años. Durante la presentación, un simple error que destruye todo el edificio demostrativo es señalado por otro joven recién llegado desde otra universidad, el nuevo protegido del tutor de Marguerite, el profesor Werner, interpretado por ese veterano del cine francés llamado Jean-Pierre Darroussin. Difícil que algo así ocurra en la vida real, dado el intenso trabajo previo de revisión de docentes y pares, pero El teorema de Marguerite trabaja en partes iguales en dos terrenos: la descripción de ámbitos, saberes y personajes, por un lado, y la reformulación de recetas narrativas probadas de antemano, por el otro.

Ella Rumpf, una de las chicas de Crudo, la ópera prima de Julia Ducournau, sostiene sobre sus hombros gran parte de las virtudes de la película, que durante los primeros tramos ofrece un retrato interesante de una criatura compleja y frágil. Largando todo al demonio, Marguerite renuncia a la carrera que, hasta ese momento, era prácticamente sinónimo de su existencia; se muda a un departamento compartido con una joven bailarina, Noa, y encuentra trabajo en un local de ropa deportiva. “Estás teniendo un ataque de rebeldía adolescente tardío”, le dice el profesor ante las malas nuevas, a lo cual la muchacha le responde con un enojo que se asemeja al de una hija defraudada ante las actitudes de su padre. Lo que sigue es el clásico derrotero de pez fuera del agua, al tiempo que Marguerite –quien nunca tuvo un orgasmo, según le confía a su compañera de piso– acompaña a Noa en salidas nocturnas a bares y boliches, intentando de a poco adaptarse a una vida sin pensamientos teóricos.

Pero el amor es más fuerte y, por esas cosas de la vida, la protagonista le encuentra una nueva aplicación práctica (y bastante redituable) a su mente calculadora: la práctica del mahjong en mesas clandestinas de juego. Cuando el guion introduce nuevamente al olvidado muchacho que le cambió la vida para mal surge la posibilidad de otra clase de pasión, en principio compartida por la afinidad mutua ante las progresiones numéricas y un gran problema nunca resuelto: la conjetura de Goldbach. Así dadas las cosas, el film avanza sobre todos los terrenos conocidos del drama romántico, eso sí, aderezado con paredes pintadas de negro que hacen las veces de pizarras para las más complejas resoluciones de incógnitas (los conocedores del paño registrarán con una sonrisa algunas de las ecuaciones; para el resto, serán apenas chirimbolos). A mitad de camino entre el cine autoral típicamente francés y el relato de un amor incipiente basado en fórmulas cinematográficas, El teorema de Marguerite no es ni chicha ni limonada, pero se deja beber. Y sí: en dos ocasiones el montaje superpone sobre el rostro de Marguerite las más complicadas fórmulas, reseteando el famoso meme de la mujer abrumada por los cálculos matemáticos.