Otra madre, del cordobés Mariano Luque, con Mara Santucho y Eva Bianco
Mujeres que se comunican con el cuerpo
Indagar para comprender antes que para juzgar. Esa voluntad es la que mueve al director de Salsipuedes en su segundo largometraje, concentrado en el infinito universo femenino.
Eva Bianco en una escena representativa de Otra madre.Eva Bianco en una escena representativa de Otra madre.Eva Bianco en una escena representativa de Otra madre.Eva Bianco en una escena representativa de Otra madre.Eva Bianco en una escena representativa de Otra madre.
Eva Bianco en una escena representativa de Otra madre. 

La que está transcurriendo debe ser una de las semanas más agitadas en las tres décadas de vida de Mariano Luque. Hace 48 horas el director cordobés –radicado en Buenos Aires hace cuatro años– tuvo la première de su tercer largometraje, el documental Los árboles, en el marco del cierre de la muestra DocBuenosAires, y ayer volvió a la Sala Lugones del Teatro San Martín para el estreno de Otra madre, su trabajo inmediatamente anterior. A Luque se lo seguirá viendo seguido en el décimo piso del edificio de la Avenida Corrientes al 1500, dado que el doblete se completa con un foco sobre sus trabajos previos. Entre ellos estará Salsipuedes, que en 2012 marcó su debut la dirección de largometrajes. El acompañamiento a mujer sometida a la violencia de su pareja durante un fin de semana de camping le servía a Luque para explorar un universo femenino en crisis, indagando en el interior y en las dinámicas internas que la llevaban a soportar una experiencia violenta y traumática. Indagar para comprender antes que para juzgar. Esa misma voluntad es la que persigue Otra madre.

“Vos sos chiquita todavía, no te hagás la grande”, le dice Mabel (Mara Santucho, rostro emblemático del llamado Nuevo Cine Cordobés) a su hija de cuatro años (Julieta Niztzschmamn) mientras le ata los cordones en medio de un cuarto con más camas que las que aconsejaría la comodidad. La cámara de Luque encierra el rostro de esa mujer de ojos claros y pecas que intenta canalizar en la maternidad la incertidumbre y los temores de una nueva vida. Nueva tanto para ella como para el resto de las mujeres que componen su entorno más cercano en la casa familiar. Mabel convive bajo el mismo techo con su madre, su hermana adolescente y la abuela después de haberse separado de su pareja, quien, como todos los hombres aquí, ocupa un rol periférico. Incluso cuando se los ve es como si no estuvieran. Están pero no están: el de Otra madre es, pues, un universo de relaciones femeninas tan íntimo y cerrado que los hombres no pueden acceder.

Mabel vuelve muy tarde a casa porque ahora tiene dos trabajos en lugar de uno. Hace malabares con sus horarios y el dinero, sus salidas con hombres son menos un momento de cortejo que de catarsis y liberación, y pide y debe favores a su amiga y empleadora (Eva Bianco, otra figura recurrente del NCC). Para esta última las cosas tampoco andan del todo bien puertas adentro, con los conflictos con su hija a la orden del día. ¿Es posible ser mujer, madre, hija, tía, hermana y amiga a la vez? ¿Cómo enfrentar los sentimientos contradictorios de la maternidad? ¿De dónde sacar fuerzas para seguir cuando el mundo prefigurado muestra fisuras irreversibles? La búsqueda de respuestas de Mabel es un camino allanado de rugosidades dramáticas o vueltas rocambolescas de guión. Es como si a Luque le interesara un devenir y quisiera obtener un registro naturalista de las situaciones (las escenas con la nena son extraordinarias) para filmar lo más parecido al recorte de una porción de vida.

No parece casual que en la ficha técnica de Otra madre figuren Ivan Fund y Eduardo Crespo en los roles de director asistente y director de fotografía, respectivamente. Los dos realizadores tienen en común, además de la ciudad entrerriana de Crespo como lugar de origen, una sensibilidad particular para hacer cine basándose en la observación fina de los detalles y el uso de pequeños retazos de una rutina en apariencia anodina. Para eso resulta fundamental una cámara que, como la de Luque, se vuelva una prolongación del ojo humano camuflada en la puesta en escena que pueda ver sin ser vista. Una cámara atenta al pulso y la respiración de esas mujeres que comunican no tanto con la palabra como con el cuerpo.