El cuento por su autor

Quizás escribir no sea más que un intento por sobrellevar el impacto de verle las costuras al mundo y la esperanza de encontrarle algún sentido. En esa búsqueda, muchas veces las historias que se nos aparecen son las mismas. "Por la vuelta", este cuento que hasta ahora estaba inédito, es una vuelta de tuerca de uno anterior que se llama "Protocolos", levemente inspirado en algo que me pasó en la pubertad y nunca olvidé. Si aquel intentaba hablar de los estragos que todavía en mi generación provocaban los prejuicios y estigmas de género, y llevaba implícitas las ganas de reparar nuestra educación sentimental, este trata de defenderse de esa maldita nostalgia por las cosas que no fueron con la asistencia del humor y el alivio de la imaginación.

Me gustan las secuelas, las precuelas y las reversiones porque creo que el relato que buscamos es siempre uno, y el mismo para todos: el que habla de cómo nos convertimos en cómplices de la impostura. Pensar en torno a eso termina siendo siempre el núcleo de la ficción que disfruto como lectora y el motor de la que trato de escribir.


Por la vuelta

Ayer me encontré con Mati, el pibe que me dio el primer beso de lengua en un asalto cuando teníamos doce años y a quien al día siguiente deje sin ninguna explicación. Mati me encantaba pero me ganó la inhibición. Hace muchos años yo escribí un cuento sobre eso: la vergüenza de una piba ante el deseo, la presión de los pares y la frustración. Siempre me quedó la sensación de que Mati pudo haber sido mi verdadero primer amor.

Hace muchos menos años, estando en París con una amiga que también hizo la primaria conmigo, lo buscamos por facebook y le pedí amistad. A los dos días, él me escribió por messenger “Marinaaaaaaaaaaaaaaa, cómo andás!”. Chateamos una hora en la que él me contó algo de su vida, yo demasiado de la mía, y le mandé aquel cuento que estaba por ser publicado en un libro. Tardó unos minutos en leerlo y después me escribió que sentía mucho que ese momento tan importante para la vida de una mujer se hubiera visto arruinado por unos imbéciles. Lo sentí cálido, cercano, como si nos hubiéramos visto el día anterior. Decidí que en realidad toda la vida había estado enamorada de él y lamenté que además de viajar constantemente por el mundo viviera en Córdoba porque iba a ser difícil que nos pudiéramos ver apenas yo volviera a Argentina.

En los siguientes meses le mandé por mail todos los PDF de mis libros, y él me mandó una novela suya sobre uno de esos baqueanos del Tibet que ayudan a los turistas intrépidos a subir a los Himalaya para que no mueran inmediatamente en el intento. Además, como se licenció en Historia y yo toda la vida quise entender bien las diferencias entre judaísmo, islamismo y cristianismo le pregunté si me podía recomendar un curso, seminario, o algunas lecturas vinculadas con el tema. Me contestó que las religiones monoteístas no le interesaban y confirmé mi sospecha de que era budista o algo parecido. Al poco tiempo dejó de contestar mis mensajes. Ni siquiera conseguí una respuesta a un mail en el que le elogié algo concreto de su novela sobre los baqueanos del Tibet.

Pasaron otros cinco años durante los que lo único suyo que recibí fue un mailing con la gacetilla de una presentación en Barcelona de un libro sobre ashtanga yoga del que ni siquiera era él el autor.

Hasta que el sábado pasado me apareció un mensaje suyo diciendo que iba a estar tres días en Buenos Aires y que le chiflara si me daban ganas de que nos tomáramos un café o algo. Le contesté inmediatamente que claro, que sí, que qué bueno. Me dio su número de teléfono así terminábamos de arreglar. Lo agendé en mis contactos pero como me suele suceder, su whatsapp no me aparecía. Le escribí a una amiga millenial que trató de asesorarme tecnológicamente pero fue inútil. Al final opté por decirle que me buscara él porque no me aparecía su whatsapp. Y enseguida desde un número desconocido, me llegó un “¡Marina soy Mati!” al que le contesté inmediatamente “¡Hola, Mati!”.

Al rato ya habíamos pactado el horario del encuentro, siete de la tarde, e incluso el lugar: un restaurante orgánico y bastante snob de Palermo que abre desde temprano y que conozco porque mi prima vegana una vuelta me citó ahí. Porque en el intercambio de mensajes él soltó un “si se te ocurre algún lugar lindo” y sentí que me estaba desafiando.

Cuando llegué al restaurante resultó que estaba por arrancar una clase abierta de comida saludable así que tuve que escribirle a Mati que había que cambiar el punto de encuentro mientras le explicaba a una flaquita dientuda que no, no estaba en ese lugar por el inicio de su curso de buena alimentación.

Volví a la calle y empecé a caminar tratando de encontrar un café. Descubrí que la parrilla barata a la que íbamos con unos músicos amigos hace treinta años ahora es un lugar vidriado con el menú traducido al inglés. Mati eligió el barrio porque venía de otro encuentro con una amiga. Él está parando en Caballlito, en el departamento del padre, donde no pudo dormir ninguna de las tres noches y que por lo que entendí queda en la misma cuadra en la que hace treinta y dos años yo me saqué de encima la virginidad con un estudiante de Psicología que al final resultó gay. Lo del ruido y el insomnio Mati me lo contó cuando ya estábamos sentados en un café. Aunque lo que él pidió fue una infusión de hierbas. Estuve a punto de comentarle la coincidencia entre el edificio del padre y mi debut sexual pero decidí que hablarle de eso después de haberle compartido aquel cuento sobre mi primer beso de lengua con él era demasiado. Charlamos un rato largo sobre nuestros últimos cuarenta años hasta que llegamos a la actualidad. Me contó que entre otro millón de cosas edita libros para una multinacional con sede en Girona y que lo acababan de contratar para un volumen de autoayuda por tres mil euros. Que pidió mucha guita a propósito, para que decidieran no darle el trabajo y así poder dedicarse a terminar su tesis doctoral, pero que aceptaron igual. Asiento con una sonrisa fría mientras trato de sacar la cuenta de cuánto es tres mil euros, pero no sé bien cómo está la cotización. Tampoco sé cómo hará Mati para entrar esa plata al país. En cualquier caso, es mucha plata. Aunque no se corresponde con su aspecto: jean sucio, pullover medio peruano y una gorrita de guerrillero encasquetada que no se saca en ningún momento. Por los costados asoman unos mechones de rulos onda el payaso Krusty: calculo que debe tener la bocha pelada. Pero en los pies lleva unos zapatos de trekking baqueteados que deben valer una fortuna. Es la única pista de que en Traslasierra (“trasla”, dice él todo el tiempo) no es un linyera sino dueño de un terreno de más de una hectárea, tal como me contó hace un rato. También me contó que forma parte de una brigada contra incendios forestales del pueblo donde vive, un pueblo que no debo conocer porque no es muy turístico, son todos súper unidos: durante la pandemia se siguieron juntando a pesar del aislamiento. Después Mati dice que en Buenos Aires están todos locos, y yo asiento, y digo “re” aunque pienso que prefiero mi ciudad antes que cualquier pueblo donde todos sean súper unidos. Le pregunto qué hace allá y me dice “¿lo que me querés preguntar es de qué vivo?”, y entonces me siento una desubicada, y también que esta cita se está desinflando demasiado pronto. Porque además acabo de ver y recordar que Mati tiene una especie de estrabismo que me deserotiza: por momentos su mirada se vuelve canina. Además habla mucho de él: su tesis sobre la ciencia moderna como un momento histórico más del conocimiento sobre el mundo, sus viajes, su familia desperdigada por el mundo, su reciente separación después de dieciocho años de matrimonio. Esto último me interesa bastante más pero no me animo a preguntarle detalles. Igual me cuenta por las suyas: que la ex es chilena, que se dedica a las constelaciones con caballos y que se volvió a su país por seis meses. Pienso que quizás lo que están viviendo no es una separación sino “un break” pero no se lo digo. Después me pregunta sobre mi vida. Eso me vuelve a entusiasmar un poco. Pero la cosa no termina de remontar. Entonces empezamos a recordar a los compañeros de la primaria, y nos contamos a quiénes vimos alguna vez en estos casi cuarenta años, y decimos que tendríamos que organizar un encuentro. La cita se termina de arruinar cuando la moza nos deja el ticket porque están cerrando la caja y él no hace el mínimo gesto para pagar. Espero cinco minutos y al final saco mi tarjeta de débito y se la doy a la moza sin mirar cuánto es. Y entonces Mati dice “¿con eso estás pagando todo?” Amaga con darme su parte y lo freno con una mano. “No, no, por favor, la próxima invitás vos, me deprime andar dividiendo las cuentas”, le digo.

Mientras nos levantamos de la mesa Mati hace una pregunta rara: “¿nos vamos?”.

Salimos a la vereda y le pregunto qué se toma, y me contesta que va a caminar hasta la parada de un colectivo que justo es el que pasa por la puerta de mi casa, pero eso no se lo digo porque decidí que quiero llegar rápido y me voy a volver en taxi. Entonces Mati suelta: “Sabés que cuando pasó aquello del beso entre vos y yo, al día siguiente vino a buscarme a mi casa un pibe, Pablo Colombo, con otros cuatro. ¿Vos estabas de novia con ese pibe? Yo lo podría haber cagado a trompadas pero pensé que los otros me iban a romper la cara, así que dejé que me pegara”. Alcanzo a reconocer un tono de reproche y le digo que eso no lo supe nunca, que qué horrible. Mati sigue mirándome. “¿Era tu novio, ese pibe?”. Le digo que no, que no me acuerdo, que capaz me había dicho “querés salir conmigo” o nos habíamos mandado alguna carta, pero que estoy segura que un beso de lengua nunca le di.

Cuando llegamos a la avenida, le señalo a Mati por dónde tiene que cruzar la vía para llegar a la parada del colectivo que quiere tomar. Justo se levanta viento. Nos damos un abrazo, nos alegramos por el encuentro y, aunque sabemos que no es cierto, nos prometemos repetirlo pronto.