Discriminación

La cancha inclinada

Nuevos libros e investigaciones subrayan las mentiras, silencios y sesgos machistas que han moldeado el discurso de las ciencias duras acerca de las mujeres y otras identidades ni siquiera representadas, mientras reclaman mayor diversidad y perspectiva de género en el sector.

Charles Darwin creía que los varones tenían mayores ventajas evolutivas que las mujeres. Después de todo, pensaba el británico, son ellos los que tienen que competir para lograr aparearse con las hembras, los que tienen que llamar la atención y conseguir una compañera. Eso los volvió superiores, tanto en profundidad de su pensamiento como uso de las manos, razonó en El origen del hombre. Esa idea de que las mujeres son inferiores por naturaleza no desapareció en la época de Darwin. Todo lo contrario: está muy viva en el siglo XXI. Lo dijo Lawrence Summers, presidente de la Universidad Harvard en 2005, cuando justificó la ausencia de mujeres en campos como la matemática. También la usó este año James Damore, quien trabajaba en Google al momento de escribir un documento para explicar por qué no hay paridad de género en tecnología y puestos de liderazgo. Eso podía ser explicado, sostuvo antes de que lo echaran de la empresa, “por razones biológicas” que determinan las preferencias vocacionales.

Con palabras de ese estilo se encontró Angela Saini, una periodista científica británica, en 2013, mientras presentaba un libro suyo en Londres. “Las mujeres simplemente no son tan buenas en las ciencias como los varones. Se ha demostrado que son menos inteligentes”, le dijo un hombre que se había acercado hasta el evento. Saini cuenta esa historia en la introducción de Inferior, su nuevo libro, uno de los que recientemente ponen bajo la lupa la supuesta neutralidad de la ciencia para mostrar el sesgo de género que allí también aparece. Un repaso desde la anécdota de Darwin hasta la neurociencia actual, para echar luz en un pasado oscuro y un presente opaco. “En realidad, quería conocer los hechos y qué dice la ciencia realmente”, asegura ella en entrevista para Las12. Y resultó que la ciencia va y viene y que nada está del todo claro.

“No es un número de mujeres”, tituló la revista Scientific American a su número de septiembre. Jugó con el significado de la palabra issue, que en inglés no solo remite a una edición, sino también a “asunto”. La publicación desmiente supuestas justificaciones científicas y se hace cargo de la responsabilidad que tiene al transmitir estudios que refuerzan ideas sexistas. En 1895, recuerda, publicaron un estudio que se preguntaba si había que permitir a las mujeres andar en bicicleta. Concluía que sí, pero que ellas debían recordar que su sexo no estaba pensado (¿por quién?) para hacer un uso muscular excesivo.

Scientific American también es cautelosa con los trabajos que tratan de encontrar en los cerebros la raíz de las diferencias. Es histórico: en algún momento los científicos creyeron que las mujeres eran menos inteligentes porque los cerebros de ellas pesaban unos 140 gramos menos. La neurociencia y los estudios para medir la actividad cerebral también tienen sus problemas. Desde el comienzo del siglo XXI, unas 30.000 investigaciones estuvieron orientadas a hallar el origen de la disparidad social en características cognitivas. Algunos trabajos insisten en que hay diferencias de comportamiento innatas e inmutables, algo que no se sostiene, según remarca un artículo publicado en esta edición de la revista. El mismo texto introduce una reciente idea, cuya autora es una científica de la Universidad de Tel Aviv, Según ella, los cerebros son como mosaicos que incluyen tanto características de varones como de mujeres.

Saini advierte que sobre el cerebro humano hay “muy poco conocimiento”. Sin embargo, a los titulares de los medios llegan los trabajos más polémicos, aunque sus resultados todavía no se hayan replicado dentro de la comunidad científica. “Nos enfocamos en la porción que dice que las diferencias son enormes, sin criticar esas investigaciones ni preguntarnos qué tan confiables son”, considera la periodista británica. Pero si hay personas que creen en las razones biológicas como fuente de la disparidad de género en la sociedad y en las ciencias, también están quienes se han puesto a señalar que eso no es así.

“Hasta que las mujeres tengan la oportunidad de mostrarse a sí mismas en una cancha que no esté inclinada, hasta que no dejen de enfrentar discriminación, presiones y estereotipos, no vamos a tener el panorama completo”, sostiene la periodista, para quien se vive un momento de división de aguas. “La gente se empieza a dar cuenta de que este campo, que se supone tan objetivo y racional, quizás no lo ha sido siempre”, afirma.

Para la psicóloga española Silvia García Dauder, no es algo del momento actual. “En el ámbito de las epistemologías feministas es algo que se lleva trabajando hace mucho. Me temo que no es una cuestión de progreso, sino de que tan pronto como está, se olvida”, cuestiona.

Junto a la filósofa Eulalia Pérez Sedeño, Dauder escribió Las ‘mentiras’ científicas sobre las mujeres, publicado a comienzos de este año. Allí enumeran las invenciones de algunas disciplinas, los secretos y los silencios alrededor del cuerpo femenino. “Nos interesaba lo que se conoce y se oculta y lo que se fabrica”, cuenta la autora a Las12. Aparecen así teorías sobre la inferioridad y críticas al androcentrismo en la ciencia y a la norma masculina como referencia, por ejemplo, para la salud de las mujeres. Los equipos de investigación, sesgados en su metodología sin perspectiva de género, arriban muchas veces a conclusiones parciales y construyen conocimiento que alimenta las concepciones machistas.

En su libro, Dauder y Pérez Sedeño parten de un repaso por la historia de la ciencia y cómo ésta se ha construido “con mentes masculinas que conocen cuerpos femeninos”, lo que generó “mucha ignorancia sobre las mujeres o sobre otros colectivos que no están representados como sujetos de conocimiento”. Para remediar esto, consideraron ellas, es necesario capacitar a la comunidad científica en materia de perspectiva de género, con la idea de que eso evitará que las investigaciones contengan sesgos, además de las conclusiones sexistas.

Incluir esa perspectiva en salud implica, por ejemplo, empezar a tener en cuenta que el metabolismo, la tolerancia a ciertos fármacos y los efectos secundarios de algunos tratamientos son distintos en varones y en mujeres. Hay influencia de hormonas, de proporción de músculos y de grasas, solo por mencionar algunas cuestiones que no se tienen en cuenta en las investigaciones. Los modelos animales muchas veces contienen solo ratones machos y las mujeres están subrepresentadas en las pruebas clínicas que luego se realizan en seres humanos. “Cuanto más democrática sea una comunidad científica, cuanto más grupos estén representados, la ciencia no solo será más justa sino más objetiva”, concluye Dauder. Y entonces, el discurso científico sobre las mujeres podría ser otro. 

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