(El fotógrafo Gabriel Díaz realizó imágenes de flores en el jardín de la exESMA como un homenaje a los bebés que nacieron allí y fueron despojados de sus identidades. Usó una Polaroid Sx70 y película caducada).

 

Las flores, estas flores de la ESMA, tienen cierta erótica. Como sexos de mujeres ya muy viejas que eligen exhibirse bajo un sol que se intuye sobre un cielo que también se supone, pero que no se ve. La erótica de la vida que se impone, podría pensarse. Pero la vida no se impone. La muerte se impone, la muerte, en la ESMA y en el todos los centros clandestinos de detención que hubo en la Argentina, en todos los huecos inmundos donde se destruye a las personas en todo el mundo ahora mismo, la muerte es decidida por otros y se impone. La vida, el eros, hace un camino distinto. Algo sucede, y es íntimo y es colectivo, pero también es inesperado y de algún modo azaroso, y en vez de morir se vive. No porque se vaya a sobrevivir. La mayoría de las personas que fueron detenidas y encerradas en esos sitios del horror que hoy se llaman Sitios de Memoria murieron ahí adentro. Pero mientras estuvieron ahí adentro algunos vivieron y otros murieron. No hay ninguna categoría ética ni moral que ponga sobre esas posibilidades ningún juicio posible. Simplemente sucedió así. Hubo quienes vieron en el sol que entraba por un agujerito y calentaba un redondel del cuerpo la noticia de que la vida ahí afuera seguía insistiendo y en esa insistencia pusieron toda su energía vital, que no es lo mismo que esperanza, es otra cosa. Es la certeza de que se va a morir pero sabiendo que la vida existe. Y hubo quienes no consintieron en notar esos vestigios de vida, se dedicaron a morir antes de que los mataran, también como un acto de resistencia. No creo, honestamente, que haya habido una decisión consciente ni en una opción ni en la otra, sino formas de estar en el horror. Formas, maneras, ser quien se es hasta las últimas consecuencias. Hubo quien en la colchoneta mugrienta de CCD La Perla en Córdoba y aun con las manos atadas logró tocar el brazo de una muchachita toda golpeada para decirle, no llores, no te preocupes, ahora nosotros somos tu familia. Hubo quien bajo la capucha mugrienta en Campo de Mayo recitaba poemas de Miguel Hernández para que las chicas supieran que hubo otro que murió fusilado pero que todavía vive en las palabras y para darles aliento y para darles belleza. Hubo quienes se sacaban la ropa y se la intercambiaban cada día para sentir que se vestían, que se sacaban la ropa de la noche y se ponían la ropa del día, como lo harían afuera, como si se estuvieran preparando para salir a trabajar o a estudiar o militar o a todas esas cosas. Hubo quienes con un papelito de cigarrillo robado hicieron con las manos atadas en la espalda flores para la mujer amada. Hubo el que enseñó matemáticas como si hubiera un después, un afuera que estuviera esperándolos. Hubo quien contó películas y chistes. Hubo quien hizo flexiones para estar fuerte en la debilidad del hambre. Hubo quien recordó obsesivamente nombres, apodos, grados, voces, para testimoniar en hipotéticos juicios y logró recordarlos en los juicios que después vinieron, cuarenta años más tarde. Y hubo un montón de mujeres que hicieron todo lo que pudieron para sobrevivir, hasta parir a sus hijos. Para tenerlos un momento en brazos. Para lanzarlos a la vida y al futuro. Desde afuera de los muros, otras tantas mujeres y otros tantos hombres se obligaron a sobrevivir para encontrarlos. Para no dejar a sus hijos, a sus hijas, a sus amigos y amigas solos en la muerte. Para buscar y buscar, a ellos, a alguna reparación posible en la escucha de los que no supieron, no quisieron saber mientras sucedía, para hacer alguna clase de justicia que el tiempo no hace más que convertirla en un mínimo desagravio, y para encontrar a esos bebés, a esos hombres y mujeres, esas cápsulas del futuro, no enterradas, sino lanzadas por sus madres hacia afuera, hacia la vida, cualquier vida posible, lejos de la muerte y su infinitas formas horribles.

Las flores de Gabriel son flores hermosas que han sufrido algún mal. El mal del tiempo, la arruga del demasiado sol, el retorcimiento de haber crecido desde la hendija de un ladrillo, el esfuerzo tenaz por destacarse entre la maleza, entre el yuyo. Son bellas no a pesar del mal que las aqueja, son bellas porque el mal ha pasado por ellas. No es justo decir que no han sido vencidas por el mal. Tal vez sea mejor decir que han sido fatalmente derrotadas y que desde esa derrota viven y proclaman el perturbador erotismo de lo ajado, de lo viejo, de lo redivivo, de la luz pequeña pero terca de la vida.

Primo Levi, que pasó su juventud en Auschwitz y fue, sino el primero, el más famoso de los testimoniantes de la masacre nazi sobre el pueblo judío (y comunista y homosexual y gitano, etc.), cuenta en su libro Si esto es un hombre, cómo los presos absorbían en esas caras, que ya habían perdido casi su fisonomía de cara, el dulce calor del sol. El último sol en un lugar donde casi todo el año es invierno. Y le rezaban al sol para que no se fuera, para que durara un poco más la tarde, porque después ya no habría ese instante diario en el que todos se detienen a poner la piel al sol con los ojos cerrados y pensar o no pensar nada, a sentir en un mundo donde todo el esfuerzo está puesto en ya no sentir.

Las flores de Gabriel provocan esa invitación. Cuando ya parece que nos hemos hecho un cayo, que hemos escuchado testimonios brutales, que sabemos lo que hay detrás del espejo, que no tenemos ya manera de impostar una inocencia donde el ser humano es esencialmente bueno, porque el ser humano fue capaz de infringir dolor hasta la muerte e inclusive de prolongar la vida para poder seguir machacando el cuerpo; cuando parece que ya hemos sentido todo el dolor que se podía sentir y ya casi que podemos ir a los actos y a los juicios y a los homenajes sin derramar más que una púdica lágrima o no derramar ninguna, entonces las flores de Gabriel tienen ese efecto inesperado. Te hacen sentir. Sentir el dolor punzante de la belleza rota, la sutileza pequeña de una flor que lo mismo podría crecer en las vías de un tren, en el jardín de una señora que ya no riega sus plantas, en el cordón de la vereda o en un descampado, pero crecen en la ESMA. Han crecido en la ESMA. Todos estos años. Tal vez lo que Sempún pregonaba en su libro La escritura o la vida encuentre su demostración fáctica en las flores de Gabriel: podemos hacer una lista infinita de los padecimientos de los campos de concentración, si no tenemos pereza todo se puede contar, aun lo más terrible, pero sólo podrán ser oídos aquellos que encuentren en los artificios del arte el modo de acercarse a la verdad profunda del Mal Radical. Los artificios del arte. La ficción. La técnica. La mirada oblicua que llega desde un costado hasta centro, que da en el clavo.

Hay una flor que me conmueve en particular. Es una flor roja que nos da la espalda. Con su pistilo rugoso parece buscar una imperfección en la pared, o en lo que yo me figuro que es una pared. No se muestra o al menos no está en posición de mirar al público. Es una flor callada, hermosa para sí misma, una flor que hay que tener paciencia para buscarle la mirada. Una flor que invita a ser buscada, a ser mirada sin ser visto, a que nos intuya a sus espaldas. Una flor que pide respeto y que pide insistencia. Cada cual tendrá la suya y cada cual encontrará su conmoción donde pueda. Yo he llorado largamente frente a esa flor rogando que las lágrimas la humectaran, humectaran la tierra donde tiene sus raíces o las tuvo, porque tal vez ya sea sólo el eco de una flor muerta, rogando como ruegan los que no creen en nada salvo en la potencia del ruego, que se diera vuelta y me mirara y supiera: no hay todo el tiempo del mundo, pero hay el tiempo de mi vida y yo te espero.

 

Las flores de Gabriel son un regalo, un diminuto presente, para quienes tenemos la paciencia que nos enseñó Lenin. Esa que se dice tres veces: paciencia, paciencia, paciencia. Como se nombra tres veces a un fantasma frente al espejo. Paciencia para entender que la victoria tendrá una belleza que no conocemos y por lo tanto nos toca inventar, pero que la derrota tiene sus bellezas que tenemos que tener la paciencia de buscar y de encontrar. Sólo quienes encontremos las diminutas joyas de la derrota podremos inventar la victoria. Las flores de Gabriel son esas pistas: parecen no estar, crecer para que nadie las vea, hasta que alguien, él, te las muestra y entonces entendés: la victoria podrá estar lejos, pero la derrota nos merece atentos, dispuestos, sensibles a esos pequeños gestos sin los cuales la derrota sería un golpe inútil, mortífero, certero, final.