Desde Berlín

Puntualidad alemana: a las 18 clavadas -ni un minuto más ni un minuto menos- la pantalla grande del búnker de la Unión Demócrata Cristiana (CDU) en Berlín muestra la tendencia irreversible. La unión entre el partido conservador, hoy principal opositor al gobierno germano en la Cámara Baja, y el CSU (su partido hermano con representación solo en Baviera), está primera en los comicios europeos. Se esperaba: todas las encuestas predecían que el partido de Angela Merkel estaría primero con alrededor de 30 puntos y que atrás, con casi la mitad y un notorio crecimiento respecto a su performance en 2019, se ubicaría la ultra derecha, hoy encarnada en el partido Alternativa para Alemania (AfD). En otras palabras, que la formación del canciller Olaf Scholz y las de sus socios en la coalición gobernante serían los tres grandes derrotados de la jornada electoral. 

La mesurada efusividad en la sede de CDU se explica así. En la precisión quirúrgica de los sondeos (envidia de las consultoras argentinas) que en las últimas semanas ya había anticipado el clima (post)electoral. Pero, de todos modos, aunque se supieran, algunos datos resuenan fuerte -y pronto- en todos los medios alemanes: Que el Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) de Scholz hizo la peor elección de su historia en unos comicios europeos con 14% de los votos, un 1,8% menos que en 2019. Que Los Verdes perdieron apoyo en manos de AfD, sobre todo entre los jóvenes que votaban por primera vez. Que los liberales de Partido Democrático Libre (FDP) podrían quedar incluso sextos, por debajo del partido de Sahra Wagenknecht, una ex política de izquierda que hizo su debut con su nueva formación en estos comicios. "Un día amargo", según la voz oficial. Una catástrofe electoral, sin los eufemismos del caso.

Los resultados podrían leerse así: que las elecciones de Parlamento Europeo en general son instancias en las que las oposiciones salen mucho más fuertes que los oficialismos nacionales, sin necesidad de traspolar eso a los asuntos de política interna nacional. O así: que el descontento con el gobierno semáforo -los socialdemócratas rojos, los verdes, verdes y los liberales amarillos- es tan grande en tantos temas (vivienda, trabajo, posición respecto a conflictos armados, entre otros), que la elección la perdieron ellos, más que que la ganaron los otros.

En el búnker de CDU la explicación es esa. La ensaya Frederich Merz, líder de la formación, minutos después de los primeros resultados: “Nuestras cifras deberían servir de advertencia al gobierno federal para que reflexione y cambie la política estatal. Yo reitero mi oferta de cooperar”. Dirá lo mismo en relación a la gran elección de la AfD. Que sus votos "no son de oposición, sino de protesta" contra los partidos que forman la coalición al mando en el país más poblado y más poderoso de la Unión Europea. Curiosamente (o no), entre los presentes en la sede berlinesa los abucheos son mayores y más vehementes para los partidos llamados democráticos que para la formación filonazi, que hace pocas semanas fue expulsada del bloque ultra Identidad y Democracia por ser demasiado extremista.

Como sea, la lectura más rápida, más llana y más concreta es que casi la mitad de los 61 millones de alemanes habilitados para votar lo hicieron por una opción de derecha o ultraderecha. Sea por castigo o por atracción. Y que los partidos más radicalizados, que incluso están en contra de la Unión Europea, aunque suene insólito que se presenten a sus elecciones, crecieron a partir de exvotantes del espectro político de centro, con alrededor de un millón y medio de votos que se trasladaron desde ahí. Una perlita: en el este del país, en lo que fue la Alemania oriental, AfD se posicionó incluso como primera fuerza, cinco puntos por encima de la CDU.

La sensación al caer la noche es que se vienen días movidos en Alemania. El gobierno de Scholz tendrá que pensar cómo seguir, con unas elecciones regionales venideras (en septiembre, en tres estados) y un 2025 de comicios federales. Para esas instancias, la ultraderecha también crece en los sondeos, al igual que la preocupación de varios y varias que se preguntan si alguien querrá formar gobierno con AfD llegado el caso. Pero para eso falta mucho. Lo dejó en claro la candidata principal del SPD, Katarina Barley, minutos después de conocidas las primeras tendencias, al decir que "hay que analizar lo que ha pasado, pero hoy no es el momento". 

La oposición triunfadora, por su parte, tendrá que pelear entre sí para tener un mejor lugar en la Eurocámara. También lo dejó en claro Ursula von der Leyen, actual titular de la Comisión Europea y principal candidata de la CDU, cuando -vía transmisión desde Bruselas- pronunció un discurso breve y diplomático, sin contenido y sin referencias a otros partidos. Es que ya está de nuevo en campaña: tendrá que negociar con los otros bloques y partidos del parlamento para ser reelecta en su cargo. Aunque AfD ya le declaró la guerra. "Tenemos un tamaño considerable como delegación. Nos necesitarán para hacer política contra las políticas erróneas de Ursula von der Leyen", dijo uno de sus líderes.