Partimos al alba en autobús de línea desde Mae Hong Song, un poblado en el norte de Tailandia con casas de madera junto a un lago. Caracoleamos entre las montañas y tras una curva el guía hace detener el vehículo. 

–¿Acá en medio de la selva?

–Precisamente.

Mr. Sutong es un hombre mayor con una sonrisa calma de monje budista, actividad a la cual dedicó 20 años de su vida. Lleva un vistoso collar con siete miniaturas de Buda esculpidas en piedra dentro de nichos triangulares, protegidas por un vidrio. Mientras me muestra una por una sus reliquias, advierte: “Este será en un trekking bastante exigente, no nos cruzaremos con un solo turista y estaremos a tres días a pie de la carretera más cercana”.

Estamos en la base de una montaña cubierta por densa vegetación. Subimos 30 metros por una pendiente escarpada llena de obstáculos vegetales y ya estoy exhausto a los 20 minutos. Pero en la parte alta nace una planicie con árboles de 60 metros cuyas raíces brotan de la tierra ascendiendo por sus propios tallos: los árboles parecen tragarse a sí mismos. 

Los dos caminantes avanzamos ya sin tanto esfuerzo por un paisaje ondulante con senderos demarcados entre grandes rocas y tupidas cañadas de bambú. Monitos fisgones asoman la cabeza entre las enramadas y una ardilla se escabulle con su cola en alto hasta la copa de un árbol.

Julián Varsavsky
En lo alto de la montaña, una aldea karen adonde se llega con un largo trekking.

LA ALDEA Caminamos toda la tarde a pleno sol y la aparición de unas gallinas delata la cercanía de un caserío. Al rato nos cruza una silenciosa mujer de la etnia karen –de origen birmano– que no nos dirige una sola mirada. Lo primero en aparecer es un sistema de canalización que trae agua desde la cima de la montaña a través de bambúes.

La aldea se perfila en la cima de un pequeño cerro. Son cinco casas con paredes de bambú y techo de paja, elevadas un metro sobre la tierra mediante pilotes. Primero se acercan los niños con sus hermanos menores colgados en la espalda, alborotando con su alegría a perros, gatos y gallinas. Visten coloridos trajes bordados a mano con motivos tradicionales.

El jefe de la tribu nos invita a pasar a su casa: dormiremos sobre una plataforma con una alfombra para huéspedes. Una cabeza de jabalí con las fauces abiertas sirve para colgar los sombreros. Y no hay nada más: ni mesa, ni estantes, ni camas, ni adornos, ni sillas. Tampoco puerta: simplemente falta un amplio segmento de la pared que de día permite la entrada de luz. El fogón está en el centro de la casa y se enciende todas las tardes para evitar los mosquitos. 

Cenamos al atardecer. Aquí la vida se rige por los tiempos del sol: levantarse al amanecer, guardar los animales con el crepúsculo y cenar en penumbras. Nos sentamos alrededor del fuego mientras la ama de casa cocina arroz con pollo y hongos. Sutong domina el idioma karen y oficia de intérprete. Este pueblo es seminómade y antes de cultivar desmontan un sector provocando un incendio: cuando tierras se agotan, emigran unos kilómetros. 

LA MAÑANA Me despierta el alargado quiquiriquí de un gallo desaforado gritándome al oído. Está del lado de afuera de la pared de bambúes, junto a mi cabeza. Por las hendijas entre palo y palo pasa la luz: miro y me encuentro con la pupila del gallo perturbador y su ojo de cíclope observándome de medio lado. 

Seguimos camino y nos acompaña ahora un joven karen que oficia de guía del guía. Estamos en su territorio y es él quien conoce sus secretos. La caminata se torna exigente y debemos descender sobre rocas enormes con la ayuda de sogas, y luego trepar al costado de una cascada por unos troncos muy resbaladizos. Por momentos la selva es impenetrable y debemos caminar por el río con el agua hasta las rodillas. 

En un recodo del río Sutong indica que vamos a acampar.

–¿Acá en medio de la selva?

–Sí, precisamente.

–¿Y la carpa?

–No hay.

Dormiremos sobre una tabla de bambúes de dos por dos metros. En caso de lluvia, hay un nailon para atarlo de los árboles. El guía karen, de muy pocas palabras, corta a machetazos una caña de bambú y le hace un hoyo para introducir puñados de arroz y agua del río. Entonces lo coloca al fuego: el resultado es un sabroso arroz con gusto dulzón. 

Al caer la noche los pájaros callan y se enciende el clamor de los insectos. Nos acostamos boca arriba en el piso de bambú con una fogata a los pies y vemos el contorno oscuro de árboles gigantes protegiendo nuestra vigilia. Hay estrellas y luciérnagas y cada tanto alguna arañita me camina sobre el cuerpo. Mejor no pensar y tratar de dormir.

Al día siguiente abandonamos la vera del río para avanzar por el bosque selvático. Nos topamos con dos mujeres subiendo hasta la copa de los árboles con escaleras para retirar bandejas con millares de huevos de hormiga y larvas comestibles. Más adelante unos pescadores ensartan a sus presas con ballestas y finalmente desembocamos en una carretera para tomar el ómnibus de regreso a Mae Hong Song. Tras un tibio adiós, el guía karen se interna en la selva como a través de un boquete.

Julián Varsavsky
Una joven hmong, etnia que habita el sur de China y norte de Tailandia, con su vestido tradicional.

LOS HMONG Desde la ciudad de Chiang Mai acordamos con un taxista una excursión de medio día para conocer la aldea Doi Pui de la etnia hmong. El vehículo trepa hasta los 1676 metros sobre la ladera del cerro Doi Suthep entre dos paredes de selva.

Avanzamos entre la niebla del amanecer, el taxista estaciona y entramos al pueblo caminando por una pendiente. La primera imagen es algo confusa: decenas de puestos de venta de joyas y piedras semipreciosas, ropa tradicional tejida a mano in situ, un minimercado y barcitos al paso. Un niño europeo dispara con una ballesta a grandes papayas y todo parece un gran shopping artesanal entre bananos y bambusales de 50 metros de alto, gruesos como una pierna. Una tienda ofrece en alquiler vestidos de mujer hmong por dos dólares.

Pero esta primera impresión va cambiando a medida que avanzamos. En primer lugar: ¿por qué no podrían los hmong instalar puestos de venta como los hay en todo Tailandia? Miles de personas por día llegan a la aldea y esto ha cambiado radicalmente la calidad de vida de los pobladores, quienes viven inmersos en esa gran paradoja del turismo en tiempos de globalización: llegan las tecnologías y las modas occidentales pero los hmong se ven en la necesidad de no cambiar demasiado su estética y modo de vida, para no perder el aura de “autenticidad”. Sus casas con paredes de esterilla y techo de paja elevadas sobre pilotes siguen estando, algunas convertidas en galpón. Pero también las tienen de ladrillo y con techo de chapa. En algunas se ven estacionadas poderosas camionetas 4x4 y no falta el visitante que se queja al pasar de la falta de “pureza” cultural del otro, cuando él tiene una igual.

Por las laderas bajan acequias con agua muy fría y arroyos formando cascadas. A unos metros del casco urbano comienza una selva densa con helechos arborescentes y árboles gigantes. Nos internamos un sendero y desaparece todo rasgo de civilización. Es tanta la humedad en esta selva tropical, que cierta rocas están cubiertas por una capa de musgo verde donde crecen microplantas: cada piedra es un bosquecito. 

Caminamos en soledad entre la naturaleza durante horas avistando picaflores y extrañas mariposas que parecen tener cuatro alas. Y de repente nos topamos con un asado comunitario en medio de la naturaleza. Unas veinte personas han llegado en motos: un hombre apartado del grupo talla una gomera con un cuchillo sentado en una roca, y otro chatea con el celular. En el pueblo algunos niños visten al estilo hmong para la foto por un dólar, mientras que aquí corretean con remeras de superhéroes de Marvel. Los hombres visten jeans y remera mientras las mujeres sí usan son ropa tradicional de gala y no aceptan fotos.

Regresamos al pueblo para recorrer sus jardines plantados en terrazas con miles de flores multicolores. Subimos otra vez la montaña hasta el Hmong Doi View Family Coffee, con una vista espectacular de esta aldea de 200 casas camufladas en la vegetación. La joven encargada habla inglés, hmong y tailandés. En su bar suena música occidental (¿se podría pretender que escuche música tradicional cada día de su vida?), hay microondas y una máquina de café expreso Nuova Simonelli. Un hombre se acerca a ofrecerme diamantes de Birmania, topacios, zafiros y rubíes. 

Descendemos hasta el museo para ver una casa de madera sin puerta, de esas en que dormimos durante el trekking. En un jardín hay un gran monumento a la ballesta, un arma que ya no usan. También se exhiben pipas de opio: los padres de los adultos de esta aldea se dedicaban a la plantación de amapolas para opio. Pero en 1953 se comenzó a erradicar esta práctica desde el estado y se promovió reorientar los cultivos hacia frutas locales.

Los hmong de esta aldea se han establecido aquí definitivamente, tienen nacionalidad tailandesa, alcanzaron la prosperidad y viven un poco de sus cultivos, y en gran medida del turismo. Hay quien cree que este pueblo está ante la disyuntiva de “ser o no ser”, de mantener o no su “pureza cultural”. Pero ellos son los hmong hoy, en permanente cambio, como cualquier otro pueblo del mundo.