La cruzada de los niños
Cine Antonio Piazza y Fabio Grassadonia crecieron en Sicilia durante los años 80 y 90, cuando la Cosa Nostra se transformó en una organización muy poderosa, al punto de controlar casi todo el territorio. En esa época, se cometió un crimen atroz: el de Giuseppe Di Matteo, un niño que estuvo secuestrado más de dos años y cuyo cuerpo fue disuelto en ácido. Los cineastas quisieron trabajar sobre el crimen pero con otro tono: salir del documento o el realismo y no reproducir el horror. Y así llegaron a Luna, una fábula siciliana (el título original es Sicilian Ghost Story y se estrena en salas después de presentarse en Mar del Plata), una película sobre un niño fantasma, sobre la pérdida de la inocencia y el amor como última reserva, un relato de múltiples capas en el cual la realidad se mezcla con la más absoluta fantasía.

“Dedicado a Giuseppe Di Matteo (1981-1996), el chico secuestrado por la Mafia, mantenido prisionero por 779 días, estrangulado y luego disuelto en ácido.” Los datos duros de la placa, ubicada convenientemente sobre el final de Luna, una fábula siciliana, hielan la sangre. El caso no es demasiado conocido fuera de Italia, pero para los habitantes de la ciudad de Palermo y de la región de Sicilia en general se ha transformado con el correr de los años en epítome de los horrores ejercidos por la Cosa Nostra, bien lejos del romanticismo de Mario Puzo o la adrenalina genérica de las series italianas sobre mafiosos que continúan produciéndose regularmente. Sin embargo, la película de Antonio Piazza y Fabio Grassadonia, presentada en Cannes el pasado mes de mayo –y que ahora se estrena comercialmente luego de su paso por el Festival de Mar del Plata–, no es una típica producción dramática “basada en un caso real”. Muy por el contrario, el segundo largometraje de los directores de Salvo (2013), otra historia de mafiosos narrada desde los márgenes de la organización, toma los elementos esenciales de la realidad histórica (más la idea central de un cuento escrito hace algunos años por el escritor Marco Mancassola, Un cavaliere bianco) para construir una fábula sobre la pérdida de la inocencia y el amor como último reservorio anti corrupción, un relato de múltiples capas en el cual la realidad se roza, primero, y entremezcla después con la más absoluta fantasía. Un relato de fantasmas poco común, como confirma literalmente el título original, Sicilian Ghost Story (así, en idioma inglés, se estrenó en Italia). También una narración de clases enfrentadas, con una Julieta empedernida y un Romeo encerrado en un castillo subterráneo. Finalmente, un cuento animista, en el cual el mundo que transitamos cotidianamente se revela como uno más entre otros tantos, infinitos universos paralelos. No casualmente la primera imagen es la de un búho, testigo de los acontecimientos que no tardarán en sobrevenir: un primer amor púber en ciernes, un secuestro terrible y extenso, la muerte, la soledad y la impotencia. Y un dolor con escasos horizontes de clausura a la vista.

“Era fundamental para nosotros tocar el tema de la mafia”, afirma Fabio Grassadonia horas antes de la primera exhibición de Luna, una fábula siciliana en el Festival de Mar del Plata, sentado en uno de los sillones de la enorme nave central del Hotel Provincial, en un típico inglés con acento marcadamente italiano. “Antonio Piazza y yo crecimos en Palermo durante los años 80 y 90. Ese fue el período más horrible de nuestra historia reciente porque la Cosa Nostra se transformó en algo muy poderoso, al punto de controlar casi todos los aspectos de la vida en el territorio, incluso los más pequeños. A mediados de la década del 90, la época en la que este chico fue secuestrado, partimos juntos para completar nuestros estudios de cine en el norte de Italia. Luego comenzamos a trabajar como guionistas, sobre todo para la televisión, y todo eso duró unos diez años, sin que hayamos podido hacer algo realmente interesante. En ese momento decidimos darle un sentido a lo que estábamos haciendo y fue claro que debíamos volver a Sicilia y tratar de comprender el significado que para nosotros había tenido toda esa experiencia. Y, de alguna manera, asumir la responsabilidad como directores hacia la historia reciente de nuestro paese. Salvo y Sicilian Ghost Story están relacionadas de diversas maneras con esa experiencia y creemos que ahora, con esta nueva película, hemos llegado a una especie de cierre”. Luna y Giuseppe tienen doce o trece años, dos chicos como cualquier otro chico de esa edad. Amigos, aunque un tanto desconocidos el uno para el otro, posibles amigovios en un futuro cercano que nunca llegará, la película los presenta mirándose y conversando a la salida de la escuela, en el bosque cercano. Un lugar que, a pesar de parecer amansado por la civilización, todavía es capaz de ejercer el peligro de lo natural: un perro salvaje como premonición ominosa, la mochila de Giuseppe y su contenido mordido, salivado, masticado, destrozado, como lo estarán su cuerpo y su mente durante los siguientes dos años.

Sordo, ciego y mudo

Giuseppe es el hijo de un encumbrado miembro de una famiglia que, detenido por las fuerzas de la ley, ha decidido hablar, dar nombres y datos, romper la omertà, la ley del silencio siciliana. “Cu è surdu, orbu e taci, mpaci campa cent’anni” (El que es sordo, ciego y mudo vive cien años en paz), reza un conocido refrán de la región. El chico será la inocente víctima de esa traición, su cuerpo convertido en moneda de cambio de una imposible expiación, el cordero sacrificial de un ritual del cual nunca pidió formar parte. “La historia realmente caló hondo y quedó habitando dentro nuestro. Hemos tenido cientos, miles de asesinatos en la región, pero el horrible final de esta historia posee características particulares. Antes de su muerte, el muchacho tuvo una experiencia similar a la de aquellos que estuvieron encerrados en un campo de concentración. Vivió más de dos años completamente aislado, en habitaciones sin conexión con el mundo exterior y poco a poco –por lo que hemos podido leer en las muchas páginas del juicio– sufrió un deterioro físico y psicológico parecido al que muchas personas experimentaron durante la Segunda Guerra Mundial. Justo antes de su asesinato se supone que el chico pesaba unos veinticinco kilos. Para nosotros era imposible contar la historia tal y como había ocurrido, de manera realista, porque hubiera sido una simple repetición de un horror sin ninguna clase de redención posible para nadie. Tanto Antonio como yo creemos que cuando uno se enfrenta con historias protagonizadas por chicos debe hallarse una ventana que permita algo de esperanza. Estudiamos mucho la historia antes de decidir hacer la película, al punto de obsesionarnos y llenarnos de pena, pero también de otra clase de emociones. En algún momento leímos el cuento de Mancassola y descubrimos que allí el autor creaba un personaje de ficción, una compañera del colegio, que está enamorada de él. En el texto original esa chica crece y se transforma en una mujer obsesionada por el dolor, alguien que no puede experimentar el duelo. La película toma otra dirección, pero en ese personaje y en esa historia de amor encontramos la posibilidad de abrirle las puertas a una posible redención, al menos para la víctima y para todos aquellos de la misma edad”.

Luna sueña con Giuseppe. ¿O es Giuseppe quien sueña con Luna? ¿Es Giuseppe quien deja de ser humano y se convierte en espíritu, en ánima, en fantasma? ¿O los fantasmas son los otros? La historia de fantasmas siciliana del título original permite varias interpretaciones y ese es uno de los mayores logros de la película: dejar atrás la simple descripción de un caso policial e, incluso, la de una historia de amor, y construir con esos elementos una fábula poética con algo de cuento de hadas. Oscurísimo, pero cuento de hadas al fin. “Nuestra película previa, Salvo, y Luna, una fábula siciliana tienen algo en común”, continúa Grassadonia, “porque las dos historias terminan describiendo un extraño encuentro entre dos seres humanos. Un encuentro que logra destruir las identidades previas y construir una nueva; una posibilidad de reconstruir completamente sus almas, de proteger su propia humanidad, su dignidad. Todo ello sin cambiar el destino del muchacho que, por supuesto, debe morir. Y aunque Luna atraviesa una experiencia terrible, sobrevive y se transforma en una persona que nunca traicionará su dignidad como ser humano”. Los debutantes Julia Jedlikowska y Gaetano Fernandez, ambos notables, son los encargados de transmitir las luces y sombras de la historia, sus esperanzas y derrotas. Los directores tuvieron en claro desde un primer momento que ambos papeles debían ser interpretados por jóvenes sicilianos sin experiencia actoral previa. “No nos interesaba contratar a profesionales sino a chicos reales y nos tomamos el proceso de casting de manera totalmente personal. Nos mudamos a Palermo y comenzamos a ir a cada escuela de la región, incluso aquellas ubicadas en pueblos pequeños. Así conocimos a Gaetano, el joven que interpreta a Giuseppe, pero no podíamos hallar a la chica que interpretara a su amiga. No es fácil hallar a una chica de doce años capaz de interpretar un rol tan intenso. Finalmente conocimos a Giulia, quien se mudó a Palermo a la edad de dos años junto a su madre, de origen polaco. Comprendimos que lo más importante era el tiempo, tener paciencia. Y la confianza mutua. Esperamos a que terminaran las clases y les pedimos a sus padres y a los de los otros cuatro chicos del reparto que nos permitieran mudarse con nosotros, en un lugar cerca del bosque que se ve en la película. Comenzamos a conocernos y a improvisar, ya que en ese momento ellos no conocían el guion. Fue necesario generar confianza y destruir las expectativas respecto de la idea de transformarse en actores, porque no queríamos esa clase de respuesta de ellos. Luego de un mes de convivencia comenzamos con la primera lectura del guion, algo bastante técnico que, sin embargo, logró tocarlos. A partir de ese momento, comenzaron a construir ellos mismos una suerte de misión para sus personajes. Fuimos a algunos de los lugares reales donde Giuseppe había estado recluido y reescribimos el guion junto a ellos, de acuerdo con la manera en la que se sentían”.

Horror y esperanza

Para Fabio Grassadonia y Antonio Piazza el proceso de escritura sigue siendo la etapa más importante de la realización. Un proceso largo y arduo que va tomando la forma de varios borradores. Al mismo tiempo que se sigue investigando y puliendo asperezas van encontrando un concepto claro de la puesta en escena y el diseño de sonido. “Eso permite que las cosas sean más sencillas en el rodaje, porque estamos de acuerdo en un ciento por ciento y sabemos perfectamente qué estamos buscando. Lo cual hace que sea fácil para los demás miembros del equipo comprender nuestras ideas y que además puedan hacer sus aportes. Ese fue el caso de Luca Bigazzi, el director de fotografía, que para nosotros es no sólo uno de los mejores fotógrafos trabajando en Italia sino en toda Europa. Nos gusta utilizar luz natural y uno no se puede dar el lujo de entorpecer el trabajo de los actores”. Bigazzi, colaborador habitual de Paolo Sorrentino (La grande belleza, Il Divo) y el director de fotografía de Copia conforme, el film del iraní Abbas Kiarostami, resultó esencial a la hora de lograr una imagen que alterna momentos hiperrealistas con otros casi expresionistas. E incluso varias instancias donde la pantalla es invadida por rasgos oníricos, fantasmales, abstractos. Entre estos últimos, una imagen que sólo puede ser descripta como polémica si se la aísla del resto de la película y se la piensa y siente como un ente autónomo. Una imagen cuyo origen horripilante es absolutamente transformado por su duración y contexto, transmutando el horror en esperanza. “La toma del cuerpo disolviéndose estuvo presente desde un primer momento y, por supuesto, fue algo que asustó un poco a los productores. Sabíamos que corríamos un riesgo; es como hacer un film sobre los campos de exterminio y abrir las puertas de las duchas. Pero también sabíamos que debíamos hacerlo porque nuestro mayor deseo era que el espectador tuviera un viaje emocional y sensorial. Por eso ese plano es tan largo, no porque nos encante formalmente sino porque la relación entre lo visible y lo invisible, que estuvo presente durante toda la proyección, termina de unirse en ese momento. Ya no puede ocurrir nada más y, sin embargo, algo comienza a cambiar. Una metamorfosis, una disolución que permite un regreso bajo la forma del agua. El agua es vida, la única manera de que Luna se salve. Pero hubo que pelear un poco por ese plano”. Los animales y, quizás, otras entidades no visibles continúan observando a los humanos desde la profundidad del bosque. ¿Es posible que el cine del gran cineasta japonés Hayao Miyazaki, el papá de Totoro y otros seres surgidos de la más profusa imaginación, esté presente en esta historia de crímenes mafiosos en Sicilia? “Es una de las referencias, sin dudas, no sólo por los animales sino por el árbol alrededor del cual juegan los chicos en el comienzo. También hay algo de La noche del cazador, la película de Charles Laughton, con relación a los animales y su testimonio silencioso de lo que está ocurriendo. En nuestra película incluso tienen un rol mayor porque Sicilia es la tierra de los mitos antiguos, de la diosa Atenea, que a veces era acompañada por el búho. Y el búho es el animal que puede ver en la oscuridad y el que puede atravesar la frontera entre el mundo de los vivos y los muertos. Es casi un narrador secreto de la historia”.