Muchachos punk
Desde 2014 diversos eventos y publicaciones celebran a su manera los cien años del nacimiento de William Bourroughs, el más extremo y a la vez disidente de los beatniks. Mientras anuncia para el año próximo la trilogía compuesta por Ciudades de la noche roja, El lugar de los caminos muertos y Tierras del Occidente, el cuenco de plata publicó recientemente Los chicos salvajes, una pesadilla punk retro futurista que en los inicios de los años 70 anticipaba más de una paranoia provocada por los peligros de la era global.

En la década de 1950 en los Estados Unidos comenzó la emergencia de una contracultura opuesta al “orden y progreso” que se intentó imponer tras el fin de la segunda guerra mundial, el statu quo de la naciente guerra fría, con su macartismo, espionaje y vigilancia. En el año 1956 se publica Aullido, de Allen Ginsberg. En 1957 En el camino, de Jack Kerouac. Y en 1959 El almuerzo desnudo, de William Burroughs. Con estas emblemáticas obras literarias adquiría fisonomía el movimiento (o generación) beatnik del cual Burroughs no se sintió necesariamente parte, aunque sí padrino o mentor y al que calificó de “movimiento sociológico”, más que literario, “de importancia mundial”, según señaló, una “revolución cultural”. O un “movimiento de liberación espiritual, femenina y racial”, según Ginsberg. La influencia beatnik se mantendrá las décadas siguientes integrando de algún modo el “espíritu del 68”, anteguerra y antiimperialista, por la liberación sexual y homosexual, y particularmente la de Burroughs, quien fue referente e influencia para un amplio número de artistas y grupos musicales como Patti Smith, Laurie Anderson, Iggy Pop, Lou Reed, David Bowie, Jimmy Page, Sonic Youth, Kurt Cobain. Bourroughs murió en 1997, y desde el centenario de su nacimiento, en 2014 (acompañado en las redes sociales por la etiqueta #Burroughs100), hasta este año, ha sido homenajeado con reediciones de sus libros (y otros sobre él), con puestas teatrales y exposiciones. 

En nuestro país se publicaron ensayos inéditos, La revolución tecnológica; está presente en la antología Poesía Beat; Anagrama sacó en un solo tomo tres novelas fundamentales (Yonqui, El almuerzo desnudo y Queer) y El cuenco de plata, que anunció para 2018 la publicación de la trilogía que componen Ciudades de la noche roja, El lugar de los caminos muertos y Tierras del Occidente, sale ahora al ruedo con Los chicos salvajes.

Publicado originalmente en 1971 –y escrito en paralelo con el ensayo inconcluso Manual Revisado del Boy Scout–, Los chicos salvajes pareciera ser un largo poema-sueño (o pesadilla) burrouhgsiano. El libro es un verdadero artefacto punk-retro-futurista con temas que resuenan (y preocupan) todavía hoy: las políticas de vigilancia y control y sus tecnologías, la violencia, las drogas, la sexualidad. Con un discurso que pareciera retomar aquel “fluir de la conciencia” o “monólogo interior” de tipo joyceano o faulkneriano (Mientras agonizo), Burroughs le agrega al maremagnum de imágenes y escenas un frenesí non-stop por medio de narrar lo que ve “un ojo facetado que mira simultáneamente en cualquier dirección”. Es una simbiosis, un funcionamiento de “hombre-máquina”. Así, con la secuencia “ojo mecánico-cerebro-mano” (que escribe), tiempo y espacio se alteran, se alternan e intercalan: podemos estar en México u otro país latinoamericano, en Persia, Alaska o Washington; en 1976 ó 1988; en 1920 ó 1950; en 1898 ó 1023 (D.C.). 

Hay desenfreno en torno a la búsqueda, utilización y experimentación con drogas (como en Queer y en las Cartas del Yagé –o de la Ayahuasca– con Ginsberg), fascinación por los jóvenes (cual efebos), y una homosexualidad practicada ardorosa y polimórficamente, por medio de una prosa desbordante y desmesurada, alejada de toda medida. Esa parte del libro trabaja especialmente con el famoso método cut-up, generando bloques textuales con palabras, frases y parrafadas que se reiteran, rearticulándose, reordenándose, logrando un muy singular efecto de “repetición & diferencia”, y cierto aire poético, al calor de la reaparición de palabras y frases que generan una dualidad de similitud-desemejanza.

La geopolítica de la segunda mitad del siglo XX (la URSS y el “peligro rojo”, China y Vietnam, el “peligro amarillo”), y la política doméstica norteamericana (espionaje, guerra contra las drogas) son el telón de fondo de esta obra caleidoscópica, tan contemporánea como adelantada a su época. En el centro de la historia, se encuentran los “chicos salvajes”, jóvenes sobrevivientes de una dictadura, insurgentes rebeldes contra los centros imperiales como Estados Unidos. Moderna “red global”, estos multifacéticos y clandestinos combatientes pueden estar participando de una orgía como de un ataque sorpresa al ejército norteamericano en alguna selva. Los chicos salvajes están inspirados claramente en los jóvenes callejeros del Tánger –dedicados a la mendicidad, al pillaje y la prostitución– que conoció Burroughs, aquí radicalizados y estetizados por la imaginación del autor. Los métodos que se utilizan para el enfrentamiento urbano son los mismos que emplea el enemigo (el poder y el gobierno de turno): la tecnología de registro y difusión (grabadores, cámaras de video). Suerte de “copy & paste” avant la lettre sonoro y visual, Burroughs expone en acción (estatal, paraestatal e insurgente) los métodos de información y contra información, propaganda y agitación, de shock y desestabilización.

La guerrilla urbana declara: “Tenemos la intención de marchar sobre la maquinaria policial y todos sus registros. Tenemos la intención de destruir todos los sistemas verbales dogmáticos. A la unidad familiar y su expansión cancerígena en tribus, países, naciones, vamos a erradicarla desde sus raíces vegetales”. Pesadilla para las familias y el gobierno norteamericano (un general y la CIA denuncian las promesas de droga y sexo con las que atraen a los “Johnny” a unas “Sodoma y Gomorra tardías” los salvajes), además es performativa respecto a su propio cuerpo, adosándole ropas y armas, para cumplir funciones de seducción y/o placer, y de muerte. “Los chicos gatos hacen garras cosidas en pesados guantes de cuero que se atan a la muñeca y el brazo, las garras huecas curvadas hacia adentro están cargadas con pasta de cianuro”; “los chicos serpiente en suspensores de piel de pescado salen de la bahía vadeando el agua. Todos tienen una serpiente marina con puntos venenosos enredada en el brazo. Se mueven a través de los arbustos y las palmeras”. Y otra arma: el lenguaje. Algunos chicos “desarrollaron gritos, canciones, palabras que usan como armas. Palabras que cortan como sierras eléctricas. Palabras que vibran y convierten las entrañas en gelatina. Palabras raras frías que caen como redes congeladas en la mente. Palabras que son virus y se comen el cerebro hasta convertirlo en hilachas que musitan”.

Admirado por una pléyade de escritores (Ballard lo llamó “el último escritor verdadero”; Roberto Bolaño dijo que fue “el ojo que nunca se cerraba”) Burroughs ofrece con Los chicos salvajes un libro altamente experimental, denso, fluyente, repleto de dardos contra la sociedad y sus instituciones. La mayor originalidad de esta obra radica en su particular y oscura contemporaneidad. El ojo que ve, registra, reordena y estalla en delirios. Y nos transmite sus palabras –su virus– de rebeldía y desobediencia. 

Los chicos salvajes
William Bourroughs
El cuenco de plata
192 páginas

 

 

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