“¡Mirá, flaca, date vuelta!” le gritó Graciela López a su compañera Milagro Sala. “¡Mirá!”, le insistía, porque lo que veía se parecía a un espejismo. La flaca se paró de un salto, le dio la espalda a la mesa tendida en el patio de visita del penal de Alto Comedero y se refugió en el hombro de su amiga, más bajita que ella, más gruesa y a la vez, tanto más frágil. Así quedaron un instante abrazadas, forzando la mirada más allá de la reja a donde no las dejan acercarse, viendo con los ojos mojados cómo, entre la vegetación al costado de la ruta 9, flameaban las huipalas y las banderas políticas. Los trapos cortaban el viento, capturaban el sol más cruel del mediodía, poca o mucha las telas que ondeaban con bravura le daban sombra y alivio a centenares de mujeres que a la distancia parecían guirnaldas de flores moviéndose entre el verde porque así de bellas se veían todas las que venían a exigir la libertad de estas presas políticas y de sus compañeras: Mirta Aizama, Gladis Díaz y Mirta Rosa Guerrero. 


La marcha se concentró frente al penal para saludar a Milagro Sala. Debajo de la media sombra, de camiseta naranja, la detenida saludó a las compañeras.

No había espacio para la indiferencia: hasta el personal penitenciario volteó hacia el horizonte para sacar fotos a ese enjambre que se acercaba para plantarse frente al penal donde hace casi dos años las militantes de la Tupac Amaru, la organización que con Milagro Sala a la cabeza supo reescribir la palabra dignidad para miles de personas que ni siquiera se asomaban a las calles del centro de San Salvador de Jujuy de tanta marginación histórica que padecían, están detenidas. Presas políticas de un gobierno provincial –con el radical Gerardo Morales a la cabeza– que apenas asumido ejecutó su revancha contra estas negras, indias, rebeldes, pero sobre todo, organizadas, imponiéndoles una prisión sin fundamento jurídico, llenándolas de acusaciones una vez que sus cuerpos habían terminado tras las rejas, muchas de las cuales se van cayendo a medida que llegan a juicio. Casi dos años presas y la misma cantidad de tiempo que no se veía en las calles jujeñas una manifestación como la que se vio ayer: cuatro cuadras de marcha que como canto principal exigía “para Milagro la libertad, para Morales el repudio popular”. Y era una marcha de mujeres insumisas, capaces de articular entre fuerzas políticas distintas desde radicales, kirchneristas y del PTS; de sindicatos y colectivas feministas; llegadas desde Buenos Aires, Chaco, Tucumán, Salta y también desde los cerros verdes de esta provincia del noroeste donde el sol al final de la primavera aprieta tanto que se agradece tener la piel marrón para resistirlo.

Sí, mujeres, igual que las presas que las veían a la distancia, cantando ellas también las consignas que las nombraban. La idea de esta movilización federal surgió del XXXII Encuentro Nacional de Mujeres, en Resistencia, Chaco, cuando apenas llegados los contingentes femeninos desde todos los rincones del país llegó también la noticia de que a Milagro Sala le habían revocado arbitrariamente la prisión domiciliaria para devolverla a la rastra al penal de Alto Comedero. Entonces empezaron las conversaciones, la organización, apareció la necesidad clara de hacer algo desde el espacio político que construyen las feministas cuando están juntas y desafían a los poderes que las agobian. La asamblea de mujeres en Jujuy, para exigir la libertad de Milagro Sala, empezó a tramarse entonces con una fecha bien elegida: este fin de semana largo que llega hasta hoy domingo, día internacional de los Derechos Humanos. 

“Yo le agradezco a las mujeres, a las mujeres a las que todo nos cuesta más porque movernos quiere decir dejar la casa, los hijos, la familia para pelear por todos”, decía Milagro dentro del penal, ahí donde llegaban las voces de las que se habían reunido en asamblea después de marchar bajo un calor tan agobiante que hacía sudar el asfalto. Desde la derecha –siempre desde la derecha– unas nubes negras y grandes como buques de guerra ya traían el olor de la tormenta. De uno y otro lado de las rejas, tapadas esta vez con mediasombra negra para ponerle otro límite a las detenidas, apenas se distinguían figuras diminutas. Pero la energía militante desconocía toda separación, aun cuando ésta tomara cuerpo en los uniformados apostados con armas largas dentro del apenal y sobre la ruta. Allí, las fuerzas de seguridad estaban apostadas con la cara tapada, encapuchadas, como si tuvieran algo que temer de descubrirse sus identidades. Eso había enervado a Milagro que apenas entró la primera comitiva que iba a visitarla –con las legisladoras Juliana Di Tullio, Mónica Macha y María Inés Pilatti; la rectora electa de la facultad de sociales de la UBA, Carolina Mera, una representante del Colectivo Ni Una Menos y Mara Brawer, del Comité por la liberación de Milagro Sala—, se enfrentó al Servicio Penitenciario exigiendo que se “retiren los encapuchados, que en la marcha vienen niños y no tienen por qué asustarlos. Yo me comprometí a no acercarme a la ruta, ustedes sáquenme a esos tipos que no tienen nada que hacer porque entonces se rompen todos los compromisos”. Es que la dirigente, a pesar de las muchas formas de hostigamiento que viene sufriendo, no pierde su ánimo.



“Venimos nosotras pero también traemos a nuestras ancestras, venimos de la amazonia peruana y desde los cerros bajamos las coyas para darles fuerza”, se escuchaba desde los parlantes ubicados fuera del penal y la diputada Mónica Macha –feminista orgullosa– no contuvo la emoción y tuvo que limpiarse las lágrimas con el papel de cocina que era servilletas para el almuerzo que habían ofrecido las presas. Todas, visitas y detenidas, se pusieron de pie cuando sonó el himno. Las tupaqueras lo cantaron con una mano en el corazón y la otra para no despegar el abrazo entre ellas. Juliana Di Tullio hizo la v de la victoria mientras sonaban las estrofas. Después diría: “No es casual que este acto político por la libertad de las presas y los presos políticos haya surgido de las mujeres porque nosotras sabemos que si no nos organizamos el capitalismo salvaje nos aniquila. Porque las mujeres se han convertido en el actor –o actora, dijo, incómoda con el masculino– más importante que surgió en los últimos tres años y desde nuestro país lo hemos contagiado al mundo”. Y cómo no, si este movimiento de mujeres, de lesbianas, travestis y trans es hijo –somos hijas– de las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo.

Las comitivas siguieron entrando al penal por turnos hasta completar 32 visitas en la tarde de ayer mientras el sofocón del mediodía se hacía viento presagiando una tormenta que cuando se armó el círculo para comenzar la asamblea se convirtió en diluvio. “Así como nos reunimos en asamblea feminista para denunciar los despidos en Pepsico, así como viajamos a Bolsón cuando todavía no había aparecido Santiago Maldonado para hacer visible ese cuerpo que faltaba y reponer las circunstancias de su desaparición, el conflicto por la tierra de las comunidades mapuche, así fue que se planeó esta asamblea acá en Jujuy por la libertad de Milagro y de todas las presas políticas”, explicó Ximena Talento, del Colectivo Ni Una Menos. 

Con el megáfono amplificando su voz, Estela Díaz, secretaria de género de la CTA de los trabajadores, mientras el agua caía en cascada por las alas del mismo sombrero que la había protegido del sol, gritó: “¡Jallalla!”, esa voz quechua que sirve tanto para saludar como para nombrar la alegría y también sirve como grito de guerra. Después describió ese armado transversal, esa articulación entre diferentes fuerzas políticas que le devolvió vitalidad a las calles de San Salvador y puso la demanda por la libertad de Milagro Sala frente a la casa de Gobierno. “Estas asambleas tienen que seguir hasta que estén todas en libertad”, dijo antes de contar: “Una compañera emocionada me decía que por fin había vuelto la alegría tupaquera a la calle, y yo le dije, esta también es la alegría y la lucha feminista”. Los aplausos y esa manera de gritar como malones subrayaron su intervención.

Las cuatrocientas mujeres que empezaron a llegar desde distintas geografías el viernes, después de muchas horas de viaje en micro, desandaron el camino de vuelta bajo la lluvia. “Esta lluvia no nos puede parar, es Morales que no para de llorar”, gritaban desafiantes, a propuesta de las integrantes de la Asamblea Feminista. La mayoría había pasado la noche en la sede de la Tupac Amaru, en el centro de la capital de la provincia, dándole vida, lucha y cumbia que puso a mover los cuerpos en ese lugar donde ya no hay tomógrafo ni sala de odontología para quienes más necesitaban de esos servicios porque la exclusión los alejaba de la atención pública. Esa sede que es lo único que conserva la organización que supo construir barrios enteros y hasta balnearios para el goce de quienes parecían no estar habilitados para el placer. Esa vida que también goza de la lucha que empuja derechos y que no se priva de soñar con un mundo otro donde la Justicia no sea propiedad de castas judiciales es la que volvió a instalarse en Jujuy durante dos días, demandando libertad. Y lo hicieron las feministas, las mujeres y las travestis que marcharon juntas, ese movimiento que no para de crecer y que, como dice el canto, promete que contra el patriarcado “va a vencer”.