Werther - 9 puntos

Opera de Jules Massenet. 

Elenco: Jean-François Borras (Werther), Annalisa Stroppa (Charlotte), Jacquelina Livieri (Sophie), Alfonso Mujica (Albert), Cristian De Marco (El alguacil), entre otros. 

Dirección escénica: Rubén Szuchmacher. 

Dirección musical: Ramón Tebar. 

Orquesta Estable y Coro de Niños del Teatro Colón. 

“Que tu alma y mi alma por siempre se fundan en este beso”, le canta Charlotte a Werther en la penumbra del bulín. Él se acaba de pegar un tiro y está por morir; ella se ha desbloqueado y reconoce que la turbación que sentía en realidad eran las señales del amor. No queda tiempo para nada. Lo que se sabía que iba a ocurrir está ocurriendo. La música se diluye. Todo es dolor, dulce y suspendido. “Todo… Olvidémoslo todo”, cantan los amantes abrazados. 

Podría caer el telón y que el drama termine ahí. No sería un mal final. Si no fuera que en la ópera nadie muere así nomás. En las distintas formas que fue tomando a través de los siglos, tragedia o comedia, morir ha sido siempre un asunto largo y complejo. Es ahí cuando la maquinaria operística tensa sus propios estatutos de verosimilitud y apela a ese contrato de siglos con el público que permitió que los varios Orfeo, las Toca, las Carmen, las Violeta, las Isolda y hasta el pobre Don Giovanni –acaso la muerte más decepcionante de la historia de la humanidad– mueran, quien más quien menos, afinados y en pleno dominio de sus facultades vocales.

También Werther, el joven y desdichado poeta, se toma su tiempo en la crepuscular aria “Là-bas, au fond du cimetière”, entre gimoteos de Charlotte e indicaciones para su última morada. Y esa coda final, estatuto operístico mediante, resultó ser uno de los grandes momentos de Werther, la ópera de Jules Massenet que por estos días se pone en escena en el Teatro Colón.

Inspirada en Los dolores del joven Werther, la novela epistolar de Goethe, la ópera se toma numerosas licencias. La más significativa tiene que ver con el carácter de Charlotte, cuyo afecto operístico termina por alivianar la soledad existencial del poeta. De no ser por la música, su presencia en la cabecera del suicida moribundo sería un final operístico banal como tantos. La nueva producción del Teatro Colón, con dirección escénica de Rubén Szuchmacher y dirección musical de Ramón Tebar, lo resolvió con la emisión mesurada y la declamación clara y doliente de Jean Francois Borrás –que compuso un Werther formidable–, esencia del concepto general de una puesta magnífica, que hizo de la música el mejor recurso teatral. Fue un gran final, sencillamente porque el protagonista no muere como moriría un tenor, sino que muere como lo haría un poeta.

La puesta de Szuchmacher, esencial en lo escénico y marcada con precisión en los movimientos, se recostó con sensibilidad y razón sobre la efectividad dramática de una música generosa y sensual. Massenet, francés y portador sano de wagnerismo, es un orquestador pródigo y en su escritura integra las voces a la trama de una orquesta que, como advertía el mismo compositor, es “uno de los personajes principales” cuando no la conciencia de los destinos trenzados en el drama. Cómplice atento del Szuchmacher melómano, Tebar manejó con excelente criterio escénico la gran cantidad de matices expresivos de la partitura. Al frente de una Orquesta Estable muy eficiente, dosificó energías y logró reflejar con claridad los humores del arco dramático que va de la luz pueblerina de los primeros actos a la penumbra dolorosa del final.

Sobre esa idea la escenografía de Jorge Ferrari toma fuerza en su pulcritud, con pocas líneas y objetos materializa el espíritu de cada acto. El jardín primaveral del primero y la plaza otoñal con la torre de la iglesia de fondo en el segundo, dan cuenta de ese espacio que refleja la quietud nunca resuelta de un pueblo de provincia, que termina de configurar su ubicación en los años 30, con los vestuarios, diseñados por el mismo Ferrari.

En ese pacto pequeñoburgués Werther es un extraño. Entre caballeros probos, esposas fieles e hijos que cantan villancicos navideños, su arrebato amoroso inoculará la tragedia que empieza a consumarse en la amplitud familiar del salón del tercer acto y culmina en la estrecha habitación del poeta.


En un elenco que en general cumplió con la idea de poner la música la frente, sólida resultó la pareja protagonista, con la mezzosoprano italiana Annalisa Stroppa en los paños de Charlotte y el Werther de Jean Francois Borrás, tenor francés de ascendente carrera. En particular desde el tercer acto, cuando los protagonistas empiezan a trazar con claridad vocal y escénica el crescendo trágico que a través de un espeso y maravilloso interludio orquestal desemboca en el cuarto acto.

En momentos cruciales como el aria “¡Va! ¡Laisse couler mes larmes!” –con saxofón concertante–, la voz de Stroppa, espesa y rica de matices, resulta conmovedora, como poco después Borras en “Pourquoi me réveiller”, aria que además de ser punto neurálgico de la obra ha sido caballo de batalla de los más grandes tenori di grazia del siglo XX. Entre ellos, siempre fresca y luminosa, Jaquelina Livieri compuso una gran Sophie, la sentimentalmente menos empeñada hermana de Charlotte. Correcto el barítono español Alfonso Mujica en el rol Albert, el marido de Chalotte, y excelentes los chicos del Coro de Niños del Colón, los hermanitos de Charlotte, que con frescura y buenas voces funcionaron como contraste necesario.

Con estos protagonistas, Werther repetirá el viernes 29 de agosto y el martes 2 de setiembre, mientras que el elenco encabezado por del tenor mejicano Arturo Chacón-Cruz, la mezzosoprano María Luisa Merino Ronda, el barítono Sebastián Angulegui y la soprano Constanza Díaz Falú, protagonizará las funciones del domingo 31 y miércoles 3 de septiembre. Esta última, como parte de las nuevas políticas de desarrollo de audiencias del Colón, será una función exclusivamente para jóvenes menores de 30 años, con entradas a un valor único de 30 mil pesos. Una oportunidad para entrar a la ópera, acaso la más recomendable entre las ficciones cargadas de realidad –o al revés- de este presente.