Del asiento de un auto a una banca en el Senado
Julio Catalán Magni
Supo ser campeón del Turismo Nacional, corrió en TC 2000, Top Race y Turismo Carretera. Tuvo la suerte de ser el acompañante de Juan María Traverso. Néstor Kirchner puso su primera publicidad en un auto suyo por ser patagónico. Fue diputado y hoy es senador por Tierra del Fuego.

Detrás de su traje se esconde un hombre de campo; sin formalismos, ni temores, que dice las cosas como le salen, con naturalidad. Un hombre que ríe y llora en la misma entrevista, sin importar su jerarquía de Senador de la Nación. Un político que, por su condición y su agenda completa, es muy complicado de hallar. Pero en medio de la última sesión del año en el Congreso de la Nación, Julio Catalán Magni encontró un hueco para mostrarse como es, más allá de los sacos, las corbatas y las leyes. 

De chico, en su Ushuaia natal, cuando tenía apenas 8 años, Catalán Magni ya soñaba con el automovilismo. Por entonces, su ídolo era Ayrton Senna, y se cruzaba al taller de enfrente a su casa para cebar mate y que le dejaran sentarse en un coche para agarrar el volante: “Sentía que había corrido un Gran Premio”, confiesa. 

“Vengo del automovilismo, es mi vida”, cuenta el actual presidente de la Comisión de Deportes del Senado. Pero otra disciplina se cruzó en su camino. “Producto de las cosas que pasan en los pueblos chicos, Jorge Tagle, mi cuñado, que venía de Córdoba, apareció con el pato y empezamos todos a practicarlo. Trajo el reglamento, la primera pelota, un caballo mestizo desde Córdoba… terminó siendo el complemento de lo que a mí me gustaba. Automovilismo de forma profesional y todos los días que podía, pato. En Ushuaia oscurece tarde, entonces terminábamos de trabajar a las 20 y nos íbamos para el aserradero a varear los caballos”, cuenta.

Vlady Brondzovich fue su referente. Se trataba de un hijo de croatas, que fue capitán del equipo Laguna Escondida. “Si cinchabas con él salías por la cruz. Era un hombre muy de campo; el no tenía la técnica pero sí tenía fuerza. Jugaba con nosotros y tenía 72 años”, narra Catalán Magni, uno de los artífices de que el pato haya sido declarado Deporte Nacional por Ley. Los recuerdos afloran y también los momentos duros de un deporte para osados: “Un día, en un arranque, con el campo mojado, el caballo me patinó y tuve una caída dura. Me complicó el inicio de la temporada de automovilismo. Ahora estoy viejo, si me tengo que agachar para alzar un pato no me levanto más”, confiesa entre risas.

“Ahora, José Ignacio (16 años), uno de mis hijos, siguió la posta y juega al pato de forma amateur en Arrecifes”. Y en la otra esfera, en el automovilismo, su otro hijo, Juan (19), siguió la senda paterna y ganó en 2016 el TC Mouras, corre en TC Pista y también ganó con el Pato Juan Manuel Silva una carrera de TC. 

Sus inicios en el automovilismo

Cuando Julio Catalán Magni empezaba en el automovilismo a los 15 años “el referente que rompía todo era Juan María Traverso. Era el Dios del automovilismo, a lo que se subía ganaba. Además, tuvo carreras emblemáticas, con el auto en llamas, en tres ruedas. Salía de la media de lo que uno está acostumbrado a ver”.

Y un día le tocó correr con Traverso: “Lo miraba por televisión, nunca pensé estar cerca de él. Alberto Canapino, que me hacía el auto a mí, a principios de los 90 comenzó con el armado de Peugeot del TC 2000. Yo corría en Turismo Nacional, me armaba el auto junto a mi señora y un amigo de Arrecifes; y peleábamos carreras. Llegamos un día a la coronación del TN en Buenos Aires. Ya era campeón en Clase 2 y peleaba la posibilidad de serlo en la 3. Estábamos con mi señora armando el coche en los boxes y sonó el teléfono. Era Cachi Scarazzini, y me dijo, ¿por qué no te venís al taller de Juan que quiere hablar con vos? Me sorprendí ¿Traverso quiere hablar conmigo?”, cuenta aún incrédulo.

Catalán Magni recuerda: “Yo tenía un Fiat 147 blanco, un coche viejo, con el piso podrido. Fuimos con mi mujer hasta el taller del Flaco, pasamos por la puerta y había un Jaguar y unos coches... Cuando vi esos autos pasé de largo, me dio vergüenza parar con el 147. Estacioné en la calle lateral. Le dije a mi señora que me espere, que iba a ver qué quería y volvía”.  Y sigue: “Toco el timbre del taller y sale una chica a atenderme. Entro al taller, piso de mármol… era más lindo que mi casa. Había coches de TC 2000 y estaban armando la Chevy violeta de OCA. Me recibieron Cachi y Cristian Avila -el técnico-. Subimos a la oficina del Flaco. Estaba llena de fotos, de recuerdos de él, la carrera en llamas. Me quería sentar pero me quedaba mirando. Para mí era un lugar soñado”, cuenta con los ojos brillando de emoción, y continúa: “Viene Susana, la señora de Juan María, y me dice: ‘Julio, nos gustaría que corras en nuestro equipo’. Me empecé a reír, por aquella época estaban de moda las cámaras ocultas de Tinelli. Empecé a mirar para todos lados y me reía. Pensaba, dónde está la cámara; me hacen venir del autódromo para reírse de mí… entonces, entró El Flaco, me saludó y me preguntó ‘¿Ya arreglaste?’ y le respondí ‘Si arreglé ¿qué?”.

Lo pasaron a una a oficina privada, y le dijeron si quería ser parte del equipo oficial Peugeot y le preguntaron cuánto cobraba. “Era el sueño del pibe. Les dije que mientras me paguen los gastos era un sueño formar parte. ‘Llevate esto’, y me empezó a dar cosas, el buzo oficial antiflama del equipo, bolsos con chalecos, medias, toallas, camperas, tasitas… Eran demasiadas cosas que te avasallaban. ‘Ya arreglaste, vení que medimos la butaca del auto en el que vas a correr’, me dijo el Flaco. Bajé con los bolsos y me dice ‘ese es tu auto’. Me senté en el Peugeot y empezamos a medir la posición de manejo”.  “‘¿Corrés este fin de semana?’, me preguntó Juan. ‘Si, claro, defino la Clase 3’, le respondí. ‘Bueno, te voy a acompañar’, me dijo. Que el mejor piloto del momento del automovilismo argentino me diga a mí, que no era nadie, que me iba a acompañar al autódromo el fin de semana ¿viste cuando vivís todo un sueño?”, cuenta con las sensaciones de antaño a flor de piel.

El encuentro con Alicia, su mujer, al regreso al 147 terminó por dejar una marca imborrable en Catalán Magni. Después de tres horas él salió de lo del Flaco y su mujer entre insultos le preguntó qué había hecho en todo ese tiempo. “Vamos a correr en TC2000”, le dijo, no sin antes recibir la preocupación de su mujer sobre el dinero. “’No tenemos que pagar, nos pagan para correr’. Nos pusimos a llorar. Lo habíamos hecho todo con mucho sacrificio; lo hacíamos todo a pulmón con mi señora, remándola mal, muy mal”.

Su carrera política

La primera publicidad de Néstor Kirchner en el automovilismo fue en el Falcon de Catalán Magni. Surgió porque era el único representante patagónico en la categoría, cuando fue a inaugurar el autódromo de Río Negro, la misma noche que Cavallo anunció el corralito. “La publicidad estaba en el parabrisas y decía ‘Kirchner presidente 2003’. Llevé la publicidad en la carrera y todo el año siguiente. Fue el momento de la debacle de 2001. Kirchner terminó siendo Kirchner”, recuerda.

Amigo de Florencio Randazzo, Catalán Magni aún no había terminado su carrera automovilística cuando decidió hacer política. “Con Florencio nos juntamos a comer todos los martes. Terminó de funcionario del gobierno de Cristina y empezó con la Agencia de Seguridad Vial, algo que me rozaba de lleno. Empezamos a charlar del tema. Le acerco a Juan María Traverso para que vaya a dar las charlas de seguridad vial, porque era el referente más serio que había. Más allá de lo que la gente pueda creer, el Flaco, no viaja rápido, viaja siempre con cinturón, come y se acuesta a dormir, no viaja después de cenar. No toma alcohol. Viajé con él tres años sentado al lado de él todo el día. Me parecía que más allá de los excesos que comete en la pista manejando, en la calle era el ejemplo ideal. Para muestra, nunca chocó en la calle”.

Siempre ad honorem, Catalán Magni aportó ideas para las charlas de capacitación y la unificación del registro. La Agencia se presentó en la Casa Rosada y tocaba llevarla al interior.  Catalán Magni propuso hacer de Ushuaia a La Quiaca, comenzando por el sur. “Empiezo a colaborar para armar la presentación, yo soy embajador del deporte en mi provincia a nivel nacional. Mi familia en la provincia es la tercera generación, tradicional del lugar. Entonces le digo a mi hermano, por qué no le pedís una audiencia al intendente (Federico Sciurano) que lo voy a ver para contarle y empezar a trabajar esto”. No lo atendieron nunca. “Eso me enojó mucho. Lo fui a ver a Florencio al despacho y le dije, quiero hacer política. ‘Te volviste loco ¿qué te pasó?’ dijo Randazzo. ‘Quiero hacer política porque lo que hicieron conmigo seguramente lo hacen con muchos y me parece que no es lo que hay que hacer. Hay un plan que está bueno, se lo acerco a mi gente y la propia política impide que esto llegue’”, cuenta el Senador. 

El segundo encuentro con Néstor Kirchner

Lo consultó con Alicia, su mujer, habló varias veces con Randazzo y finalmente, cuando había elecciones para diputados en 2009: “Fuimos a hablar con Néstor a Olivos. Nos recibió, para mi fue una imagen única, porque nunca me imaginé que se iba a acordar de mí. Entré al despacho de él y estaba parado frente a una ventana, con una cortina blanca, con camisa blanca y un pantalón color piel. Entré y me dijo ‘Qué hacés Pingüino’. ‘Nooo, usted es el Pingüino, yo no tengo ni para arrancar ni al lado suyo’, le respondí”.  Y sigue. “Me mostró que tenía guardado el parabrisas que yo le había regalado con la publicidad suya de ‘Kirchner presidente 2003’ y me dijo, qué te pasa. Me ayudó mucho a desandar la primera movida de rueda de la política”. 

La adrenalina del sentarse en su butaca ya no está más. “En el sponsor day, uno de mis empleados me dijo que quería que lo llevara yo. Tanto insistió que dije, yo te llevo. Me empecé a sentar, a atar en el auto y me di cuenta que ya está. Se terminó. Me apretaba el cinturón, me sentía incómodo, me molesta el calor. Me bajé y no lo llevé”. Pero la vida, según Catalán Magni, fue demasiado buena con él.  Los ojos se le pusieron rojos, las lágrimas empezaron a caer por su rostro aún cuando quería contenerlas: “Tengo 50 años y la vida me dio todo. Cuatro hijos hermosos (Juan, José Ignacio, Clara -25 años- y Lucía -14-), una gran familia. Mi viejo era tano, yo era chico, el hacía un quincho con una mesa para 30 personas. Pensaba que nunca se iba a llenar. Hoy con mi hermano nos seguimos juntando en las fiestas. La vida me dio todo. La política te hace ver muchas cosas, yo no le puedo pedir nada a la vida”.

Pero hay algo de lo que se lamenta. Tanto que las lágrimas vuelven a llenar sus ojos. “Fui un mal marido. Por ser, por tratar de ser, vas dejando cosas de lado. Cuando te das cuenta ya pasó el momento. Siempre crecí pensando en darle todo a la familia. Primero vas por un camino y luego otro; te sumís en el vértigo y cuando te das cuenta… tu mujer te quiere decir algo, llegás a la noche cansado, no prestás atención y se rompe la pareja. Y duele, porque siempre pensé que la familia y mi mujer eran para siempre. Lo tenés que superar, y ponés los objetivos en los hijos y en lo que hacés día a día”.