Por ahora, 2018 es un año normal

Desde Brasil

En al menos un aspecto los brasileños no pueden quejarse de su presidente: Michel Temer no deja de sorprender. 

Cuando uno cree que él ya superó todos los límites de torpeza y aberración, Temer vuelve a dejar bien clarito que, tratándose de su gobierno, en ningún campo negativo hay límites. Que su capacidad de desastre es insuperable y desconoce los obstáculos.

Los poquitos días desde año nuevo sirvieron para comprobar ese talento insólito. El miércoles 3, por ejemplo, Temer anunció que la diputada nacional Cristiane Brasil sería la nueva ministra del Trabajo.

El anterior ocupante del puesto, Ronaldo Nogueira, renunció abruptamente el 27 de diciembre, sorprendiendo a todos. 

Autonombrado pastor de una de esas sectas electrónicas que enarbolan la bandera evangélica para defender, en el Congreso, medidas irremediablemente retrógradas, Nogueira ganó fama y espacio al preconizar una “reforma” en la legislación de combate al trabajo esclavo o similar que significaría, en la práctica, asegurar impunidad a los responsables. Una decisión del Supremo Tribunal Federal congeló la nefasta iniciativa, para decepción del entonces ministro. 

A ejemplo de su antecesor, Cristiane Brasil ostenta una trayectoria absolutamente opaca en la Cámara de Diputados. Para compensar esa falla, tiene un padre absolutamente poderoso, el ex diputado Roberto Jefferson, que luce en su currículum una condena por corrupción y controla el PTB, Partido Trabalhista do Brasil, con veinte asientos en la Cámara. En realidad, ha sido él quien nombró a la hija para el puesto de ministra.

La verdad es que, en el gobierno de Temer, tener a un ministro que no fue nombrado directamente por el presidente, sino por alguien raro, no llega a ser una novedad: el ministro de la Secretaría General de Gobierno, el truculento Carlos Marún, fue nombrado por Eduardo Cunha, principal instrumento del golpe institucional que destituyó a Dilma Rousseff cuando ocupaba la presidencia de la Cámara y que actualmente reside en una celda de prisión, adonde fue sentenciado a permanecer por los próximos doce años.

Para empezar 2018 con la normalidad típica de los tiempos de Temer, Cristiane Brasil fue nombrada pero no pudo asumir. Por decisión de un juez de primera instancia, luego confirmada por la instancia superior, un pequeño detalle impide que ella ejerza la función: Cristiane Brasil ha sido condenada en dos ocasiones por absoluto incumplimiento de la legislación laboral. Y enfrenta otras tres causas en la Justicia del Trabajo. 

Es que la señora hija del señor corrupto tiene la mala costumbre de no pagar horas extras, ni depositar sueldos, ni cubrir los gastos de las obras sociales de sus empleados. Que, a propósito, son pagados con el presupuesto de su despacho de diputada nacional.

A los ojos de Temer, son detalles menores. Lo que importa es conquistar y preservar el apoyo del poderoso padre. Creo que Temer hasta pudo haber llegado a la conclusión de que al menos algo de la legislación laboral Cristiane Brasil debe conocer, gracias a sus dos condenas.

El presidente que firma nombramientos pero no nombra, intentó convencer A Roberto Jefferson de que indique otro nombre de su partido. Ni modo.

Un detalle más para reiterar la normalidad de estos tiempos de Temer: para el escaño de la ministra nombrada, pero impedida de asumir (sigue la batalla judicial), el suplente asumió su lugar en la Cámara. 

Se trata de un señor llamado Nelson Nahim, cuya hazaña más relevante ha sido recibir una condena de 12 años por estupro y explotación sexual de menores.

Aun cuando se recuerda que al menos el 30 por ciento del Congreso brasileño enfrenta diversas causas en la Justicia, la mayoría por corrupción, tener a un excelentísimo señor ocupante de un escaño en la Cámara condenado por crímenes sexuales contra menores debería causar cierto impacto. El escasísimo espacio concedido a ese detalle por los medios de comunicación se encargó de bajar un velo sobre el tema.

Un viejo chiste brasileño asegura que en mi país el año solo empieza cuando termina el Carnaval. Parece que hasta esa vieja tradición será desmantelada por Temer: faltando casi un mes para los desfiles de las escolas de samba, el desfile de aberraciones ya está en las pasarelas con todo su esplendor.

No todos, sin embargo, asisten impasibles y sin reaccionar.

Frente a las evidencias de inhabilidad e incompetencia lanzadas un día sí y el otro también, y desmintiendo los discursos llenos de loas al equipo económico y la credibilidad reconquistada, la Standard & Poor’s, la poderosa S&P que se arroga el derecho de clasificar el nivel de confianza merecida por las economías del mundo, acaba de bajar la calificación de Brasil.

Gracias a Temer y su ministro de Hacienda, Henrique Meirelles, invertir en Brasil pasa a ser, acorde a la S&P, un acto meramente especulativo. Se espera que las demás agencias calificadoras de riesgo sigan por la misma senda. 

Está bien que tales agencias se desmoralizaron al no prever la crisis global de 2008. Pero aun así son guías fundamentales para los fondos inversores y los mercados financieros del mundo.

Por lo que se vio en estas dos primeras semanas de un año que se anuncia complejo y decisivo, no está mal. 

Hay de sobra para dejar preocupadas hasta a las hermosas garotas de Ipanema.