Series> The End Of The Fxxxing World en Netflix
Cuenta conmigo
Basada en el comic del norteamericano Charles S. Forsman, The End Of The Fxxxing World, la serie británica que acaba de estrenar Netflix, es una joya adolescente, con su pareja de fugitivos rebeldes y un clima de comedia macabra en ocasiones ultraviolenta. La banda de sonido es de Graham Coxon, de Blur, y los apenas ocho episodios de veinte minutos cada uno la convirtieron en una de las más admiradas por la crítica y favorita del público, joven y no tanto.

The End Of The Fxxxing World, la adaptación a televisión del comic de Charles S. Forsman, tiene dos protagonistas. El primero en presentarse, lo hace como si estuviera entrando en un círculo de autoayuda: “Soy James, tengo 17 años, y estoy bastante seguro de que soy un psicópata”. El personaje de Alex Lawther (El código enigma, Black Mirror) describe como indicios tres situaciones del pasado. La primera fue darse cuenta, a los ocho, de que no tiene sentido del humor (frente a un chiste malo del padre en la mesa, donde comen solos). En la segunda tiene nueve y mete la mano en aceite hirviendo: “Quería hacerme sentir algo”. La tercera, sí, fue haberle rajado la garganta al gato del vecino, a los quince. Y después haber matado más animales, que recuerda uno por uno. De vuelta en el presente, en el almuerzo de la escuela, está sentado solo con auriculares. Detesta el lugar pero le sirve para observar y seleccionar, piensa. Porque su plan ahora es matar algo más grande. En ese momento del relato mental de James, se acercó una chica y se quedó parada enfrente: “Te vi patinando”, le dice: “Sos muy malo”. 

La presentación de Alyssa transcurre en silencio (antes sonó una balada de los ‘60 de Bernadette Carroll sobre disimular las emociones). La heroína interpretada por Jessica Barden (Hanna, The Lobster) empieza narrando su momento más personal: cuando el mundo la abruma y se recuesta en el pasto a mirar el cielo, y por un segundo se siente libre, feliz, inocente. Entonces, una figura le interrumpe el pensamiento con su sombra: es la madre pidiendo ayuda con los bebés mellizos que tuvo con el segundo esposo, que está sentado leyendo el diario. Alyssa no ve a su padre desde los ocho años y no lo culpa por haberse ido: no confía en la gente que encaja, dice. En el almuerzo de la escuela, se enerva cuando le llega un WhatsApp de la chica que tiene enfrente, y estrella el celular en el piso. “No digo que él sea la respuesta, pero es algo”, piensa mientras se acerca a James, que a la vez, cuando la tiene adelante, cree que acaba de elegirla a ella como víctima.

Al final del capítulo apertura (son nueve de 20 minutos: la maratón del verano) queda definida la historia. Alyssa y James se fugan en papel de novios que apenas se dieron unos besos torpes. Por iniciativa de Alyssa: las decisiones son de ella. Al segundo día de conocerse, en la casa de James, le pide sexo oral (los dos son claramente vírgenes), y cuando se acomodan propone robar el auto y salir de ese pueblo cuadrado. James, además, le pega al suyo la trompada que fantaseaba y Alyssa arengó el día anterior. “No sé cuándo la voy a matar, pero esto me parece un buen comienzo”, piensa y de fondo suena “Superboy & Supergirl”, un tema pop-surf del año 2000, de una banda indie de Seattle. La música es un relieve de sentido más en la serie: dialoga con los textos, la época y la geografía; es muy evidente su vitalidad. Cuenta el director, Jonathan Entwistle –33 años, de Inglaterra–, que la playlist que compartían con el autor del comic –estadounidense de Massachusetts– supera los 700 tracks (mucho retro B-side: necesitaban que fueran interesantes y no tan caros). 

Hace tiempo que existe este proyecto. Entwistle encontró el cómic en 2013 en un tacho de basura de Londres antes de que Forsman lo hubiera terminado de escribir (se lanzó en partes). Primero filmó un corto, donde Jessica Barden, que tiene 25 años, ya actuó. Muy de sí misma, dice ella: “Soy bastante dramática también”. Alyssa es el centro de atención de la serie, que adaptó y amplió la guionista Charlie Covell, originalmente para Channel 4. Su modulación es muy llamativa y graciosa, y su cara expresa lo que piensa, lo que dice y lo que siente todo junto. Es desvergonzada y renegona: se come el mundo aunque por dentro esté pensando “por favor, que diga que sí” o “ahora qué hacemos”. Usa una campera del padre, lo único que le queda de él además de sus ideales anarquistas. Durante esos días con James (en el cómic son meses), pasan cosas que la hacen soltar también su suavidad. Es lo que gana él a su lado: actitud. Los dos se transforman bellamente: al cuarto capítulo ya se siente nostalgia. James, que asiente y habla poco –“a veces dejo que las cosas pasen aunque no quiera, no sé por qué”–, que se comporta como si tuviera una pelota en el pecho mientras esconde un cuchillo, con Alyssa se atreve a bailar. A la escena –en la casa que ocupan, donde se tuerce el plan de James– la arranca ella y es primera toma. “Se vos”, le dijeron, y Barden actuó un baile que recuerda a Mia Wallace (la canción es “Settin’ The Woods On Fire” de Hank Williams).

Se filmó al sur de Inglaterra pero el imaginario es bien americano. Un tono entre Tarantino, Anderson, Solondz. El paisaje crece al ritmo de la aventura: sale del pueblo hacia una ruta que cruza un bosque y llega hasta el agua. Los cielos son espesos. Los fondos instrumentales, guitarreros y arrebatados, también jazzeros, son de Graham Coxon de Blur en su primera banda de sonido. La canción principal se llama “Walking All Day” y es folky por donde se la escuche, romántica incluso: “Todo el día caminando, los pies prendidos fuego, tratando de acercarme a vos”. En última instancia, la historia es de amor. Impostado primero: un invento que se hacen Alyssa y James para lidiar cada cual con su trauma y soledad, que al avanzar la trama se convierte en verdadera protección mutua. Son impetuosos desde el primer paga Dios, y terminan como fugitivos en los noticieros, pero las circunstancias también los fuerzan. Circunstancias creadas por los adultos, con quienes se produce la principal interacción. Empezando por sus padres débiles y blindados, pasando por los perros guardianes de los comercios, siguiendo con los degenerados de los que se tienen que defender. 

Para llegar a aprendizajes comunes –por qué cuesta tanto el silencio o cómo en retrospectiva cobran sentido las cosas– a ellos les toca vivir situaciones extremas. Con un final tan abierto como definitivo, la adaptación de The End Of The Fucking World seduce con el género comedia macabra, pero lo excede con realismo. La sangre que circula en la historia es de todo tipo: la del muerto y también la parental y la de una menstruación. Al fin una chica indispuesta que mueve la acción. Con “Why Can’t I Touch It” de Buzzcocks de fondo en la serie, que mantiene la franqueza del cómic, le saca el jugo a todas sus ideas, y se lanza a las conversaciones más actuales de modo directo y cero intelectual (la herencia del patriarcado, la actualidad del feminismo: está todo). Los adolescentes la amaron y se dispararon las ventas de la historieta. Contó Forsman que la arrancó después de un trabajo muy laborioso para desestresarse; quería hacer algo rápido sin expectativas. En su versión original, James y Alyssa son dibujos sencillos redondeados en blanco y negro. Era su destino convertirse en estos personajes alucinantes, dos iconos fugaces propios de los tiempos.

Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ