La noche

“La noche también es un sol”
Zaratustra

La realidad se ha vuelto inenarrable, por cuanto no podemos dar cuenta de ella con palabras. Muchos se limitan a comentar, literalmente, “Sin palabras”, cuando reproducen en las redes alguna información que excede, a esta altura de concentración de heridas individuales y colectivas, la propia capacidad de expresión. “Sin palabras” leí esta semana, como encabezamiento de una foto del aeropuerto de Barcelona: un letrero electrónico de Aerolíneas Argentinas rezaba “Hasta pronto, Barcelona”; partía de allí el último vuelo directo. El “Hasta pronto” tenía la carga airbag de lo retórico. Todos sabemos que Aerolíneas Argentinas abandonará ésa y más rutas, porque se ha puesto en marcha el proceso de desguace para la privatización, como a YPF, como al INTI, como a Fabricaciones Militares, como al Anses, como a toda aquella construcción institucional y colectiva pegada a la identidad de un país que Cambiemos quiere reemplazar por otro que le pertenezca, con una nueva identidad forjada, créase o no, en la selección natural de las especies, donde nadie se queje si un pez gordo se come al chico: esa jerarquización racial y de clase es de la que Macri desprende su uso de la palabra “natural”.               

“Sin palabras” escribió alguien para reproducir un video en el que se mostraba la militarización del Hospital Posadas, y nuevamente los sin trabajo eran acechados no sólo por la incertidumbre sino por la vivencia de ser ciudadano de un país cuyo gobierno detesta a más de la mitad de la población. “Sin palabras”, también, se abismó alguien para compartir alguna declaración del presidente, no recuerdo si sus ensimismados chistes sobre fútbol ante el mandatario ruso, que ni siquiera hizo el esfuerzo de la falsa sonrisa. O quizá haya sido cuando poco después dijo, sin éxito, que un acuerdo de libre comercio entre Argentina y la Unión Europea era “natural”, porque en Sudamérica “somos todos descendientes de europeos”. O tal vez haya sido cuando volvió y sobreactuó buenos resultados (¡invertirán aquí 15 millones de empresas!), y reiteró “afuera nos creen, creen en este cambio”, y uno sabe que a Macri los únicos que pueden creerle son sus socios, y sólo algunos, y a medias. 

 También hubo un “sin palabras” para dar a conocer en ese mundo paralelo de las redes lo que los medios ocultan, cada día con más dificultad: el martes muy entrada la noche Río Turbio no era una ciudad sino una extraordinaria y doliente constelación de antorchas, porque con los despidos masivos algunas ciudades siempre supieron, más allá de la conciencia de cada uno de sus vecinos, que su futuro está sellado en una larga noche de miseria y humillación. Fue ese minero que todos vimos el que dijo que se está llevando a cabo “una masacre social”.    

Sin palabras se ha quedado también el poder y sus voceros que fingen ser periodistas. Puede que hablen y que sigan hablando sin parar, pero no tienen palabras, no tienen discurso, no tienen fundamentos, no tienen pruebas, no tienen fuentes, no tienen ideas, no tienen manera de tapar el enorme agujero en la pared común que están haciendo ellos y sus mandantes, demoliendo todo con urgencia. Son como esa grúa que contrataron para trasladar una pileta y terminó abriendo en dos el techo de la casa. Porque esto no es un proyecto de país sino un proyecto de destrucción de un país. Y se puede mentir en campaña, y se puede seguir mintiendo cada vez que se abra la boca, pero cuando hay un techo abierto en dos por ese agujero se pierden una por una las palabras. 

Cambiemos no tiene nada que decirnos. No nos habla. Rellena el silencio con los clichés con los que ganó, pero qué podría decir sobre una ciudad que se vuelve antorcha de dolor, qué podría decir ante el llanto de los desamparados, a los que desampara un poco más cada día, en un ejercicio sádico de extraer y no dejar de extraer un solo instante algo público para el bolsillo privado. ¿Qué podrían decir TN o todos sus títeres sobre el alma palpitante de agobio de ciudades enteras, como Azul o Río Turbio? ¿Qué podrían inventar? ¿Qué los trabajadores eran grasa militante, como comenzaron justificando los despidos que muchos celebraron porque ya habían mordido la manzana podrida de la antipolítica? ¿Qué dirían? ¿Que se quejan de llenos o que esconden su vagancia o que son todos de La Cámpora o que después de todo para qué necesita la Argentina una mina, una fábrica, una aerolínea, escuelas, hospitales, trenes, pensiones, jubilaciones, libertad? ¿Dirían que una crisis es una oportunidad y que quizá dentro de poco esas ciudades sean mecas de cerveza artesanal o records de kiosqueros puestos a cambistas? 

No pueden. Se les terminó el lenguaje. Lo que dicen es una cinta sinfín y sin sentido para justificar lo inconfesable. Macri dice que Triaca pidió perdón, bueno, listo. En un país en el que a los presos políticos se les vuelve a negar la excarcelación por una falsa doctrina cuya puesta en práctica dentro de poco será pasada en limpio como el fin del Estado de Derecho, el ministro de Trabajo coloca a doscientas personas en un sindicato intervenido -entre ellas a la empleada con la que ya arregló y que no volverá a quejarse ni aunque le vuelvan a mandar a lo íntimo de la lora- , y lo que dice el presidente es “Bueno, ya se disculpó”. Incluso si es muy rico, el lenguaje tiene un límite y después hay que afrontar que la realidad se hable a sí misma y que de ese reagrupamiento de sentidos surjan nuevas perspectivas, que esta vez irán a contramano de lo que hablan en la televisión. Pueden dedicarse a temas banales, a imponer alguna agenda que excluya puntos críticos como manifestaciones reprimidas o ciudades enteras en la calle. Sobre eso no pueden hablar, así que no lo muestran, para que nadie sepa que eso ocurre. Lo han hecho siempre. Siempre hemos sido usados por los grandes medios de comunicación para que ellos hicieran negocios gracias a nuestras simpatías o malos humores. Pero hasta el elástico se rompe alguna vez de tanto que se lo estira. 

Se ha estudiado qué les pasa a las personas y a los pueblos que no tienen acceso a la información. Una persona se puede volver loca. Un pueblo también. Lo que no está tan explorado es qué le pasa a una ciudad, como Azul o Río Turbio, cuando su alma está herida y el dolor se expande como la mecha de la dinamita, y comprueba que para los medios en los que confió durante años ella, esa ciudad, no existe. Hay millones de personas en esa situación. Los estándares de la democracia tenían ciertos protocolos de visibilidad. Había sucesos que, estuviera uno en contra o a favor, eran de tal magnitud que periodísticamente eran insoslayables. 

Hoy el desmadre es tal, que daría lo mismo si en todas las pantallas pasaran dibujitos en continuado, como en l984. De hecho, pasan dibujitos en continuado: la comunicación se ha vuelto simulación. Estamos en una noche de comunicación. Todo es opaco y es oscuro y es falso. Nosotros no tenemos palabras. Pero ellos tampoco.

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