Cómo la tecnología destroza la vida

Algunas ficciones tienen el mérito de problematizar lo contemporáneo. La diversidad de temas que abre una ficción puede solo asombrarnos, sorprendernos, aterrorizarnos, entretenernos…o estimularnos a la reflexión. Este libro gira en torno a los temas que la afamada serie Black Mirror abre al pensamiento. Temas diversos como la humillación del poder; un capitalismo futurista basado en el consumismo virtual, en el que la sociedad es una prisión pantalla en el que se busca la fama por los talent shows; una memoria digitalizada capaz de “editar” los recuerdos; la exhibición del castigo como goce sádico; el espectáculo también como centro de la política; el valor de las personas solo como puntajes; la guerra del futuro; la interacción entre lo real y lo virtual; la experimentación con la mente para probar nuevos videojuegos; la invasión de la privacidad;los androides como compañía del humano; el sueño de una “inmortalidad digital”; la clonación no del cuerpo sino de la conciencia; la vigilancia informática de las poblaciones; el odio en las redes convertido en una fuerza asesina. El hombre, en definitiva, atrapado por las pantallas, fijas y móviles. Tecnoadicción. La tecnología como tecnoparanoia. Situaciones de angustia claustrofóbica ancladas en una tecnodependencia dentro de una sociedad pantalla como centro de una ficción que permite abrir muchos caminos de reflexiones, ideas y preguntas acerca del futuro.

Según Charlie Brooker, creador de la ficción, el tema central de Black Mirror es “cómo la tecnología destroza la vida”. Sus episodios despliegan entramados ficcionales alimentados por procesos tecnosociales ya presentes y que radicalizan sus consecuencias peligrosas en un futuro cercano. Los temas de la serie, fuertemente incrustados en la interacción tecnología cultura, nos permitirán realizar un análisis desde inquietudes filosóficas, literarias y cinematográficas.

Uno de los efectos del impacto tecnológico en el presente es la supresión de la distancia espacial. Por las vías de internet y la comunicación satelital, todo nos parece cada vez más cercano. Por Skype escuchamos que alguien nos habla desde China como si estuviera a nuestro lado. Asistimos al fin del espacio y de la geografía, de las longitudes del mundo físico “real”. A su vez, en muchos casos y para muchos, hoy parecería que la realidad social bulle más por su multiplicación en las pantallas que por estar encarnadas en los cuerpos, en las calles, en los sufrimientos y carencias. La realidad empírica gradualmente es roída y sustituida por simulacros y puestas en escena massmediáticas y digitales. La profundización de los procesos de digitalización, como la inteligencia artificial y la robótica, tendrá impactos que desafían la imaginación de los futurólogos o de las ficciones como Black Mirror. En todo caso, lo que se nos aparece como objeto para la reflexión es la construcción de un paradigma de digitalización y realidad virtual, de control total de la privacidad y de la información, de un espectáculo absoluto, cuyas implicaciones éticas o filosóficas no pueden ser eludidas como quien come fast food sin nunca preguntarse por sus ingredientes y su peligro para la salud. A estas cuestiones, y a otras, nos conducen las maquinarias ficcionales de Black Mirror.

Somos cada vez más dependientes de la tecnología digital; y cada vez estamos más atrapados por la sociedad del espectáculo. Pero, ¿es posible salir del embrujo hipnótico de las pantallas, de los televisores y los móviles? Esta es la pregunta que parece hacernos la serie Black Mirror, que empezó a emitirse en Chanel 4 de la televisión inglesa en 2011. Black Mirror es una ficción televisiva construida por capítulos individuales que rasgan el núcleo problemático de un mundo de fibra óptica, chips, lenguaje binario, realidad virtual, redes sociales e inteligencia artificial. En cada episodio se vislumbra una imaginación literaria subyacente, una dinámica de la ficción propia de la literatura fantástica o la ciencia ficción, traspuesta a lengua visual. Las ficciones del “espejo negro”, a su vez, promueven aun sin buscarlo, la necesidad de pensar la relación entre el hombre y la máquina, el cerebro y la computadora; y la realidad  virtual que deriva de la computación nacida por los esfuerzos de Alan Turing y otros, durante la Segunda Guerra Mundial. Black Mirror no sólo entretiene, también toca el sistema nervioso de la cultura globalizada, sus redes informáticas y pantallas que, cada vez más, nos hechizan con su brillo magnético.

Fragmento inicial de la Introducción a Sociedad pantalla: Black Mirror y la tecnodependencia del licenciado en Filosofía Esteban Ierardo, que la editorial Continente acaba de distribuir por estos días.