Como en 2001: Odisea al espacio, de Stanley Kubrick, El Cavernícola empieza con un planeta desértico, muchos hombres primitivos estilo monos peludos y una explosión meteórica entre volcanes y animales prehistóricos que mueren ante el impacto de una bola de fuego. Pero aquellos viejos animales bípedos y salvajes en lugar de celebrar un monolito negro y misterioso que aparece de la nada para conducir hacia la nada, terminan por admirar y resignificar ese mismo esférico redondo y pesado que impactó en el suelo y generó un enorme cráter verde: lo transforman en una pelota de fútbol.

Nick Park, director y demiurgo del stop motion moderno, no es un fanático del juego. No tiene afinidad alguna con los equipos, admira a Messi pero no sabe la formación entera del Barcelona. Hincha por Inglaterra en el Mundial pero no está al tanto de los vaivenes de la liga interna. Lo admite un poco incómodo tal vez porque el fútbol es el centro de su tercer película después de 13 largos años de no estrenar un largo. El trabajo de Park lleva tiempo: recibió la oferta de hacer un largo después de su serie de animación más famosa (exhibida en estas tierras por Caloi en su Tinta): Wallace & Gromit. Wallace, inspirado en su padre, era un hombre medio inglés, medio quijotesco, capaz de inventar la maquinaria más absurda que, por alguna razón inexplicable, siempre lograba buenos resultados. Y, Gromit, su perro, mitad Sancho Panza mitad Watson, mudo y expresivo, oficiaba como el perfecto compañero y muchas veces verdadero protagonista de la serie. 

Park estrenó Pollitos en Fuga en el 2001 (variable simpática de Rebelión en la Granja, de George Orwell, con una troupe de pollos que quieren huir de su fatídico destino en el  gallinero) y en el 2005 obtuvo el Oscar por Wallace & Gromit: La guerra de los vegetales, una suerte de película de monstruos con algo de hombre lobo en donde Wallace sufre un transformismo nocturno y se convierte en un enorme conejo que acecha a una población de jardineros. Después de ésta, su última película, Park no volvió a filmar; hizo trabajos esporádicos para la compañía de Spielberg que lo había contratado tras el éxito de su serie. Con El Cavernícola decidió abandonar uno de los imperios del cine (y de la animación) y volver a una manera más acotada, artesanal, de hacer un largometraje. Como todo buen inglés que protege los modales, Park no se queja: “La experiencia con DreamWorks estuvo muy bien, me sentía, sin embargo, muy por encima de todos; quería estar abajo, otra vez. Tuve que reestructurar todo el sistema de trabajo; antes podía relajarme en un segundo director, acá, en cambio, hice los dos trabajos. Reuniones de guion, edición, animación; cada paso de la película fue supervisado por mí”, dijo para IndieWire. 

El Cavernícola es una película que tuvo en la cabeza durante mucho tiempo. Fanático de las revistas de dinosaurios y dibujos de la prehistoria, la gran influencia del director inglés fue Ray Harryhausen con sus gorilas, bestias marinas y dinosaurios, en clásicos monstruosos que veía de chico junto con su padre. Para su visión animada de la era prehistórica, Park se documentó como si fuera un verdadero antropólogo y geólogo: desde las capas generadas por las placas tectónicas hasta la explosión del meteorito que hizo matar a la raza de dinosaurios. Claro que hablamos del hombre que envió a su personaje más querido a la luna por un poco de queso untable; en la edad prehistórica de Park, las cosas se mezclan; la Edad de Bronce coincide con la de Piedra, los patos son gigantes y comen humanos, y los hombres dibujan el fútbol en sus pinturas rupestres. Para Park esta no es una película de cruce de eras o generaciones, sino de géneros; porque el género de animación de hombres primitivos se cruza con el género deportivo.

La historia es lineal y disparatada; Tug, cuya voz en inglés es Eddie Redmayne, vive con su tribu en un cráter en donde cayó el meteorito. Miles, millones, trillones de años después, ese pozo se ha convertido en un valle donde unos hombres antiguos, cazadores de conejos, viven pacíficamente sin abrazar ningún tipo de progreso; premodernos, bordeando lo pavo, la tribu de Tug se contenta con lo que tiene; cazar conejos, hacer rituales, dormir. Tug tiene ambiciones. Cazar mamuts por ejemplo, que, llegado el momento, vienen a interrumpir la vida pacífica de la tribu. No son cualquier tipo de mamuts; son de bronce, y vienen comandados por Lord Nooth, un príncipe, o duque, o lo que sea, de una ciudad de la Edad de Bronce que convive con la edad de piedra (una pena que no podamos escuchar la voz de Tom Hiddleston, que lo hizo muy afrancesado). Resulta que abajo del valle hay mucho bronce, y Tug y su tribu es expulsada. Pero todo Aquiles tiene su talón, y el de la ciudad de bronce es, por supuesto, el fútbol.

“Me inspiré sobre todo en la película Gladiador”, dice Park, con poco tacto tribunero, frente a la multitud de futboleros mundiales que vinieron a reclamarle que su equipo de la Edad de Piedra tiene mucho de la Inglaterra actual; creadores del juego, campeones en 1966, nunca más pudieron derribar su viejo mito y superarse frente a otros países que llev aron el juego a otro nivel. “El guionista Mark Burton es un fanático de fútbol. Tratamos de ser respetuosos con el juego y su historia, y críticos con el hecho de que se ha convertido en un espectáculo.” Porque el equipo al que la Edad de Piedra le disputa un partido decisivo se llama Real Bronce, y su dueño solo tiene jugadores para llenarse de plata (o bronce, mejor dicho). Los jugadores despliegan un alto nivel de narcisismo a lo Cristiano Ronaldo; saltan en el aire cuando patean al arco, hacen goles espectaculares para las ovaciones y se pelean entre ellos como drama queens. Como dice Goona (con la voz de Maisie “Ayra Stark” Williams), la chica que les enseña a jugar a los “de piedra”: “ellos son muy buenos jugando pero no son un equipo”.

Frente al imperio sentimental de Pixar y, por ejemplo Coco, donde los resortes dramáticos llegan a niveles insospechados de catarsis emocional, en una película cuyo público es, esencialmente, infantil, El Cavernícola no profundiza demasiado en sus personajes, la trama es más bien lineal y por momentos simplona; los malos son bien malos, los buenos más que buenos. Pero la calidad (cualidad) de los personajes está en la materialidad visual, en los rasgos de los pulgares que cada tanto aparecen escamoteados en el cuadro a cuadro, en su profundidad artesanal; en el tiempo que se le dedica a cada secuencia para plantear un mundo y verlos actuar. Y por más que se lo haya acusado de hacer una metáfora oculta del Brexit (los de la Edad de Piedra solo quieren volver a su valle para aislarse en una zona conocida como “Las tierras malas”), sus muñecos, con sus gestos pausados y expresivos tienen ocultos en su masa de plastilina algo de ese aura de vodevil, de feria callejera, de teatro de títeres un poco berreta, esa forma embrionaria que tuvo el cine cuando la gente compraba una entrada y viajaba, monstruos mediante y en un par de horas, hasta el origen de los tiempos.