La semana pasada comentábamos qué pobre es la terminación de obras de rutina en esta ciudad, con el caso del cierre de un empedrado en Venezuela al 300. Pese a que es pleno San Telmo, pese a que es un Area de Protección Histórica, pese a que es un lugar al que se le presta atención, los concesionarios de Edesur taparon una larga trinchera a la que te criaste. Quedó una lomada de adoquines mal nivelados y, peor, pegados con cemento. El punto de la historia era la certeza absoluta de que nadie en el gobierno porteño se iba a dar cuenta, y mucho menos iba a objetar y obligar al contratista a hacer las cosas de nuevo, y bien.

El lector Guillermo Rey acaba de aportar otra prueba, mucho más fuerte, de esta mezcla de desidia, incapacidad y complicidad con los amigos de la industria. Rey había objetado y seguido la obra de un supuesto cantero/espacio verde en la vereda impar de la calle Del Barco Centenera al 700, esquina José Bonifacio, en la Comuna 6. Estos canteros son la solución que encontró el macrismo en su actual encarnación para levantar un poquito el papelón de que Buenos Aires tenga un monstruoso déficit de verde por habitante. Se supone que el macrismo es verde, moderno y divertido, pero en la práctica cada espacio que queda lo destina a una megaobra de algún amigo o socio. De verde, nada. Hacer canteros en calles anchas es un modo de simular que a uno le importa el tema sin afectar los intereses de nadie.

Pero la obra del expediente 18.104.292/2016 tiene una particularidad, que el pastito que se ve secándose en la foto fue colocado encima de una carpeta de cemento. Técnicamente esto es posible, como muestra tanta falsa plaza que en realidad es el techo parquizado de un estacionamiento subterráneo, pero requiere cierto diseño y cierto gasto. No es el caso: la empresa contratista simplemente puso tierra encima del contrapiso y se fue.

Rey logró que se revisara la obra y cuando le avisaron siguió de cerca lo que hacían. Fue un parche vergonzoso, como acaba de denunciar por nota ante la Defensoría del Pueblo porteño. El arreglo fue plantar cuatro jacarandaes y algunos arbustos buxus, con el detalle de que esta vez se perforó el contrapiso hasta llegar a la tierra. En las fotos se pueden ver otros arbustos ya secos porque nadie les hizo el favor de perforar el cemento para que pudieran echar raíces.

Lo correcto, obviamente, hubiera sido rehacer la obra al menos sacando el contrapiso y poniendo tierra y pasto sobre un suelo vivo, no cementicio. No es ninguna ciencia infusa, como se puede ver desde hace muchísimos años en la avenida Quintana entre Callao y La Biela. Ahí se hicieron canteros bien simples para enderezar y estrechar un poco la avenida, y los árboles que crecen son hermosos y grandes.

 

El inicio de la obra, con un ligero desnivel al que le echaron tierra encima.

 

Casa Calise

Quien pase por la calle Hipólito Irigoyen en algún paseo patrimonial se va a llevar una alegría, la de ver una de las cosas más lindas que hizo Virginio Colombo en esta ciudad perfectamente restaurada. La Casa Calise, diseñada por el gran tano en 1911, a los 26 años de edad, es un inolvidable explosivo estilo Liberty y uno de los muy contados edificios porteños con piedra verdadera en su fachada. El caso es además una historia de amor y de esfuerzo que arrancó en 2014 y terminó bien.

La Calise, de planta baja y tres pisos, sufría del habitual problema de falta de mantenimiento que destruye el patrimonio en un país amarrete a la hora de arreglar, limpiar, sostener. Los vecinos comenzaron un peregrinaje que empezó con la excepción total del ABL por su protección patrimonial, siguió con la presentación del proyecto de restauración en mecenazgo porteño y terminó con un semestre de obras. Buena parte del dinero fue aportado por Telefónica, el Banco Hipotecario y Ledesma, mientras que el Fondo Metropolitano de las Artes pagó por la restauración de dos de los vitrales.

Inesperadamente, los vitrales fueron realizados en Argentina, algo llamativo en la obra de Colombo, que importaba todo de Italia, y en el contexto de la industria argentina hace 107 años. De hecho, la reparación de estas ventanas estuvo a cargo de los autores originales, la Antigua Casa Soler, que preservó los dibujos de 1911. El trabajo implicó una cantidad de intervenciones especializadas en piedras, piedra París, maderas duras y pavimentos encáusticos y de mármol. La Calise fue en su momento un lujo de los caros, un esfuerzo económico que no le resultó negocio a los comitentes pero que creó un hito en la arquitectura local.

De paso, hay que señalar que este espectacular edificio de Irigoyen al 2500 es parte de la poco conocida colección de edificios de primera agua del Once, un barrio completamente devaluado en el imaginario porteño. Quien lo recorra encontrará señales de un pasado diferente, cuando la cercanía de la estación era un valor y no una desventaja, y se construían edificios de fuste con firmas de primera. El barrio también conserva una sorprendente colección de casas de mediados del siglo 19, sobrevivientes raros entre nosotros.

[email protected]

 

El intento de hacerlo durar, con agujeros sólo para los árboles.