Opinión
Los polacos nunca van a perdonarles a los judíos el Holocausto
Imagen: Edgardo Gómez

Los representantes elegidos democráticamente por el pueblo polaco promulgaron una curiosa ley: penarán con hasta tres años de prisión a quien afirme que los polacos o Polonia han tenido participación en el genocidio nazi. Ayer la Liga Polaca contra la Difamación denunció a la web de PáginaI12 por haber violado esta ley. El empecinamiento en negar lo que sucedió es previsible, sigue la huella del camino que no dejaron de recorrer ni siquiera cuando hicieron un acto de contrición proveniente del estado. Cuando en 2001 el entonces presidente polaco Aleksander Kwasniewski decidió pedir perdón por la masacre de 1941 en Jedwabne, donde 1600 judíos polacos fueron asesinados por sus vecinos católicos polacos, decidí viajar para realizar una intervención y fui testigo de la desmentida que se superponía al reconocimiento.

Durante el acto en Jedwabne, con el aval silencioso de los cientos de diplomáticos, periodistas y políticos que formaban parte de la comitiva que acompañaba al presidente  en esta decisión por la cual se enfrentaba a gran parte de la población y a personalidades como Lech Walesa y el cardenal Glemp, a lo largo de toda la cuadra que ocupa la iglesia, frente a la plaza central, se extendía un pasacalle con unos versos en polaco que cuestionaban el sentido del acto.  

Me lo tradujo el cineasta polaco-estadounidense Slawomir Grünberg cuando, ida toda la gente, nos quedamos con él y el músico Gary Lucas, también familiar como yo. Al volver nos hicieron entrevistas de distintos medios, y ni siquiera los medios judíos, como el Jerusalem Post, quisieron difundir la existencia ni el contenido del pasacalle, que negaba que eso por lo cual se pedía perdón hubiese ocurrido allí. La desmentida sucedía no después del acto sino simultáneamente.  

Entonces me di cuenta de que, aunque me hubieran permitido, como era mi intención original, leer mi texto en Jedwabne, no habría funcionado: porque yo contaba con la presencia viva y sensible de los habitantes del pueblo como participantes, ya sea reactivos y molestos o bien decididos a abrirse a esa oportunidad de decir “Yo lo hice”, “Mi padre lo hizo”, “Mi madre lo vio y aprobó”. Y entrar de alguna manera hermanados no por ese perdón impuesto sino por el dolor y el horror. Quería dirigirme directamente como familiar de víctimas a familiares de victimarios a la vez que rompía aquel diálogo represivo. Pero los habitantes de Jedwabne no estuvieron presentes en el acto donde el presidente pedía perdón por lo que sus padres, tíos o abuelos habían hecho. Alguno miraba, hostil, tras los visillos. No asistieron, ni siquiera para abuchear.

Luego de unos días, pese a los sensatos consejos de mis amigos, fui a Auschwitz con Deborah Freeman. El pueblo al cual pertenece Auschwitz se llama Oswiecim. A dos kilómetros de Oswiecim, serán unas veinte cuadras, está el campo de concentración, lo llaman Auschwitz. Los alemanes no podían pronunciar Oswiecim, entonces lo rebautizaron en una lengua que pudiesen pronunciar. Pero entonces cuando uno está en Oswiecim no está en Auschwitz. Y cuando está en Auschwitz no está en Polonia.

* Filósofa argentina.

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