Nina Brugo, abogada, histórica defensora de los derechos de las mujeres
“Una nunca termina de ser verdaderamente feminista”
Es una de las redactoras del proyecto de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto que se presenta mañana. Llegó al movimiento de mujeres después de transitar la militancia social católica, la política partidaria de los 70, el exilio y de hacer un clic: el que le permitió encontrar una identidad política en común con sus pares y pelear por eso.
Imagen: Sandra Cartasso

Cuando abre la puerta de su estudio, en pleno microcentro, Nina Brugo lleva al cuello el pañuelo verde de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto. “Estaba preparada”, dice, y franquea el acceso a su escritorio, flanqueado por su título (de la Universidad Católica), fotos de su familia (como una de su hermano Gerardo, su madre, su padre, con una elegancia tan de época que podría fecharse la imagen sin muchos datos extra), y  recuerdos de una militancia feminista que va inclusive más allá del derecho. Abogada laboralista, colaboradora de la CGT de los Argentinos, militante política que pasó años en la clandestinidad, abuela feminista, hace unos días, en el “pañuelazo” que, ante el Congreso, pidió la legalización del aborto, fue vivada por una concurrencia heterogénea. “Siento una emoción y una alegría de ver tantas jóvenes aquí, jóvenes que necesitan la ley”, dijo ese día. Ella misma lo reconoce: no siempre fue esta activista, no siempre pensó lo mismo que hoy. El feminismo, explica, la liberó. Pero para eso hicieron falta años, una vida.

–Usted viene de una familia tradicional.

–Mi madre se llamaba Matilde, mi padre, un hombre que fue secretario de la Acción Católica de Entre Ríos, de familia muy católica, Gerardo. Él estaba muy compenetrado con la Iglesia católica. Mis cuatro hermanos varones fueron al Lasalle, y mi hermana y yo, al Colegio del Huerto, en Paraná, el mismo al que había ido mi madre. Para mi padre no había diferencias entre varones y mujeres. De no haber tenido un poco de ayuda de parte de él, no habría podido estudiar abogacía yo. Mi madre no quería estudiara abogacía, a lo máximo sí podía conceder que fuera profesora. “Andate con tus libracos”, me decía cuando iba a rendir. “Qué marido vas a conseguir vos estudiando con esos libracos”. Estudié el primer año de Derecho en la universidad estatal de Córdoba, pero después mis padres vinieron a vivir a Buenos Aires y tuve que venir con ellos. En el año 63 habrá sido. Tuve que rendir examen de ingreso en la Universidad Católica, tuve una semana para prepararme; estudié día y noche para dar cuatro materias; el promedio para entrar en ese momento era 7,50 y saqué 7,75. Una suerte muy grande. Entré.

–¿Había muchas mujeres estudiando en esa carrera?

–Había. La mayoría eran varones, yo diría que las mujeres seríamos un 30 por ciento más o menos. En ese momento yo tenía una actitud tímida, me costaba relacionarme: hoy nadie va a creerlo pero me costaba hablar. Me sentaba en los últimos asientos y me vestía de negro para pasar desapercibida. En cinco años y pico hice la carrera, pero tuve una traba de casi un año con una materia, Filosofía del derecho. Me había tocado un profesor que venía de Córdoba, que tenía tres apellidos, recuerdo uno solo de ellos, porque es el de una avenida: Pueyrredón. Él un día dijo en clase que era de derecho natural que algunas personas nacieran para servir y otras para ser servidas. Yo lo encontré tan agraviante para la persona humana que le manifesté mi desacuerdo con semejante afirmación.

–¿Desde su banco?

–Claro. Se armó un lío grande, porque empezaron a intervenir los demás estudiantes, se dividió la clase entre los que estábamos con el profesor y los que estábamos con la postura que yo había manifestado. Aunque la UCA siempre fue elitista, en ese momento no lo era tanto como ahora: el progresismo había entrado, yo estaba en contacto con el Concilio Vaticano II, con los progresistas, ya estaba participando de la corriente de la opción por los pobres. Inclusive tengo compañeros de la UCA desaparecidos. Pero entonces en esa clase vino monseñor Ricchieri, que era el rector, y nos bajó la caña. Yo ya empecé a no llevar el apunte mucho a lo que me decían, empecé a animarme y perder mi timidez. Pero estuve un año, y cuando rendía me sentaba, me hacía tres preguntas, nada que ver con la materia, por supuesto, y me aplazaba. La cuarta vez que fui a rendir, ya ni había avisado en casa que podía llegar a recibirme ese día. Pero entonces él se levantó cuando me tocaba a mí, me tomaron las otras personas. Estaba muy nerviosa, pude defenderme pero no fui nada brillante; cuando estaban por dar las notas en la pizarra, él me vio, me llamó y me dijo: “mire, yo no sé de qué habló usted, porque no pregunté nada a los demás. Decidí ponerle un 4 y no me importa si habló bien o mal, porque si esta materia hubiera estado a comienzos de su carrera, usted nunca se habría recibido de abogada. Pero el doctor Germán Bidart Campos –que era el decano y era un tipo sumamente democrático– me habló por su casa para saber qué pasaba”. Y agregó “decidí ponerle un 4, ¿pero sabe por qué? Porque su forma de pensar es un peligro para la Humanidad”. No me lo olvidé más.

–Tenía razón.

–Tenía razón. Yo para ellos era una terrorista –ríe–. Qué le iba a responder a una persona así. Y por entonces había empezado con las miltancias sociales. Daba clase en colegios secundarios pero además iba a los barrios. Habíamos conformado un grupo que se llamaba GRETA: Grupo Revolucionario de Estudio, Trabajo y Acción, le decíamos. Todo eso. Éramos casi todos universitarios, algunos de la UCA y otros no, la mayoría de la UBA, de distintas carreras. Íbamos a Bunge, cerca de La Salada, los sábados todo el día. Entre todos compramos un terrenito, hicimos un pequeño localcito, conseguíamos remedios gratuitos, teníamos estudiantes de arquitectura que ayudaban con los planos a la gente que había comprado un terreno; otros asesorábamos en derecho por los boletos de compra-venta, en fin. Así nos fuimos conectando con grupos que hacían trabajo político. Conocí gente del trotskismo, de El Combatiente, conocí a Roby Santucho. Todo eso conocí. Pero no nos mezclábamos. Sí decidimos estudiar y reunirnos con todas las tendencias políticas que había; nuestro grupo había nacido a instancias de los (sacerdotes) dominicos, que nos daban Teología, pero cuando empezamos a conocer la cuestión política, nos abandonaron. Me introduje en el marxismo, había conocido a gente ligada a los hermanos Viñas, porque mi hermano Gerardo y una amiga mía estaban en el Movimiento de Liberación Nacional, que le decían Malena. Me habían enseñado toda la vida que el marxismo era el diablo, y cuando lo conocí para mí dejó de serlo. Inclusive viajé a Tucumán, con compañeros de la facultad y de la Juventud Obrera Católica, donde estaba José Sabino Navarro. Ese grupo era cercano para mí en su forma de pensar, entonces ingresé a colaborar con ellos. El compromiso mío ahí fue muy grande, y recién años después, a los 30 y pico formé mi primera pareja.

–¿Cómo llega desde esa militancia al feminismo?

–Es que en esa militancia la diferenciación que había entre varones y mujeres hacía que yo sintiera que había algo. Para mí, era un poco natural que las conducciones las tuvieran los varones. Pero a la vez yo sentía que podía. Dentro de la militancia, cuando fui asumiendo diferentes compromisos, fui viendo otras cosas. Fui una de las primeras que condujeron lo que fue el Movimiento Evita; hacíamos reuniones en zona norte, en lo que era la zona dormitorio de la clase obrera, digamos: San Miguel, José C. Paz, Grand Bourg, Los Polvorines. De ahí, una cosa que me marcó fue que cuando en las reuniones decíamos a las compañeras “veamos no qué tarea sino qué análisis podemos hacer de la coyuntura política, hagamos discusión política”, ellas, obreras y amas de casa casadas con obreros, en un clima que hoy podríamos decir de sororidad, hablaban. Había expresiones como “me gusta venir a estas reuniones porque acá no tengo a mi marido ni uno que me venga a decir qué sabés de política, qué te metés, no hablés, no opinés. Acá soy libre y digo lo que pienso”. Ahí me di cuenta por primera vez en mi vida bien claramente que había un espacio que tenía que ser nuestro, de las mujeres. Y esto lo decían compañeras de base.

–Pero en lo formal no tenía contacto con el feminismo.

–Conocí feministas, las conocí porque andaba de un lado al otro siempre. Me acuerdo que ellas me decían que había que hacer también una revolución feminista, y yo dije: “primero será lo social y después será el feminismo”. No sentía que fuera junta una cosa con otra, ni que el feminismo fuera prioritario. No lo vi en ese momento. No me acuerdo quién era que me decía siempre eso y me cuestionaba que tuviera un compromiso partidario pero no uno feminista. Yo la miraba a ella como un bicho raro. Para mí, primero era la transformación sociopolítica, económica, la revolución. Después empiezo a tener diferenciación política dentro de la organización, que conformó el Ejército Montonero. A mí me pareció que eso fue un salto al vacío, fue aislarse de la clase obrera. Y cuando me alejo de ahí, formo pareja por primera vez en mi vida: con Juan Ferrante, un ex cura, que había sido echado de la Iglesia católica y había estado preso en la época de Lanusse. El había estado en Tucumán y las misas de él terminaron con el “Tucumanazo”. Era un dominico, venía de una familia muy acomodada de San Isidro. Yo lo conocía de antes pero no tenía nada que ver conmigo hasta después, jamás me hubiera metido con un cura; mis amigos y yo le decíamos “pre-conciliar”.

–¿“Pre-conciliar” como insulto?

–Claro, era un insulto, por anterior al Concilio Vaticano II. Yo no sabía que él había ido a estudiar a Francia y que lo que menos había hecho allá había sido eso: fue en la época de Mayo francés, volvió totalmente transformado. Pero después, cuando volvió de Tucumán nos reencontramos. Él me enseñó mucho de marxismo, yo me inclino a todo eso. Y formamos pareja, hicimos un casamiento como se hacían entonces: frente a los amigos. Tocó la marcha nupcial Juan Falú, que es muy amigo de Juan hasta ahora.

–Años después se exiliaron.

–Sí, primero estuvimos cinco años viviendo el exilio interno en La Plata, pero nos avisaron que nos estaban buscando y tenían datos nuestros. Mi hermano Gerardo nos sacó clandestinamente a Juan, mis dos hijos –el chiquito de cuatro meses– y yo a Brasil. A él lo desaparecieron después. Nunca supimos nada. Estuvimos en Canadá un tiempo pero no nos gustó. Después fuimos a México; trabajamos en la Universidad Veracruzana, en Xalapa. Ahí conocí un poco el feminismo, ahí fui feliz. La Universidad estaba abierta para los trabajadores los fines de semana y dabas los programas, las materias que querías, hice de todo. Y empecé a leer sobre feminismo ahí. Como había perdido tanta biblioteca con el exilio, Juan compraba muchos libros, y para justificar que gastaba tanto en libros, compraba libros de feminismo y me los daba. Los ponía en mi mesa de luz. “Ese es tu problema”, me decía. Y él también empezó a leer sobre feminismo, a subrayar cosas en esos libros, a meterse. Tuve la suerte de no tener un padre patriarcal y tampoco un compañero patriarcal. Llevamos 43 años juntos justamente por eso.

–Entonces de México regresó con ciertas lecturas feministas.

–Volvimos en 1984; en el 85 me enteré del Encuentro Nacional de Mujeres (ENM) que se estaba organizando para el 86. Una compañera del peronismo de base se enteró por otra de que se estaba organizando un Encuentro de Mujeres y me llevó. También había mujeres del PC en la Comisión organizadora. En el 86, fui al primer ENM, que se hizo en el Teatro San Martín, en mayo. Siempre se dijo que fueron mil mujeres, pero habremos sido 800. Me enamoré de los ENM, de la potencialidad que vi a las mujeres ahí. Vi la fuerza que pueden tener las mujeres en la lucha por sus derechos y lo corroboré año a año, porque empecé a participar de la organización. Fu a todos los ENM desde entonces, no falté a ninguno hasta el día de hoy. Aunque al volver del exilio me metí en la política, y nunca la dejé, mi prioridad empezó a ser el tema de las mujeres. A mí la política y el feminismo me liberaron.

–¿Ya veía la política con perspectiva feminista en ese momento?

–¡No! En el año 90 me invitaron a formar parte de la comisión organizadora del Encuentro Feminista de San Bernardo, pero estaba trabajando full time, no podía. Ya me atraía el feminismo, iba a reuniones y escuchaba y me sentía feminista. Pero feminista una nunca termina de ser, estamos dentro de una sociedad totalmente patriarcal y tenemos introyectada esa cultura, pero vamos buscando algo. Y yo a medida que iba a jornadas y encuentros intelectuales, en ATEM (Asociación de Trabajo y Estudio de la Mujer), Lugar de Mujer, todo donde podía. Así empecé a entender y comprender cuestiones personales. Creo que el feminismo lo que tiene es que te interroga: es un movimiento sociopolítico, ideológico y te interroga, además de ser un movimiento para un cambio de la sociedad antipatriarcal y anticapitalista. Porque hay feminismos diferentes, claro. Yo me siento inclinada hacia un feminismo que cambie la sociedad. Lo que si en ese momento no entendía mucho, aunque había acompañado a compañeras que habían abortado, lo del derecho al aborto. No cuestionaba el aborto pero me parecía que era un tema tabú, y no lo veía como un derecho.

–¿Y cómo cambió esa mirada?

–En el Encuentro Feminista de San Bernardo. Me acuerdo que comíamos todas en un comedor sindical, teníamos que hacer cola para entrar, y mientras pasaba Dora Coledesky juntando firmas para la Comisión del Derecho al Aborto. Cuando llegó a donde estaba yo, dijo “¿me firmás?”. “¡No! ¿Cómo que el aborto es un derecho?”, le dije escandalizada. “No, no firmo, de ninguna manera” –ríe–. Y resulta que en ese encuentro, que duró tres días, yo vi y comprendí una serie de cosas que no comprendía hasta entonces. Todas las noches nos quedábamos conversando. Empecé a entender lo del derecho al aborto, y el tercer día, al momento de las conclusiones, la busqué a Dora y le dije “dame que te firmo”.

–¿Qué había cambiado?

–Algo me hizo un clic. Entendí que ese era mi lugar. Entendí que las mujeres somos independientes y autónomas, entendí lo que era la cultura patriarcal. Creo en esos espacios como lugares de encuentro con pares, y hoy me muevo en esos encuentros como pez en el agua. No me callaron más (ríe). También me ayudó mucho a ser feminista haber asesorado a mujeres golpeadas. Asesoré, atendí mucho para (la ONG) Lugar de mujer. Yo no podía creer. Venían mujeres médicas, psicólogas, acá, a mi estudio, acá donde estamos sentadas, yo he atendido mujeres de todas las profesiones. Tuve que comprar pañuelos para darles, como las psicólogas, ¡lo que lloraban!

–¿Qué cosas le sorprendían de lo que ellas contaban?

–Me contaban cosas increíbles, no sólo las cuestiones de violencia psicológica, de violencia física, de humillaciones. Yo no imaginaba que esas violencias fueran tantas y tan grandes. Una de ellas dijo “me dicen que me podían matar”. Yo hablé con una psicóloga y me dijo “pero si (los hombres violentos) no matan a nadie”. Claro, en ese entonces no conocíamos que hubiera muertas. Fue antes de que Carlos Monzón matara a Alicia Muñiz. ¿Por qué nos matan? Porque hemos avanzado diciendo “no”. Muchas otras siguieron muy sometidas. Algunas lograron zafar pero otras no.

–¿Tiene amigas o amigos no feministas?

–Bueno, tengo un hijo que me salió antifeminista, el menor. Creo que en realidad más que todo le enoja la militancia. Yo tengo un nieto y una nieta, ella cumplió 12 años. Yo le compro cosas que tengan que ver con la tónica mía, pero él se enoja, no le gusta. Le compré los libritos de Antiprincesas y una agenda de la adolescente feminista, y no le gustó. Mi nieto, que tiene 9 años, pregunta por qué nos peleamos. “Porque pensamos distinto, pero no dejamos de querernos”.

–¿Le asombra encontrar hoy tantas jóvenes en la calle que reivindican el feminismo?

–Mucho. El otro día fui a Tribunales y me encontré con una abogada que está en un juzgado, una abogada que trabajó en el área que había creado Carmen Argibay. Ella me dijo “estoy esperando ansiosa este 8 de marzo porque por primera vez mi hija me pide, suplica ir conmigo”. “¿Qué edad tiene tu hija?”, le pregunté. “Trece años” –hace un silencio–. No lo puedo creer.

–¿Le emociona?

–¡Sí! Pensar que tiene 13 años y ya quiere ir a eso. Creo que se está dando una posibilidad. Vamos a transformar el mundo. Nosotras vamos a hacer una revolución pacífica. Aunque hay muchas mujeres introyectadas con el pensamiento patriarcal, que son las que ocupan cargos públicos importantes, algo va a cambiar. Y vamos a meternos en la cuestión económica, vamos a ocupar más lugares en la ciencia, vamos a meternos donde sea. Hoy estuve acompañando a las despedidas del INTI, que muchas son científicas, son mujeres que tienen chicos chicos y tienen miedo. Vamos a hacer recursos de amparo probablemente, por presentismo también. Mañana tengo audiencia por una chica, una psicóloga que, a la semana de haberse reincoporado cuando tuvo a su hijo prematuro, la echan. Se presume que la echan por maternidad; le dijeron que era por reestructuración. También hay muchas injusticias laborales con las mujeres golpeadas. A una la echaron porque le dijeron que tenía muchas ausencias, pero ella no había podido ir a trabajar porque estaba haciendo el trámite de denuncia del tipo que violaba las restricciones de acercamiento, las perimetrales. ¿Qué hicieron los del Ferrocarril Sarmiento? La echaron. No pudo ir al trabajo por sufrir violencia y la echan por eso.

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