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Hugo Soriani

Un barsucho de morondanga 

--¡Volvió!--, grita Osvaldo cuando me ve entrar. Ya creía que no iba a venir más a este barsucho de morondanga.

Por Hugo Soriani

El mate del Capitán

Una mañana de julio de 1977, mi padre, el Capitán Soriani, entró a la visita del Penal de Magdalena, donde yo estaba detenido, y se sentó en el taburete del locutorio que los militares habían const

Por Hugo Soriani

Un Jaguar no le teme a la pandemia

(Entre los múltiples recuerdos que desata la triste noticia, no hace falta sumergirs

Por Hugo Soriani

Tragadiscos y cassettes

Osvaldo está solo en el bar. Apoyado en el mostrador, mira un diario con cara de aburrido. Ni siquiera nota mi llegada y, cuando lo llamo, se alegra de verme.

Por Hugo Soriani
Desaparecido. Memorias de un cautiverio, de Mario Villani y Fernando Reati.

El infierno tan temido

Club Atlético, El Banco, El Olimpo, Pozo de Quilmes y la Esma, fueron las cinco salas del infierno que recorrió Mario Villani luego de ser secuestrado en noviembre de 1977, cuando enseñaba Física e

Por Hugo Soriani

Las galochas del Capitán

Mi padre, el Capitán Soriani, una vez que finalizaba la ceremonia del lustrado de zapatos de toda la familia, dedicaba un buen rato a otra similar: limpiar y teñir sus galochas.

Por Hugo Soriani

La cancha donde nació Sabella

Antes de brillar como profesional, Alejandro Sabella, todavía fanático de Boca, deslumbraba en el césped de GEBA, en una época donde fútbol y política tenían una relación muy diferente a la de estos días. Esta nota, publicada originalmente el 17 de diciembre de 2017, reconstruye ese tiempo donde todos eran cracks, aunque ninguno como Sabella.

Por Hugo Soriani

El código de Osvaldo

“Se acabó el cafecito de parado, jefe, ya se puede sentar en la vereda. Pero si prefiere su mesa de siempre, frente a la ventana, también puede.

Por Hugo Soriani

La masacre de Trelew, en casa

Los fusilamientos de Trelew, el 22 de agosto de 1972, provocaron la primera discusión violenta entre mi padre, el Capitán Soriani, y yo. Hasta ese día las diferencias las zanjábamos muy rápido.

Por Hugo Soriani

Juan Corazón Ramón, sin barbijo

Lo veo desde la esquina de enfrente, el barbijo le tapa la mitad de la cara pero lo reconozco al toque. Se asoma a la puerta del bar y se apoya en la mesa que impide el ingreso de los clientes.

Por Hugo Soriani