Mi casa de la calle Yatay, en Almagro, tenía un zaguán largo de baldosas rectangulares, un vestíbulo donde mi padre, el Capitán Soriani, se sentaba a leer La Nación, su diario de cabecera, y
Lo conocí en el oscuro locutorio de la cárcel de Caseros, una tarde muy fría del año 81.
Mi padre, el Capitán Soriani, me enseñaba a jugar al fútbol cuando yo tenía unos cuatro años. Esa es la primera postal de mi infancia.
Sabe qué jefe, a mí que no me jodan con esto del coronavirus. Yo si no salgo no morfo. ¿Sabe cuánto pago de alquiler por este auto?, dos mil quinientos pesos pago.
En esa cuadra de Yatay, en Almagro, los carnavales empezaban diez días antes que los anunciara el calendario.
--Zas, cayó piedra sin llover --me provoca Osvaldo, el mozo, al verme entrar en el bar. Y enseguida agrega: --Usted camina y camina….
Ninguno de los que lo despedimos el sábado en el Parque de la Memoria supo explicar el origen de su último sobrenombre, con el que fue bautizado por sus compañeros durante los años de cárcel: Chiro
¿Y a quién querés que ponga, a Mao Tse Tung?, soltó Néstor hace varios años, cuando lo llamamos desde el diario para comentarle sin demasiado entusiasmo el nombramiento de Martín Redrado al frente
Así se llama el disco que tengo en las manos y que escucho desde hace meses.
--¿De nuevo por acá? --pregunta Osvaldo, el mozo, apenas entro al bar--. ¡A la perinola!-- agrega desafiante.