CIENCIA › JUAN SANTOS, DOCTOR EN COMPUTACION

Las leyes sociales de la robótica

A paso sostenido, los robots poco a poco van poblando el mundo impulsados por dos tendencias: la generación de “robots de servicio” que aumentarían la desocupación y robots para desarrollar tareas riesgosas para la vida humana.

 Por Federico Kukso

La palabra “robot”, desde hace casi 20 años, dejó de suscitar pesadillas tremendistas o de hecatombe social, parecidas a aquellas que en el siglo XIX despertaron la rabia de los ludditas y los dirigieron a arrojar toda su frustración y furia hacia las máquinas-bandera de la Revolución Industrial. A los responsables de este viraje conceptual no se los debe buscar tanto en los estudios cinematográficos hollywoodenses –que de vez en cuando alteran películas en las que se demoniza al robot con otras en las que se lo redime de sus supuestas ansias de conquista– sino más bien en los laboratorios de las universidades, donde distintos tipos de investigadores crean y estudian desde cero estos dispositivos que poco a poco comienzan a poblar el mundo. Uno de estos científicos es el doctor en computación Juan Miguel Santos, profesor del Departamento de Computación de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales (UBA) y director del Grupo de Inteligencia Computacional aplicada a Robótica Cooperativa, orientado al desarrollo de robots autónomos con un interesante aditivo: un criterio ético de responsabilidad social.
–Además de todo esto, ¿usted tiene más proyectos?
–Sí, en total soy director de tres proyectos. Uno, como mencionó, es el de robótica cooperativa, otro está orientado a desarrollar un robot que explore y detecte minas terrestres, y el tercero consiste en un convenio con el Ministerio del Interior para elaborar un robot –llamado Konabot– para inspección y manipulación de elementos peligrosos como explosivos.
–¿Y cómo anda eso?
–Estamos bastante avanzados. Sin embargo, acá hay que hacer una distinción: una cosa es la construcción de un robot y otra su desarrollo, en la que uno crea algo que no existe. Primero se concibe la idea, en base al conocimiento que tenemos de otros robots similares en el mundo y en base a los comentarios de la Brigada de Explosivos de los bomberos, quienes en definitiva operarán al robot.
–Tendría que haber sido la primera pregunta, pero mejor se lo pregunto ahora: ¿qué es un robot?
–El origen de la palabra es ficcional y quiere decir esclavo. Nació a partir de la novela R.U.R. (1920) del checo Karel Capek. En rigor, lo que sucedió es que a lo largo del tiempo su significado fue mutando. Al principio, un robot era un dispositivo que podía llevar a cabo tareas preprogramadas; y estaba más orientada a robots fijos. Y a medida que se fueron desarrollando y tomando fuerza otros aspectos de la robótica, como la robótica móvil o la capacidad de tomar información del entorno, la definición de robot cambió. Básicamente, un robot es un dispositivo capaz de sensar su entorno y cambiar su comportamiento de modo de garantizar la concreción de una tarea. La definición más nueva –más vanguardista– incluye la capacidad de autorrepararse y de duplicarse.
–Usted también integra el equipo del proyecto UbaSot, que representó a la Argentina en varios mundiales de fútbol de robots.
–Sí, más bien nuestros robots nos representaron. La historia es así: desde 1992 estoy trabajando en temas vinculados con redes neuronales artificiales y robótica. De alguna manera fue un trayecto que fui resolviendo solo, con pasantías en el exterior. Pero en 2001 nos reunimos varios integrantes del Departamento de Computación y, como iba a haber un campeonato mundial de fútbol de robots en 2002, decidimos armar un equipo y competir. Para eso recibimos el apoyo de la Universidad de Buenos Aires, y de empresas como Intel y Microsoft. Entre los 14 integrantes desarrollamos un equipo de robots que jugaban al fútbol y participamos del Mundial de Corea. El tema de fútbol de robot es interesante porque involucra muchos problemas que son de estudio en la robótica en general.
–¿Por ejemplo?
–Lleva ciertos problemas a un extremo: hay que navegar, pero bien y rápido; hay que ver, pero bien y rápido; hay que procesar datos, pero bien y rápido.
–¡Todo bien y rápido!
–Sí, es que el ambiente que se crea es muy dinámico y tiene el agravante de la presencia de un adversario, un grupo que intenta que los robots de uno no lleguen a alcanzar su objetivo. La cosa es que no hay robótica sin robots. Es bueno trabajar con simuladores, pero la instancia final de la robótica es el robot, que en definitiva es una computadora donde la conexión con el mundo externo no es un teclado ni un monitor sino sensores y actuadores que hacen que se desplace. Para trabajar con robots hay dos vías: comprarlos o desarrollarlos. Lo que veía es que desde la perspectiva de un país no central como la Argentina, lo que estamos haciendo permanentemente es contribuir a la ampliación de conocimiento en robótica para después terminar comprando robots de afuera.
–¿Y se logró romper el ciclo?
–Así es. Un paso que dimos fue decidir poner nuestros esfuerzos en desarrollar tecnología en robótica. No es nuestro fin último...
–Pero de alguna manera se corta con la dependencia...
–Sí. Nosotros podríamos ser sólo consumidores de robots. Pero decidimos no serlo: somos ahora generadores. De ahí salió Chebot, el primer robot construido por nosotros, y con el que competimos en el mundial.
–¿Con cuántos robots se juega?
–La categoría con más robots es de once en una cancha de 4,5 m x 2.8. Después hay categoría de siete y de cinco.
–En este campo de la inteligencia artificial deber ser complicado definir sin ambigüedades qué se entiende por inteligente.
–Fue un rótulo que fue creciendo con los años y ya está instalado. Personalmente lo respeto como nombre histórico pero me parece que carece de sentido. Mi visión es que la inteligencia no existe. En rigor prefiero hablar de capacidades, o sea, todo aquello que pueda ser constatado por un test. Frente a personas que reúnen determinadas capacidades la sociedad o determinados grupos humanos tienden a definirlas como “inteligentes”. El problema es que no hay una convención acerca de qué capacidades definen inteligente a una persona, y lo que termina sucediendo es que se le asigna una cuota de potencial poder a esas personas.
–Por eso el nombre de su proyecto no se llama “Inteligencia artificial”.
–Claro. Le puse “Inteligencia computacional” para denominar un conjunto de capacidades que se puede alcanzar mediante el uso de computadoras. Nuestros proyectos o temas en los que trabajamos tienen la peculiaridad que los “robots de servicio” están totalmente excluidos.
–Los robots esclavos, ¿no?
–Exactamente. Por ejemplo, vas a estación Retiro y ves en los enormes halls chicles pegados por todos lados. Sería relativamente sencillo diseñar un robot para que detecte un chicle y lo remueva. O tirar un robot en un parque y que levante los papelitos; o un robot en un hospital o una fábrica que lleve cosas de un lugar a otro.
–O sea, robots que reemplazarían a un trabajador.
–Sí. Ese es el punto: no me interesa hacer robótica para aumentar los problemas que ya tienen las personas. Hoy en día el desempleo es un problema que vivimos muy de cerca. Por lo tanto, es un área donde podríamos habernos dirigido pero no nos interesa. Hay lugares donde sí pega esta tendencia. En Japón, por ejemplo, desarrollan robots compañía para gente mayor o robots-niñeros. Yo tengo una responsabilidad con el conocimiento, pero también tengo una responsabilidad social.
–Tal vez esa idea del robot como reemplazo sea la fuente del miedo que las personas tienen frente a estos seres artificiales.
–La introducción de la automatización en fábricas y las computadoras dentro de las oficinas y empresas de hecho desplazó mano de obra. Lo cual de por sí no estaría mal si esa mano de obra pudiera reorientarse. Pero esos robots no sirvieron para que fuéramos más felices.
–Entonces, ¿Terminator no sería el robot al que se quiere llegar?
–Y... no. Además, los robots no tienen por qué tener aspecto humano. Los robots humanoides tienen sentido sólo dentro de un área muy específica que es la de la interfase entre el hombre y la máquina. Como seres humanos tenemos una forma que obedece a necesidades biológicas. Tenemos tórax porque necesitamos consumir oxígeno. Pero en un robot no funciona capturando oxígeno del medio o quemando glucosa.
–¿Cuáles serían las mejores formas?
–No hay una en especial. Ocurre que hay un montón de tareas para que nosotros los humanos no estamos preparados o no podemos hacerlas porque ponen en riesgo nuestra vida. Como mandar un robot a Marte, explorar el fondo del océano, acceder a lugares pequeños como tuberías, o poner un robot teleoperado para inspeccionar un foco de incendio, o manipular una mina terrestre. Sin embargo, la realidad tristemente indica que el costo de los robots de servicio cada vez está bajando más y la tendencia a desarrollarlos crece porque hay una demanda de las industrias.
–Es que son afines al sistema capitalista actual.
–Sí. La posibilidad de tener un esclavo sin tener un conflicto moral directo es muy tentadora, sobre todo para cualquier sistema basado en la acumulación de riquezas. La ampliación de la base de conocimiento debería servir para ser cada vez más humanos y no menos humanos.

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“No me interesa hacer robótica para aumentar los problemas que ya tienen las personas.”
 
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