CIENCIA › PREMIO NOBEL DE FISICA 2007

La rigidez de lo pequeño

El francés Albert Fert y el alemán Peter Grünberg recibieron el máximo premio en física por hallar la “magnetorresistencia gigante”, que permitió desarrollar los discos duros de las computadoras.

 Por Federico Kukso

Aunque no se la vea, ella está. Hace un par de años que se encuentra ahí, detrás, adentro, en el corazón mismo de gran parte del paisaje tecnológico que nos rodea. Si bien las tecnologías más significativas del siglo XX se pueden reducir a la aviación, la energía nuclear, los métodos anticonceptivos e Internet, todo demuestra que las nanociencias llevarán la batuta en el siglo XXI. Junto a la biología molecular, el mundo “nano” se predispone a coparlo todo. Y ya recibió su primer gran galardón, que no sirve más que para respaldarlo y demostrar que la cosa viene en serio. Al fin y al cabo, un Premio Nobel es algo importante, así como deseable y envidiable por toda la comunidad científica. En este caso se trata del Premio Nobel de Física que, según se anunció ayer, cayó en las manos del francés Albert Fert y el alemán Peter Grünberg por el descubrimiento de la “magnetorresistencia gigante”, un fenómeno al que se tiene acceso cotidianamente, pues permite aumentar la capacidad de almacenamiento de los discos rígidos (o duros).

Computadoras, laptops, cámaras digitales y reproductores de mp3 y DVD –el ejército de gadgets moderno que hoy nos circunda– no podrían existir tal cual existen hoy sin el fantástico hallazgo al que llegaron Fert (68, investigador del CNRS/Thales y catedrático de la Universidad de París Sud) y Grünberg (67, del Centro alemán de Investigación Julich) en 1988. Y no es que la Real Academia Sueca de Ciencias lo haya advertido recién ahora: los Nobel por lo general son premios que se otorgan con delay (el tiempo medio oscila entre los 20 y 30 años después del descubrimiento). Es decir, suelen ser galardones que reconocen investigaciones cruciales, aquellas que reorientan el andar de una disciplina.

“La magnetorresistencia, así a secas, es la propiedad de ciertas sustancias o compuestos de cambiar su resistencia al paso de la corriente eléctrica cuando se encuentran inmersos en un campo magnético”, explica a Página/12 el ingeniero electrónico Juan Carlos Fernández, secretario académico de la Facultad de Ingeniería de la UBA. “La magnetorresistencia gigante, en particular (GMR o Giant Magnetoresistance), se dice que se produce en un ‘sandwich’ en donde las capas de pan serían el material magnético y el ‘jamón’, una capa muy delgada –del orden de los micrones– de material conductor.”

Fert y Grünberg descubrieron en 1988 este efecto que permitió el envasamiento de información en sistemas magnéticos. Y si bien las posibles aplicaciones tecnológicas fueron evidentes desde el principio, pasaron cerca de 10 años hasta que IBM comercializó el primer disco duro con tecnología GMR de 16 Gb en 1997. En la actualidad todos los discos duros de computadoras usan técnicas GMR. “Esto parece ahora trivial, pero en su momento fue una revolución. Actualmente, salvo algunas especialidades como la cosmología y la astrofísica o las investigaciones muy básicas en física o biología, la gran mayoría de las líneas de investigación tienen correlatos tecnológicos inmediatos; los desarrollos e investigaciones no pueden prescindir del aporte de la ciencia experimental o teórica”, advierte Fernández. “Estos descubrimientos les demuestran a los estudiantes que es importante no quedarse en los chiches electrónicos, porque lo más seguro es que dentro de 4 años lo que hoy es novedad se vuelva obsoleto. La ciencia básica, en cambio, es lo que permanece.”

La física Laura Esteren, investigadora del Conicet y miembro del Laboratorio de Resonancia Magnética del Centro Atómico Bariloche, tuvo la oportunidad de trabajar durante tres años con Albert Fert y su grupo. Y comenta: “En realidad, hace dos o tres años se viene diciendo que en cualquier momento les daban el Nobel. Su descubrimiento fue la puerta de entrada a todo un nuevo tipo de investigaciones vinculadas con nanoestructuras magnéticas que permiten almacenar información. Hoy el grupo de Fert lidera un campo de enorme dinámica e importancia en las nanociencias que se le llama ‘Espintrónica’, es decir, la combinación de electrónica tradicional y magnetismo”.

La espintrónica, que nació alrededor de 2002, consiste en usar el “spin” o giro de los electrones para almacenar información y reducir el espacio de almacenamiento de información millones de veces. O sea, se mezclan todos los conocimientos técnicos de la electrónica con la mecánica cuántica de este reino liliputiense.

Las nanociencias –un campo amplísimo que congrega a físicos, químicos, biólogos– de hecho fueron impulsadas por la industria electrónica que hace 20 años solicitaba a gritos una solución para traspasar los límites que imponía la utilización de silicio en los circuitos integrados. Luego saltaron a aquel campo que pendula entre la realidad y la ficción con sus nanorrobots capaces de zambullirse en el torrente sanguíneo y curar in situ enfermedades, sus micromotores y microtubos de carbono con resistencia diez veces superior a la del acero. De hecho, la nanotecnología es una de las disciplinas de más rápido crecimiento, pese a que su percepción pública sea aún muy baja.

El descubrimiento de Fert y Grünberg en realidad fue una victoria contra el espacio. De grandes máquinas del tamaño de lavarropas (o más), las computadoras y sus cerebros (los discos rígidos que nacieron en 1950) se comprimieron, multiplicándose al mismo tiempo por 100 o 200 su capacidad de retención de datos. La nanotecnología ahora campea tranquila y victoriosa, habiendo sepultado una época marcada por el gigantismo y la fastuosidad de lo inmenso. En lugar de ir al encuentro del afuera, ahora se va al encuentro del adentro. En definitiva, la nanotecnología es plenamente introspectiva.

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Albert Fert y Peter Grünberg, padres de la “espintrónica”, que combina electrónica y magnetismo.
 
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