CONTRATAPA

La Flaquidelentes y el Petipelá

 Por Enrique Medina

Aureola de poeta rebelde es la de él. Inteligencia y búsqueda, la de ella; talento que despliega en poemas que le ha enviado. Sí corto, aunque no perezoso, el Petipelá arreció en los mails endulzándole el alma hasta convencerla para que viaje desde Rosario hasta él, profe de lengua en esas universidades periféricas y salvíficas, para enseñarle, in situ, el beneficio de la metáfora y el valor innegable de la hipérbole política. La Flaquidelentes, de historias y más allá, sufridora de padecimientos y mucha calle, accedió haciéndosela creer, porque en verdad, ella quería saber si la necesidad de la diéresis se compadece o, en tal caso, se acopla con el redoblar piqueteril. Teorías, conceptos, metas y ambiciones personales barruntadas en mails y chats se concretaron en la parrillada con tinto, antesala de esta plana cama que los anhela. Como la suerte está echada, la trabazón carnal se intenta y revela manifiesta superioridad de la Flaquidelentes ante el nulo arrojo de él que, además de haberse pasado con el tinto, se ha olvidado del refuerzo necesario y vital para su lucimiento a una edad ya en urgente tren de jubilación. El Petipelá argumenta amor y ganas de pipí mientras su fuero interno poeteril barrunta: “Es tonto el criollo macho cuando el amor lo domina”, y salta hacia el baño en busca de la lámpara de Aladino... Allí disimula abriendo la canilla y se zampa el nunca bien ponderado Viagra que tantos pecados perdona. Pero, como la Flaquidelentes lo merece, y aunque él aún funciona con una pastillita de 50 (con lo que se ilusiona para un futuro largo), se zampa otra, ya que dos de 50 bien valen una misa y una Flaquidelentes. Y vuelve sabiendo que hay que hacer tiempo para que la pastillita llegue hasta el lánguido deseo, así que habla de Omar Kayán para inducirle sus necesidades elementales en el juego; y hacer tiempo, claro. El se distrae pensando que ella no rouge, no cuidado de uñas, no maquillaje. Ella, fuera de esos adornos, con ansias y franqueza, se zambulle en el yuyito, pero el yuyito como que se empaca. Y se da el segundo papelón, que la finura y gentileza de ella encubren con donaire ejemplar. Se dormitan, se apoyan más bien, pero ella no tanto porque no puede dormir acompañada, le gusta solari y a pata ancha. El aprovecha el diálogo para que la pastillita marque tarjeta de una buena vez. Gracias a Lugones, Alfonsina y otros pares, el diálogo alargueti se cubre con altura. Pero, ahora sí, se apoliyan de lo lindo; ella, dándose cuenta que más de dos copas es pedo; y él jurando cambiar de marca porque las dos de 50 también al pedo. Pasan unas horas. La Flaquidelentes va a hacer pipí con la sana idea de rajarse a otros compromisos. Al volver encuentra al Petipelá sentado en la cama con el merecimiento en ristre. Qué es eso, pregunta ella. El responde: se llama Don Priapo. Ella lo toca y Don Priapo rebota sobre sí, un resorte interior lo repite en temblores espasmódicos cual Pájaro Loco clavando su pico en la roca. Ella, divertida, repite el jueguito y dice: Me tengo que ir. El, muy serio y rogante, con cara de Naciones Unidas ante un nuevo ataque yanky responde: No me digas eso. No me jodas. Hay que hacer algo con esto, y me duele, lo juro. Ella, contemporizadora, dice está bien y se luce como una Lady, que sí lo es. Pero na-da. Y se le hace tarde: Me voy, dice. El, al borde del llanto, se entrega: Flaqui no, no me podés dejar así, justo ahora que he recuperado mi honorabilidad, no me jodas, y te juro que me duele, en serio. Se compadece ella, y hace todo lo que los libros indican, pero sin éxito, además no es de las mañaneras, es noctámbula, quizás ése sea el quid del problema, arguye la Flaquidelentes, que no sólo no es cruel sino amorosa, y vuelve a intentar to-do. Pero na-da. Entonces ella lo agarra a Don Priapo arrastrando tras él al Petipelá y abre la fría canilla para finiquitar el caso. Pero na-da. Viendo que ella insiste en el raje, el Petipelá promete dejarla ir implorándole que antes en un ultimísimo intento le dé unos besitos lengüíficos a Don Priapo. Conmovida, la Flaquidelentes accede, pero Don Priapo, imperturbable, sigue indiferente y firme como el Obelisco cuando escucha que lo van a cambiar de lugar. Ella se las toma deseando feliz año nuevo. El Petipelá se acuesta en la única posición posible, jugando al vaivén con el inconmovible Don Priapo cuyos resortes están aceitadísismos, según se ve por el balanceado swing de metrónomo que ostenta. Recuerda, el Petipelá, aquello de Don Jorge Luis que decía algo así como: “Has usado, te han usado, y aún no has escrito el poema”... Pensando que en una de esas éste es el instante supremo que el Sumo Hacedor le brinda para que de buena vez escriba su gran poema, y que Don Shakespeare cuando sentenció “Es inútil buscar a quien no quiere ser hallado” se refería a la Flaquidelentes, el Petipelá agarra el block y la birome que todo creador siempre debe tener en la mesita de luz y, observando artísticamente (y hasta con bastante orgullo) a Don Priapo para que le transmita la vena inspiradora, se concentra y escribe: Oh, dioses; oh, Hércules sin congoja trepando el Everest; oh, Cátulo, piramidal y bucólico; oh, ilustre príncipe de Avón; venid-venid en mi ayuda; ¡oh, Dios, cómo-duele-la-puta-madre! ¡Habrá que hacer justicia con mano propia!...

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