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Sobre el diente de Onetti

 Por Juan Sasturain

Este año se cumplen los cien del nacimiento de Juan Carlos Onetti y –esperamos– menudearán los homenajes, los estudios, las reediciones del oscuro, extraordinario maestro uruguayo. Ojalá, además, crezca el número de sus lectores. Seguro que sí. Onetti es una vacuna que hay que darse alguna vez al menos en la vida. No te cura ni te salva de nada, pero te preserva de algunas de las formas más difundidas de la estupidez contemporánea. Precisamente, creer que todo puede ser previsto o remediado. No es poco.

Uno de los primeros síntomas de la saludable oleada de prosa de y sobre el autor de El astillero que se avecina es un oportunísimo libro presentado como ensayo (liviano rejunte de clases para alumnos universitarios de EE.UU., una introducción básica, en realidad) que le acaba de dedicar Mario Vargas Llosa: El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti, se llama. No es la primera vez que el diestro narrador peruano dedica un libro entero al estudio de un autor, un colega novelista de antes o de ahora. Ya lo hizo, sin tanto apuro, con Flaubert en La orgía perpetua; con Victor Hugo en La tentación de lo imposible; con García Márquez en la Historia de un deicidio –allá lejos y hace tiempo, en 1971, antes de las piñas y la secesión ideológica–, y en los ’90 con su coterráneo José María Arguedas en La utopía arcaica. El autor de Conversación en la catedral es un lector atento y entusiasta que, cuando encuentra o busca o convierte a alguien en objeto de estudio, lo usa y desmenuza con soltura y alevosía: lo convierte en pretexto sintomático para confirmar ciertas tesis personales –opiniones sobre lo que debe ser la narrativa de ficción, sobre por qué América latina está como está, etc.– que le interesa una vez más subrayar.

No está mal, es lo que suelen hacer críticos que no escriben tan bien como él. Pero tampoco es suficiente, sobre todo en este caso: el Onetti de Vargas Llosa es –además de un libro apurado y con añadidos flagrantes como el largo prefacio– sorpresiva, irremediablemente pobre. Quiero decir: su lectura del universo Onetti, su perspectiva, lo achica o –mejor– pareciera que le queda grande, acaso porque el instrumento con el que lo aborda no es el adecuado. Me animo: ésta no es una crítica de libros sino un comentario al pasar, pero no creo que Vargas Llosa se hubiese atrevido a publicar esto en vida del Viejo Malo. Lo del “estilo crapuloso” y el desdén por la obra de Roberto Arlt dan un poquito de vergüenza ajena.

En síntesis, más allá y más acá de los elogios a la novedad y el aporte trascendente de Onetti a la narrativa contemporánea –que son sinceros, no faltan ni podrían faltar–, al analizar la vida y los relatos del uruguayo el autor reitera una y otra vez (es un curso para alumnos más o menos despistados, no un texto para lectores informados) la tesis de que toda su obra no es más que la reiteración de un único recurso vital y narrativo: la huida hacia la ficción, el intento de escapar de las incomodidades de “la realidad tal como es” a través de la fantasía y la invención o creencia desesperada en mundos alternativos.

Pero no sólo eso: Vargas Llosa, tácita o explícitamente, encuentra en la vida y psicología del hombre Onetti las razones de esa elección narrativa, y va más lejos: postula que, mutatis mutandis, lo que muestran los personajes de Onetti y Onetti mismo en vida y obra es el mal que aqueja a América latina toda y la causa de su subdesarrollo (sic): no ser pragmáticos, ir detrás de utopías, optar por la fuga hacia lo imaginario, elegir la irrealidad. Lo que en última instancia era lo que el autor –Onetti mediante– alevosamente quería demostrar o no dejar de opinar, al menos.

Más allá de cualquier consideración, hay un tramo (el mejor, lejos) del libro en que el notable narrador Vargas Llosa cuenta cómo conoció al Viejo Malo en 1966 en una reunión de Pen Club en Estados Unidos. Es memorable lo de San Francisco, con beatniks incluidos... Varguitas era por entonces una joven y locuaz promesa de treinta años –con La ciudad y los perros triunfante y La casa verde por ganar– y Onetti, un admirable monstruo callado e intimidante que le llevaba un cuarto de siglo largo de vida y literatura. De ahí vienen varios cruces entre amistosos y filosos que el peruano recoge una vez más, convalida acá. Uno, cuando al contraponer sus formas de trabajar –uno sistemático y de rutina diaria, el otro de a raptos y sin plan– Onetti dijo que Vargas tenía “relaciones matrimoniales” con la literatura y él, “adúlteras”. Y la mejor, años después, cuando al reportearlo –ya retirado de todo, incluso de la fama– para la prolija televisión francesa, el Viejo notó que le miraban el único diente que le quedaba en uso y dijo: “En otro tiempo tuve una magnífica dentadura, pero se la regalé a Vargas Llosa”.

Ese diente solo sigue mordiendo más que todo el comedor del prolífico Mario.

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