CONTRATAPA › ESCRITOS EN LA ARENA

El sindicato

 Por Juan Sasturain

Cada vez que vuelvo a la costa por unos días y me cruzo con viejos amigos de la zona –como me pasó esta Semana Santa– reaparecen historias y personajes, mitologías del lugar y del oficio playero que aún no tiene su épica pero que largamente la merece: los bañeros. Precisamente, cuenta la leyenda que hace poco más de medio siglo se produjo un episodio memorable –al menos para los que disfrutamos de estas cosas– y que creo vale la pena les cuente con la debida, cariñosa distorsión, y el tono con que me lo transmitieron. Una vez más, el Dudoso Noriega tuvo que ver.

El de los bañeros –los de la costa atlántica, no los de río o los chantas de pileta– siempre fue hasta los cincuenta un gremio chico, apenas un sello ridículo, AGUA (Asociación de Guardavidas Unidos de la Argentina), que agrupaba a no más de ochenta tipos. Sin embargo, los intervinieron en el verano del ’56; no porque fueran demasiado combativos sino porque eran peronistas. O ni siquiera por eso. La verdad es que lo querían cagar a Gómez, Osvaldo Gómez, un viejo y querido bañero de Playa Grande –ostensible manfloro, también– que era el inocuo secretario general del sindicato. El tipo tenía sus costados débiles –se teñía de rubio, se depilaba las cejas– pero no jodía a nadie y era un trolo tranquilo.

Sin embargo, como solía pasar en esa época, cuando cayó de interventor el ahora capitán de corbeta Pellegrino –el mismo que conocía al Dudoso Noriega de pibe y lo había estimulado para pelear cuando era colimba en la Base– se encontró con todo el paquete armado: había que remover a Gómez por su adhesión manifiesta al “régimen depuesto” y no sólo eso sino meterlo en cana. En realidad, los excesos políticos del secretario no habían ido más allá de obligar a los bañeros a usar malla negra en señal de duelo el verano posterior a la muerte de la Jefa Espiritual de la Nación y hacer oír la marcha partidaria por los altoparlantes playeros al comienzo y al final de la jornada, mientras subían y bajaban las banderitas. Tal vez demasiada provocación –que lo era– para los cogotudos de Playa Grande. Por eso, y a falta de otra cosa, los garcas le habían metido, además, una causa penal por abuso deshonesto.

Fue así: durante la gestión de Gómez los bañeros y la municipalidad organizaron una serie de excursiones culturales para los pibes de las escuelas de la zona de Mar del Plata y el Puerto. Los llevaron a conocer el Hotel Provincial, la banquina de pescadores y el faro de Punta Mogotes. Eso fue en el verano del ’55. Después del golpe de septiembre hicieron la denuncia de que Gómez le había tocado el culo a uno de los pendejitos en la escalera del faro. Lo ventilaron en La Capital y el pobre Gómez quedó escrachado. Hubo un par de botones que atestiguaron sus malas costumbres –uno era precisamente el tipo que lo quería desbancar en el sindicato– y así consiguieron, además de un congreso normalizador, que lo separaran por si las moscas y por decreto. Así, el primer efecto visible de la intervención de Pellegrino fue Gómez en cana en Batán durante un mes, mientras lo investigaban. Claro que en seguida hubo bronca interna, y aunque lo exoneró un absurdo tribunal de honor, en términos estrictamente judiciales no había nada y lo tuvieron que largar por falta de mérito. Fue un anticipo.

El marino era un tipo inteligente y después de ese primer traspié conductivo no quiso meter mano dura sino dejar que los bañeros se organizaran solos –se depuraran, se decía, de elementos indeseables– y, con la idea de llegar al Congreso Normalizador de Mar del Plata ya con todo acordado, convocó a una reunión previa e informal para “conocerse y aunar criterios”. Ese fue el origen de la insólita Asamblea de Mar del Sur, una podrida memorable.

Era la primera vez que se reunían todos los pocos y desparramados bañeros de la costa, de Santa Teresita a Monte Hermoso, y fue en un punto equidistante que quién sabe quién midió para que diera tan abajo, en una playa sin importancia como Mar del Sur, donde lo único que había era un viejo hotel presumido que todavía no se caía a pedazos pero que empezaba a tambalear. Acaso haya sido precisamente por eso, para evitar que ninguna plaza importante como Miramar o Mar de Ajó coparan la organización. Nadie era local en la hermosa y saludablemente olvidada Mar del Sur.

En esa asamblea llamada “prenormalizadora” que se desarrolló durante Semana Santa en los salones descascarados del hotel, se destaparon fatos extraordinarios. Al actualizar y depurar el padrón, por ejemplo, se descubrió que había tipos que laburaban y cobraban como bañeros y no sabían ni siquiera nadar... Se les tomaron pruebas de aptitud mar adentro y fue una joda: hubo que sacar a un par. Los que estuvieron dicen que la asamblea resultó inolvidable por lo que se morfó, pero sobre todo por el sinfín de pelotudeces que se trataron. Desde una solicitud –fuera de tiempo, de época y de quórum– para incorporar bañeras –“guardavidas de sexo femenino” (sic)– a la iniciativa de componer un himno al bañero y diseñar un escudo. Del escudo, más allá de que la propuesta fue poner un lobo marino con el salvavidas al cuello, que pareció excesivamente marplatense, no se sabe nada. Y del himno han quedado un par de estrofas del Canto al bañero, que a veces se cantan en actos protocolares, debidas a Amílcar Gómez Bécquer, un poeta de Azul, que las hizo por encargo en un fin de semana:

El bañero es servidor audaz y honrado
Siempre listo para actuar sin pedir nada
Es valiente y nunca acaba una jornada
Sin un gesto de valor, seco o mojado.

Levantemos este canto a los bañeros
Un ejemplo para niños y mayores.
Cada día, sin pensar en sinsabores,
Dan la vida, luchando en el mar fiero.

Al poco tiempo alguien denunció en el diario El Atlántico que en realidad se trataba de una flagrante adaptación del Canto a los bomberos de La Matanza, del mismo autor. Bastaba con cambiar “bombero” por “bañero” y modificar la última parte del verso final –“contra el fuego” en lugar de “en el mar fiero”– para comprobarlo. Pero la propuesta de realizar una denuncia formal no prosperó. Es que nunca le habían pagado los versos a Gómez Bécquer.

La otra iniciativa delirante fue poner la organización bajo la advocación de algún santo. Hablaron de San Salvador –y el Dudoso Noriega se sintió aludido, pues él se llamaba premonitoriamente así–, pero terminaron optando por San Borombón, que nadie sabía quién carajo había sido ni de qué tipo de santo se trataba pero evidentemente era de la zona. Escribieron al Arzobispado de La Plata para tener datos certeros y algo les habrán mandado, porque terminaron haciendo una estampita que todavía se puede ver en una vitrina en la sede central de AGUA de la calle Laprida, en Mar del Plata.

Es que la influencia de la curia ya en esa época era muy fuerte. Por eso también se trató sobre tablas la destitución orgánica de Gómez –en ausencia– por “inaceptable conducta deshonesta”. Hubo argumentos y alegatos en favor y en contra pero era evidente que estaba todo arreglado para cagarlo. Y así fue, por aclamación y en tumulto.

Noriega no lo conocía personalmente pero cuando vio la cama que le habían tendido fue de los últimos y más elocuentes que lo defendieron:

–No sé si el compañero Gómez, que me consta que es un buen bañero, habrá hecho algo de lo que dicen –comenzó diciendo con mesura desde la improvisada tarima–. Yo, por mi parte y en este momento, le ofrezco trabajo desde mañana en La Popular como prueba de confianza y solidaridad –y ahí levantó aplausos, silbidos y exclamaciones–. Pero lo que sí sé, compañeros, lo que sí sé muy bien... –hizo una pausa– es que acá hay más de un culo roto, y que si nos ponemos a hablar...

–¡Callate vos, negro de mierda! –le gritaron mientras volaba un salvavidas de corcho que Noriega apenas esquivó con una agachada rápida.

–¡Orden, compañeros! –atinó a gritar alguno.

Pero ya era tarde.

Noriega se bajó a buscar al agresor y el quilombo se generalizó. Después de diez desiguales minutos de piñas y acusaciones, Gómez se quedó definitivamente sin cargo y el Dudoso –que repartió durísimo– con la boca rota y un ojo así. Lo llevaron junto a otra media docena de machucados primero a la asistencia pública de Mar del Sur, apenas una salita de primeros auxilios, y después al hospital de Miramar.

Ahí fue cuando el interventor Pellegrino lo vio cómo estaba y le pagó de su bolsillo el arreglo de los dientes. Es curioso, porque de no ser por eso Noriega no hubiera conocido a Rebeca, la dentista.

Pero ésa es otra historia. Siempre hay otra.

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