CONTRATAPA

Bruno, Valentina y la bisabuela

Por Laura Bonaparte *

Bruno y Valentina son los nietos de mi hijo Luis. De los cuatro –tres bisnietas y un bisnieto– que tengo, Bruno y Valentina, ellos dos viven en Buenos Aires. Estábamos mirando el cielo en la terraza de la boardilla donde vivo, abosquejada y desprolija, como corresponde, y también como corresponde, perfumada de jazmines. Ese instante azul oscuro de la noche, con el cielo estrellado, es momento y lugar propicio para que los bisnietos hagan esas preguntas que nos llenan de ternura. Lugar y momento propicio para que la bisabuela ponga en palabras sus cuentos tal vez oídos en su propia infancia, allá en Entre Ríos. O también pueden ser ocurrencias de bisabuelas. Recuperar esa posibilidad es maravilloso. Es un espacio sólo conocido por las que transitamos en él.
Cuando nos sentamos en la terraza siempre miramos al cielo esperando descubrir alguna estrella fugaz y pedirle tres deseos.
Brunito señala una, resbalando, solitaria en el firmamento. Y pregunta y pregunta y pregunta.
–¿Alguien dirige la estrella? ¿Tiene volante la estrella como el auto del abuelo?
No se me había ocurrido que podía hacerme esa pregunta. Me puse en órbita y contesté que sí, que al volante iba un amigo que había cambiado los aviones por las estrellas.
–¿Vos lo conociste?
–Pues claro, si no ¿por qué iba a estar encima de nuestra terraza, igual que cuando pasa por Plaza Flores?
–¿Cómo se llama?
–José Luis D’Andrea Mohr, capitán del espacio sideral por elección superior.
–¿Y tú sabes quién es el señor superior?
–Pues no, pero le dicen el Maestro. Otras personas le llaman el Justo.
Y adelantándome a otra pregunta, agregué: “¿Porque, viste Brunito, que los maestros son los que más saben?
–Ajá. ¿Y tienen viajeros las estrellas?
–Y, algunas veces. (Mientras, mi cabeza marchaba a cien años luz por minuto, diciéndome a mí misma: Tranquila Laura. Tú puedes.)
–¿Como cuántos?
–Contarlos es difícil, pero digamos que como 30 mil.
–Y el capitán, ¿cómo me dijiste que se llamaba, abu Laura?
–José Luis.
–¿Maneja solo?
–A veces sí, a veces no. ¿Viste que te dije que a veces lo acompañaban como treinta mil? Bueno, pues, hacen una rifa entre ellos y el que sale, sale. Porque lo quieren mucho, además. Todos quieren pilotear la estrella con él.
Y me quedé pensando. Sé que no le decía la verdad a mi bisnieto. Pero es que yo tampoco estoy segura y me tranquiliza inventar lugares, porque los genocidas nos han escondido los cuerpos de nuestras hijas e hijos. Y eso es infame.
Tan insoportable de ser pensado. Porque nuestros hijos no desaparecen: Massera, Galtieri, éstos y todos los genocidas, ellos, nos han escondido sus cuerpos, ellos nos niegan el lugar. Y con ese infame y canalla segundo crimen, con ese genocidio hecho por segunda vez morirán los genocidas. Y la Justicia cómplice creerá que ahora sí se lavará las manos. Pasarán varias generaciones. Pero todos sus crímenes quedarán escritos en la historia, tallado en las piedras y escuchado y transmitido de boca a oreja de generación en generación. Esto es para recordar a los jueces que también pasarán a la historia con esa espantosa mancha de complicidad, de haber mostrado a una población rasgada de dolor e impotencia que ellos, enrealidad, nunca tuvieron disposición ni valor para jugarse por la Justicia.

* Madre de Plaza de Mayo. Línea Fundadora.

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