CONTRATAPA

Cianuro y desalojo

 Por Osvaldo Bayer

Nuestra querida Patagonia, la tierra del bello paisaje, de las aguas y del codiciado petróleo –aquella que en Europa insisten que los gobiernos argentinos van a vender para pagar la deuda (algo que seguro ya habrían hecho los militares desaparecedores con Martínez de Hoz y su sistema)–, pues bien, esa Patagonia se acaba de defender con la democracia. No ha necesitado a la Gendarmería, con su estrecha visión de ver peligro en cada liebre y cada llama y controlarles la nacionalidad, sino que el pueblo ha demostrado a toda la Argentina qué es la democracia y para qué sirve.
Esquel votó contra el oro y el cianuro. Los que venden la Patagonia a pedazos y a retazos, querían vender el bello oro pero cambiándolo por cianuro y una suma de divisas que en nuestro país nunca se sabe al bolsillo de quién van a parar. El pueblo de Esquel votó por la naturaleza, por esa naturaleza que también les pertenece a sus hijos y a sus nietos. No al oro con cianuro, sí a la tierra, al agua, al paisaje, sí a la salud del futuro. No al oro con cianuro en el bolsillo, no a los pozos del infierno, sí a la eterna creación, a los pájaros y el horizonte.
El 84 por ciento votó contra el oro con cianuro, contra las promesas con olor a coima, contra el serruchamiento de lo eterno. El resto votó por el sí genuflexo, con un auto de mejor modelo como ideal, por el atrás de mí el diluvio. Deben ser todos egoístas a los que no les importan los hijos ni los nietos ni el futuro del paisaje. ¡Ochenta y cuatro por ciento! Y no necesitaron jefes, ni comisionistas, ni delegados. Ellos mismos, todos, la asamblea ciudadana.
La verdadera democracia. Ni el intendente ni el gobernador, ni los diputados ni el caudillo barrial. Ellos, los vecinos, mujeres y hombres que conforman y mueven la ciudad. No valió la coima, ni la promesa, ni las candidaturas. Valió el inapelable NO en la urna de la voluntad democrática. En Esquel, la ciudad donde viví con mi familia y publiqué un periódico desobediente La Chispa. Sueño hoy que esa fue la chispa que hace cuarenta años comenzó a prender la mecha de la desobediencia civil que explotó en la magnífica y valiente alma del pueblo que supo decir que no.
Ya algunas de las trastiendas insinúan que el plebiscito no es “vinculante”. Pero la voluntad de la gente, sí. Los leguleyos tratarán de interpretar contratos y disposiciones, y el doctor Nazareno y sus adláteres de la Corte Suprema intentarán las salidas conocidas y nacidas en el Pacto de Olivos. Pero está la asamblea soberana de Esquel, la voluntad de sus habitantes: en Esquel el cielo continuará siendo azul y sus montañas sin cánceres. Seguirá siendo como la conocemos, como la queremos todos. Aunque la empresa canadiense señaló que persistirá en la explotación. Pues bien, veremos qué hacen los políticos que tienen el poder público, si cumplen con la democracia y respetan la voluntad popular o se dejan atraer una vez más por el canto de sirenas de los que tienen los dólares y quieren comprar todo, hasta la dignidad. Si retroceden, tendrá que salir todo el pueblo de la República a defender a los demócratas de Esquel que es defender a Esquel mismo.
En otra latitud de la Patagonia se está jugando el derecho al trabajo contra el denominado derecho a la propiedad.
La jueza Norma Pozza (un nombre para no olvidar nunca) ordenó desalojar la planta de la fábrica de cerámicas Zanon. Pocas veces se ha hecho algo tan en contra del derecho de las personas al trabajo y a la vida.
Esa fábrica, la más grande de Neuquén, fue vaciada por sus propietarios quienes a la vez despidieron a todos sus obreros. Hace ya un año y medio. Como los obreros quedaron absolutamente en la calle sin posibilidad de encontrar otro trabajo, decidieron ocuparla y ponerla en marcha. Lo hicieron para que sus familias no se murieran de hambre. Durante todo ese período fabricaron los mejores productos de cerámica, aumentaron laproducción y dieron trabajo a otros veinte desocupados. Más todavía, decidieron cobrar todos el mismo sueldo para que no hubiera diferencias entre ellos.
Para tener todo este poder de decisión, debieron recurrir a la asamblea soberana y esa libertad los llevó a separarse de la burocracia sindical, que, por supuesto, se convirtió en su enemiga. No puede comprender que los obreros alguna vez se liberen de las ataduras de los que el pueblo llama “los gordos”. Cada obrero debió especializarse en su trabajo aprendiendo también el de su compañero. Así pudieron producir cerámica, revestimientos y porcelanas. Con orgullo pueden decir estos obreros que son los únicos que producen cerámica, revestimientos y porcelana en Sudamérica. Se han convertido en un ejemplo. ¿Por qué? Porque no tenían otra salida. Trabajar con toda voluntad para poder vivir y mantener a sus familias. Cualquiera puede ir a visitarlos para ver que lo que han logrado se puede mirar como un verdadero milagro: a pesar de la crisis, la fábrica marcha y se mantiene por sí misma, sin préstamo alguno. No como antes, con patrones, que recibían subsidios. Bien, por esto mismo, habría que preguntarle a la jueza Norma Pozza en qué fundamentos humanísticos, sociales o filosóficos se basó para ordenar la acción judicial-policial, y a los tres jueces de apelación que corroboraron lo mismo. ¿En qué principios éticos se establece que los obreros que trabajan y mantienen sus familias deben ser arrojados a la categoría de desocupados? El principal deber de las autoridades es precisamente el de asegurar el trabajo y la manutención de sus habitantes. En qué pensó la jueza Pozza: ¿que vayan a la calle a pedir limosna? ¿Eso es justicia? La vida tiene que estar por encima del derecho de la propiedad. Más cuando hay otras soluciones, por ejemplo, la intervención del gobierno neuquino recurriendo a la expropiación del establecimiento para permitir el funcionamiento de este verdadero ejemplo de lo que debe ser la institución del trabajo. Me gustaría saber cuáles han sido las lecturas de la jueza Pozza acerca de la Moral y del derecho de gentes al pan y al trabajo que siempre, siempre tienen que estar antes que los fines de lucro de alguien que dejó sin trabajo a los obreros vaciando la fábrica.
Pero nada será fácil. Hoy habrá un acto en Zanon con delegaciones de todas las latitudes del país. El gobernador Sobisch se juega para siempre su buen nombre y honor. A la jueza Pozza le recomiendo leer a Kant y su imperativo categórico, lo mismo que a los jueces sí-dicentes, y mirar a los ojos de los niños de esos trabajadores antes de aplicar la ley seca y egoísta que favorece a los llamados propietarios. Si los argentinos permitimos el desalojo de Zanon, merecemos otra dictadura y que nos venga a gobernar Bush.

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