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Moebius de memoria o el enviado del Uritorco

 Por Juan Sasturain

Es sabido que el ciudadano francés que usaba el pasaporte a nombre de Jean Giraud vino a la Argentina por primera vez –no sé si por última– en la primavera del ’79. Fue para la IV Bienal del Humor y la Historieta de Córdoba, la primera y única internacional, un encuentro que organizaban desde 1972, juntos y como podían, el turco Salomón, el gordo Cognigni y Coco Feldman. Era raro, porque en esa época estaban los milicos, y cuando en algún acto o sobremesa aparecían las autoridades se producían situaciones extrañas, como ver a memorable viejo Oski gambeteándole la entrega de un dibujito a la mujer del gobernador militar...

Esa vez estaban todos los grandes autores argentinos y vinieron varios importantes de afuera, incluso algunos criollos en cierto modo repatriados para la ocasión. Para algunos periodistas que recién empezaban a entreverarse en ese mundo, fue la posibilidad de conocer por fin al admirado tano Pratt, o de hacerle el que sería el último reportaje precisamente a Oski, que se murió a fines de octubre en Buenos Aires. En cuanto a los dibujantes extranjeros, pese a que estaba el gran Joe Kubert, recreador de Tarzán, la estrella absoluta fue Moebius.

Y cabe decir Moebius porque ni Jean Giraud ni Gir significaban nada para muchos de los que estaban ahí. El Teniente Blueberry –que ya le había dado una docena y media de álbumes, fama y dinero durante una década larga– no solía cabalgar estas llanuras y estos kioscos copados por Kirk o por Savino. En cambio, las pocas páginas de Arzack & Co entrevistas en la Tótem española, que traducía las publicaciones de la factoría de los Humanoides, les habían dado vuelta la cabeza a muchos, por no decir a todos. Y es un dato, una marca generacional: cuando el Señor López, de Altuna y Trillo, abre la puertita del consabido baño en uno de sus primeros episodios, lo que aparece es el universo dibujado por Moebius.

Tal vez el mayor y mejor síntoma del efecto Moebius en la concurrencia a aquella bienal debe ser la cantidad de dibujos que le pidieron, hizo y dedicó, sobre todo entre sus colegas. Hay que ir a la casa de cualquier dibujante argentino que pasó por Córdoba esa vez: ahí está Moebius colgado. Unas pocas líneas seguras, inequívocas: un bicho raro, un personaje ambiguo, un horizonte con detalle extraño. Clima inconfundible hecho con casi nada, talento minimalista.

Aquel Moebius en el calorcito cordobés era y se movía lineal y liviano como su dibujo. Anteojitos, pelo disperso al aire, paso casi imperceptible y ágil, con zapatillas que apenas tocaban el piso. Ya venía en plan de espiritualización y se le notaba al toque, en todo. Una actitud de abierta disposición, como salido e ingenuo, pero de vuelta. Como si no hubiera venido en avión y de Francia, sino bajado del Uritorco directo desde Otra Parte.

Justo cinco años después, para la primavera del ’84, cuando salió la primera versión de la revista Fierro, la única excepción a la consigna de historietas y autores nacionales fue él. Y se presentó alevosamente con The Long Tomorrow, la adaptación que había hecho casi diez años antes del texto paródico de Dan O’Bannon (un relato negro con título chandleriano, pero ambientado en el futuro), y las escasas ocho páginas a color que tenía la publicación se iluminaron durante los primeros dos números como nunca después. Ahí estaba todo –aún hoy, no hay nada suyo más recordado unánimemente que la extraordinaria secuencia de la encamada de Pete Club con la proteica arcturiana–, y de ahí viene el deslumbramiento, la eterna novedad (si cabe) que llega hasta acá, que no se terminó con la muerte de Jean Giraud hace unos días.

Porque se sabe, Moebius, como la cinta, es infinito.

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