CONTRATAPA

Página/12

 Por Juan Gelman

"No hay que hacer comparaciones", aconsejó Carlos Gardel. En este caso, cómo evitarlas: La Nación y Página/12 son, a mi juicio, los diarios mejor escritos del país, pero hablan desde lugares muy distintos. El primero responde a los intereses fundamentalistas de la globalización, el último a los intereses de quienes la padecen. Ambos atienden a verdades contrarias y ninguno de los dos es objetivo. Claro que la verdad del poderoso no es la verdad del despojado. Me alegra infinitamente entonces que nuestro diario no sea objetivo: una sociedad que reproduce la pobreza y la miseria agranda el rostro más descarnado de la realidad.
Es posible detallar largamente el papel que estas hojas, nacidas hace 16 años, han jugado y juegan en el sacudimiento de la modorra informativa o, mejor, de los silencios impuestos por el miedo que la dictadura militar sembró con terror y censura, una secuela inerte que no pocos medios argentinos arrastraron durante años, incluso después de la reaparición de un gobierno civil. ¿Recuerdan los lectores cuando se escribía “el proceso” en vez de “la dictadura militar”? Página/12 terminó con esos juegos de lenguaje: la verdad del reprimido no es la verdad del represor.
Es posible también detallar el vasto elenco de primicias y denuncias cuidadosamente investigadas que caracterizan a Página/12 y que han influido –e influyen– en los círculos gobernantes y políticos. Desmalezar la maraña de complicidades y corrupciones que vaciaron a la nación de riquezas acumuladas por generación tras generación de trabajadores argentinos, es el no fatigado y cotidiano ejercicio de los periodistas de este diario. No son meras denuncias: constituyen aportes a la construcción de una democracia que no tenga los pies de barro mentiroso. La verdad del marginado no es la verdad del marginador.
Hay algunos molestos por la atención tenaz que Página/12 presta a la dictadura militar, sus consecuencias y continuidades. “Ya pasaron 30 años de todo eso”, se fastidian. Y no: sin memoria, el presente se convierte en un simple pasar muerto sin cambio posible, sin renacer posible, sin futuro posible. La memoria individual es algo más que recuerdo: es conciencia de las propias raíces, conciencia de sí mismo. No otra cosa ocurre con la memoria cívica: una sociedad que se olvida está condenada a la ignorancia de sí misma, a repetir errores, a vivir el presente como pasado vuelto a suceder. En la Argentina el olvido corre con más rapidez que la Historia, supo definir don Adolfo Bioy Casares. Tengo otra sensación: la memoria ciudadana está fragmentada en millones de pedazos y cada fragmento palpita todavía. Es como un secreto compartido divididamente que Página/12 ayuda a hablar, a juntarse, a pasar de conciencia opaca a conciencia libre en claridad. Así este diario apila sólidos bloques de un pasado inconcluso para impedir que vuelvan horrores conocidos. Desde allí mira el presente. Los atenienses del siglo V antes de Cristo obligaban a sus ciudadanos a jurar que olvidarían los males de una dictadura. No hay ley de punto final ni ley de obediencia debida que lo obtenga en Argentina. Y menos mientras exista Página/12. Ese registro de los tiempos, ese lujo, que dijera Fito Páez.

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