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La imaginación diseminada

 Por Juan Sasturain

Ultimamente me ha tocado ser jurado de varios y variados concursos de ficción. Historietas, cuentos, novelas e incluso –no sé cómo– cortometrajes. Al decir últimamente quiero decir desde hace unos años y –más cerca– estos meses recientes, ayer, mañana, todos estos días: originales, originales, originales, pilas de originales. Casi leo más cosas sin publicar que publicadas. Y es un laburo y es un halago y es una responsabilidad, claro. Pero sobre todo es una experiencia reveladora. Habría que ver de qué.

Para los que no están al tanto, explico que en los concursos abiertos de novela a los que llegan varios centenares de manuscritos de alrededor de 200 páginas cada uno –por ejemplo el Premio Clarín, el Alfaguara, el Planeta, el Tusquets, el de Página/12 de este año, el Letrasur y algún otro–, en esos concursos, digo, el jurado compuesto por tres o más miembros no lee, obviamente, todo esa pila –aunque alguna vez me pasó en un Premio Emecé– sino sólo aquellos textos (habitualmente diez) que resultan de la rigurosa e inverificable preselección que realiza un múltiple y a menudo secreto comité de lectores, jurado de preselección o como se lo llame. Ahí se dirime, en sucesivas lecturas cada vez más finas, gran parte de la orientación general del premio, casi tanto –pienso– como en la instancia final. Tarea necesaria, ímproba e interesantísima es ésa de instrumentar el funcionamiento de semejante cementerio de ilusiones, el penoso “filtro” al que sólo sobrevive un porcentaje mínimo de las toneladas de papel (son tres copias) enviadas.

Alguna vez, hace muchos años, me tocó participar como uno de los tantos primeros lectores que arremeten contra la ominosa parva de manuscritos vírgenes y aseguro, tras aquella experiencia inicial (hice más de veinte informes: deseché la mayoría, hice seguir al paso siguiente tres o cuatro), que es una maravillosa experiencia, realmente conmovedora. Maravillosa por la variedad infinita de las historias, conmovedora por la cuasi certeza de cometer injusticias cuando la línea que separa a las diez “que quedan” del resto suele/debe/no puede ser sino finísima. Y es, con toda la supuesta buena fe mediante, inevitablemente así.

Pero quiero ir para otro lado, no quedarme en justicias e injusticias, filtros más o menos “comerciales”, criterios y discusiones respecto de qué se premia y qué no, etcétera. Es un tema interesante e infinito. Lo que me interesa, desde hace tiempo, es otra cosa, otra posibilidad mucho más concreta y anterior, si se quiere.

Me parece, simplemente, que vale la pena reparar en el hecho de que, en la suma de todas esas historias que cada año llegan anónimas y por centenares a los concursos literarios de todos los niveles, hay una muestra, un corpus acaso revelador de qué tienen en la cabeza un número importante de argentinos pensantes y escribientes. Es un dato nada desdeñable.

Y en un contexto muy particular. Ultimamente, cuando me preguntan mi opinión sobre la actualidad de la narrativa argentina, suelo contestar, con convencida satisfacción, lo contrario que respecto del maltratado fútbol: que estamos muy bien; que hay muchos/as diferentes entre sí que escriben bárbaro; que se publica mucho más que en otras épocas y que la media de calidad de nuestros escritores es más alta que en otros tiempos, etc.

Y hay que tener en cuenta que una cosa es lo (mucho) que se publica y otra lo (muchísimo más) que se escribe, imagina y fabula. Sobre todo en este delirante país. Por eso pienso que con el inventario de lo editado más todo ese material narrativo editable que se vierte en el embudo de los concursos, acumulado y clasificado –en este caso sin criterio estético sino puramente conceptual o de contenido–, se podría hacer un mapa de lo que convendríamos en llamar el estado del imaginario nacional.

La increíble cantidad de energía creadora y fabuladora que se necesita y despliega en esas mil (para ponerle un número) historias que anualmente produce generosamente el reconocido o anónimo imaginario argentino se merece una atención que todavía no le hemos prestado. Si un psicoanalista podría hacerse un barato picnic interpretativo sacando conclusiones sobre nuestro inconsciente colectivo; si un sociólogo con este vagón de datos dibujaría tendencias por zonas físicas y franjas etarias según tipos de historias, conflictos y contenidos, a mí más me interesaría –con todo eso– verificar o echar un poco de luz, de una vez por todas, sobre la idea de que somos un país de buena gente. O, por lo menos, tratar se fundamentarlo a partir de un registro parcial, pero representativo, de nuestras fantasías mejores, más perversas, locas o recurrentes.

Porque un país es, entre otras cosas, aquello que su gente es capaz de imaginar(se).

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