CONTRATAPA

Rieles

Por Eduardo Blaustein

En Concordia, en pueblos de Santa Fe, en Chajarí, en Posadas, en los talleres ferroviarios de Tafí Viejo. En decenas de territorios olvidados por los porteños, los noticieros muestran –prepoteando desde la emoción, sin discernir alguna razón en la Historia– imágenes de personas que festejan, que hacen música, que levantan pancartas y que sobre todo lloran por la reaparición de los trenes. Dice una nena en Posadas que es la primera vez que ve uno. Lo dice casi como el primer sioux que vio al caballo de hierro. Las imágenes dan para el moqueo. Dan para el moqueo notas como la que publicó Carlos Rodríguez en Página/12. El moqueo se enreda o nace en una turbación: uno no sabe bien qué valorar más, si el regreso lento, dificultoso e incierto del viejo país ferroviario o si el acumulado y la proyección de la tragedia anterior.
Uno se pregunta si en el país empobrecido y ayuno de recursos habrá margen y hasta sentido para la recuperación de los trenes. De los trenes y de tantas cosas. Los que pasamos los 40 nos preguntamos si llegaremos a ver algo parecido al país de los primeros ‘60, ya no el del 73/74 con sus famosos picos de distribución de la riqueza. Empobrecidos los horizontes, uno se pregunta: si no somos nosotros, ¿lo verán nuestros hijos?
Se puede hablar de los trenes desde la racionalidad: economía, producción, circulación de bienes, integración social y territorial. Se puede hablar de los trenes también desde la identidad. Yo crecí en un barrio cercano al río. Ibamos a pescar y a cortar cañas para hacer cerbatanas, cruzando o recorriendo las vías del ramal a Tigre que cerró Frondizi en el ‘61. Siempre me resultó intrigante ese tren fantasmal cuyas historias me recuperaban los viejos. Siempre lo esperé. Volvió con Menem en forma de proyecto top hoy medio fracasado. El tren es para mí la sigla FCGBM (el recuerdo de mi primera lectura no es un cuento infantil: es un cartel de YPF en el baldío de la calesita. Yo leía mal, leía ypúf), el recuerdo de los megáfonos de Retiro anunciando las partidas del “Estrella del Norte” y “El Libertador”. Es el recuerdo de la infancia posible de mi viejo y de él mismo recorriendo el interior. Son los viajes como mochilero en el “Serranoche”, la lentitud ferrosa de las curvas del “Trochita”, desde Jacobacci a Esquel, los cajones de fideos y arroz que esperábamos en Bariloche, a donde llegábamos a dedo. El tren a Retiro es entre tantas cosas el recuerdo de una decena de compañeros desaparecidos del secundario.
A fines de los ‘80, cuando nacía Página/12, a la hora de hacer notas sobre los servicios públicos todavía existían fuentes informativas como las asociaciones de personal jerárquico de diversas empresas estatales. Con esas asociaciones, que eran fuente informativa pero que antes eran parte de un tejido social y de una cultura, también arrasó Menem. Aunque la tarea de demolición, como es regla histórica, la había iniciado la dictadura.
El 9 de marzo de 1978, ante el anuncio de un paro ferroviario por 24 horas, La Opinión titulaba en tapa: “Aplican penas de prisión a quienes paralicen los ferrocarriles”. Meses después el entonces presidente de Ferrocarriles Argentinos, un general de apellido Caballero, se henchía de gusto al anunciar que la red ferroviaria básica que en 1976 comprendía 40.000 kilómetros se había reducido a 34.000 y que se había cesanteado a 36.179 trabajadores ferroviarios.
En las metáforas del retroceso Tucumán es vanguardia. El 9 de julio de 1947 Perón visitó Tucumán en el tren presidencial para declarar la Independencia Económica en los talleres de Tafí Viejo. Esos talleresllegaron a albergar a 5000 trabajadores. En los primeros ‘90 quedaban 330 sobrevivientes. Cien mil tucumanos abandonaron la provincia cuando Onganía cerró uno de cada tres ingenios, incluyendo el Mercedes, donde trabajaba el padre de Palito Ortega, changuito cañero. En los primeros ‘90 los emigrados eran 330 mil y las villas alrededor de San Miguel eran 170. Un obrero de Irrigación en Amaicha ganaba 250 pesos. Un zafrero necesitaba juntar 9000 kilos de caña para hacerse de once pesos en quince horas de trabajo. La desnutrición infantil en las zonas rurales –en donde bandas controladas por la policía robaban vacas, gallinas, alambradas y hasta la sangre de los campesinos en alguna comisaría– ya era del 57 por ciento.
Mil años después, tras el estallido de todas las cosas, lloramos la imagen de la nena desnutrida. Mil años después lloramos la imagen de la lenta, dificultosa circulación del tren en las vías abandonadas. Y lloramos esa otra imagen de una veintena de ferroviarios ya grandes, canosos, poniéndose las pilas en la inmensidad ruinosa de los talleres de Tafí. Allí también hubo desapariciones: unos 60 militantes, 53 solamente de la JP. La otra regla histórica.
Uno se subió como cronista en el ‘87 al tren que partió a Viedma, cuando el proyecto de trasladar la Capital. Uno se pregunta por qué debieron pasar mil años de nuestras vidas. Qué pasó con los pueblos santiagueños que se quedaron sin tren, sin agua. Uno vio desde un micro pueblos vacíos con casas de ventanas vacías. Uno vio –cronista de diciembre del año ‘90– las broncas de los vecinos de Bolívar y de 25 de Mayo que resistieron la orden de “ramal que para, ramal que cierra”. Uno creció en la Argentina atendiendo a la sarmientina estampa escolar de “La Porteña” y vive en la Argentina adicto a los interrogantes del futuro. Preguntándose, siempre: qué es exactamente lo que llegaremos a ver.

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