CONTRATAPA

La Sagrada Familia Europea

 Por Juan Forn

Gaudí quería que La Sagrada Familia fuese el primer golpe de vista producido por Barcelona a quienes llegaban a ella. Murió –aplastado por un tranvía– antes de iniciar las obras siquiera, pero dejó los planos y hasta las proyecciones geométricas de toda su construcción. No porque adivinase que iba a pisarlo un tranvía antes de empezar, sino porque sabía de sobra que así era la cosa con las catedrales, siempre: quienes las diseñaban –y no sólo ellos sino también todos los que participaban desde el inicio en las obras– no llegaban nunca a ver la obra terminada.
Eso precisamente es lo que dice, a su manera, en un documental reciente que pasan por canal à, uno de los miles de obreros que están trabajando en estos días en la “terminación” de La Sagrada Familia a un siglo de la muerte de Gaudí (terminación es un decir, porque lo que quedaba pendiente de hacer era casi todo, en torno de esas dos enormes estalagmitas de hormigón eternamente inconclusas, que a lo largo de los años se fueron fundiendo de tal manera en el paisaje urbano, que ésa viene siendo la primera impresión de la ciudad para el que llega a Barcelona). El obrero en cuestión está picando azulejos para hacer un pequeño mosaico de más o menos un metro de extensión, que irá en aquella columna, señala. La cámara sigue su dedo, el paneo muestra brevemente la enorme nave central en plena construcción en donde trabajan ése y muchos otros obreros, y luego va haciendo foco en el punto donde una de las muchas columnas de la nave se junta con el aéreo abovedado. Allí irá ese metro de mosaico. La cámara vuelve a las manos del obrero, que está diciendo en off: “Vengo aquí los domingos, con mis hijos. Y pienso que algún día, cuando todo esté ya terminado, mi hijo traerá de la mano a su hijo, le señalará lo alto de esa columna y le dirá: Eso que ves ahí lo hizo tu abuelo”.
No parece ser “para gloria de Dios” que se está terminando La Sagrada Familia. Lo que se glorifica es casi lo contrario, tal como hace cien años se erigían, por ejemplo, aquellos palacios de aguas en medio de las ciudades, a modo de altares laicos del capitalismo. En una novela fabulosa llamada In the Skin of a Lion, Michael Ondaatje cuenta la construcción del Palacio de Aguas de Toronto, cuya mano de obra fue mayoritariamente inmigrante: macedonios, búlgaros y finlandeses recién llegados al Nuevo Mundo. Cuenta Ondaatje que cada sábado por la noche, esos inmigrantes se internaban en el vientre de la obra en construcción. Algunos llegaban solos. Los que tenían mujeres e hijos los llevaban consigo, tal como el obrero catalán va con su prole a La Sagrada Familia, sólo que aquellos inmigrantes se colaban clandestinamente en el edificio, por uno de sus túneles. Encendían faroles de querosén, se sentaban en ronda y un grupo de actores anarquistas les representaba todos los sábados la misma obra, en inglés. Los obreros y sus familias repetían en murmullos los sencillos parlamentos de los actores, sábado tras sábado. Cuando cada línea de la obra se hacía inaudible en boca de los actores por el obediente coro de murmullos de la platea, empezaban a representar una nueva obra. Así iban aprendiendo inglés, así iban aprendiendo también sus derechos aquellos inmigrantes, cuando no eran apresados por los escuadrones de vigilantes nocturnos que el municipio de Toronto había adiestrado especialmente para “cazar agitadores anarquistas y demás indeseables”.
En La Sagrada Familia no existe ese riesgo: no hacen falta razzias nocturnas, no hay representaciones teatrales clandestinas los sábados a la noche, los vigilantes de hoy no necesitan moverse siquiera de sus cómodos puestos en las oficinas de inmigración para librar de indeseables el territorio. Europa es para los europeos. La Sagrada Familia también lo será.

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