CONTRATAPA

Jazz y nación

Por Juan Gelman

Es trompetista, compositor, educador, y se lo puede encontrar en CD interpretando a los grandes del jazz –desde Jelly Roll Morton hasta la fecha–, o su propia música, o tocando sucesivamente las ocho trompetas de una sonata del barroco Heinrich Ignaz Franz von Biber que, reunidas por sobreimpresión en una única pista, darán la versión completa de esa obra estupenda del compositor checo del siglo XVII. Se llama Wynton Marsalis, nació hace 44 años en New Orleans, es hijo de un respetado pianista, Ellis, y el segundo de seis hermanos de los cuales otros tres eligieron también el camino del jazz: Branford, el mayor, saxofonista; Defeayo, trombonista, y baterista el menor, Jason. Dueño de un talento diverso, Wynton es el único intérprete estadounidense que recibió cinco años seguidos el premio Grammy en las categorías de jazz y música clásica, en dos ocasiones en ambas simultáneamente, y el primero –y único hasta ahora– premiado con un Pulitzer por una composición musical, su oratorio sobre la esclavitud en EE.UU. titulado Blood on the Fields (Sangre en los campos). Acontece que él es negro.
La conciencia, nada simple, de ese hecho palpita en las páginas de su libro más reciente, To a Young Jazz Musician (Random House, Nueva York, 2004). El volumen reúne diez cartas dirigidas a un supuesto o real jazzista joven –a quien Marsalis adentra en los secretos del swing–, escritas “en el camino” que suele recorrer en giras dentro y fuera de EE.UU. a razón de unos 120 conciertos anuales. El maestro le subraya al discípulo la necesidad de trabajar –el Wynton adolescente ensayaba horas y horas, a veces en la calle cuando la familia dormía–, pero no se detiene en la técnica: tocar un instrumento no consiste en cumplir algunas normas establecidas, ni en imponer el estilo por encima de la sustancia “como montones de grandes palabras alrededor de una idea pequeña”. No. La regla es “nada de reglas”, la libertad de creación radica en la estructura de la obra conseguida mediante el ejercicio de esa libertad. Reflexionar de manera cada vez más profunda sobre los problemas de la época permite al artista expresar mejor su identidad. Cada artista abre un camino que recorre al recorrerse a sí mismo. Finalmente, “el amor es la esencia espiritual de lo que hacemos. La técnica es la manifestación de cómo nos preparamos y nos damos como resultado del amor”.
Marsalis reivindica el carácter inevitablemente norteamericano del jazz. “En nuestro país –dice– el de piel oscura siempre asoma en el horizonte. El que fue disminuido en el corazón de la libertad. El Negro Estadounidense. Su presencia atrae batallones que proclaman la muerte del swing, legiones de críticos y de presuntos expertos que pretenden desviar a la gente de la esencia de esta música, porque fue inventada por los de piel oscura y, por ende, desde su punto de vista erróneo, es menos estadounidense.” Son los que “aguan el jazz” y, so capa de una mayor libertad artística, en realidad lo mutilan. Son los que afirman que el viejo jazz y el blues ya están difuntos y preconizan una forma musical tipo fast-food. Marsalis los califica con nitidez: “Cuando se cambia el paradigma del jazz, cuando se lo mata, la nación mitiga otra porción de su culpa por el trato que se dio a los negros”. El movimiento por los derechos civiles no ha dado aún respuesta a esta cuestión y el músico propone más interrogantes.
Se pregunta, por ejemplo, si es posible una ética de la música y de los músicos en una época y en un EE.UU. donde la cultura “ha experimentado una declinación del rigor intelectual al mismo tiempo que una decadencia desenfrenada”. Wynton Marsalis no se pone blando cuando toca el tema: “La corrupción actual habita sobre todo en el corazón de nuestro nuevo modo de vida norteamericano, donde reina el absurdo, un absurdo anestesiado hastael punto de no ser reconocible, hasta el punto de que algunos lo confunden con integridad. El grado de conformidad con el absurdo debe ser lo que más me choca en mis viajes por el país. ¿Qué pasó en EE.UU.?”. Y vuelve a preguntarse cómo hubieran sido las cosas “si hubiésemos desarrollado lo más sólido de nuestros fundamentos, si hubiésemos tenido una mitología que celebrara lo mejor de nuestro país, no lo peor”. Estas ideas apuntan a la siguiente conclusión: comparando con el jazz de los años ‘70, mucho del actual ha caído “en el bandidaje, el odio, la violencia y la vulgaridad”. En cambio –dice–, hay que tocar jazz para el otro, pensando en el otro, con una intención espiritual que “puede curar a la nación entera”.
Wynton Marsalis establece que es necesario partir de las raíces del jazz, de lo contrario “es imposible crear algo nuevo”. “Volver nuevo lo viejo”, así definió Ezra Pound la misión del arte. “No imites a los antiguos, busca lo mismo que ellos buscaron”, enseñó Basho, el gran poeta japonés del siglo XVII. Para Marsalis la cuestión rebasa el territorio artístico y abarca el de la identidad personal y colectiva. Como auténtico creador, se hunde en la historia del negro norteamericano para volverla otra en adelante con su música. Lo mismo querían John Coltrane y Sonny Rollins que, de jóvenes, se proponían tocar un jazz tan poderoso que mejoraría el mundo para todos. Wynton Marsalis cree que el jazz es alegría y libertad para el intérprete y también algo más profundo que su música: “Para mí, se trata de la gente. Se trata de algo humano, lo mejor que sale de nosotros, una conciencia, un sentimiento, un camino”. Cuando él termina de tocar, quien lo escuchó se mira transformado.

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