CONTRATAPA

Spam

 Por Leonardo Moledo

Como le suele ocurrir a casi todo el mundo, mi casilla de correo se llena de spam, en el que me ofrecen alargamientos peneanos, viagra, valium y distintas drogas, títulos de Ph.D. en cualquier tema y universidad, muchachas rusas por dos pesos (o en rublos, algo devaluados), viajes sin escala a la Luna, entre tantas otras maravillas. Uno borra y borra, pero el spam siempre vuelve, como el neoliberalismo o la tristeza.
–Mirá esto –me dijo mi amigo Alberto, no muy ducho en las artes del correo electrónico–, aquí me cuentan que un hombre de negocios afgano, asesinado por los talibanes, dejó cien mil dólares en un banco que están esperando quién los reclame. Tecnófobo consistente, Alberto estrenaba recién su primera computadora.
Le expliqué pacientemente lo que era el spam, y de qué manera esos mails se mandan, obedeciendo a lo que se llama “distribución de Poisson”, en grandes cantidades para pescar incautos.
–Pero no, de ninguna manera –me dijo mi amigo– aquí dice, justamente, que este mensaje no es como los cientos que se reciben cada día.
–Ah –dije–.
–Mirá qué sencillo que es –siguió–. Hay que mandar mil dólares al estudio de abogados que te va a representar, ellos hacen todas las gestiones y depositan los cien mil en la cuenta que vos les digas. ¡Es un negocio redondo! ¿No querés compartirlo conmigo?
Le expliqué por qué no:
–Mirá, mandan esos mails a millones de personas. Algunos caen y con que haya cien que manden los mil dólares, están hechos.
–No pueden hacer eso –dijo Alberto, con lógica de hierro–. Aquí dice claramente que necesitan una sola persona, y que una vez que alguien mande los mil dólares, se acabó la oferta. Y yo voy a mandar los mil dólares antes de que alguien me madrugue. Bueno, en realidad, ya lo hice.
–¿Y de dónde sacaste vos mil dólares?
–Los pedí prestados aquí enfrente –y señaló una horrenda cueva que ostentaba el cartel “Dinero inmediato y a sola firma”. Dos espeluznantes matones cuidaban la entrada, y el interior, donde esperaban tres personas de condición humilde; estaba decorado con radiografías enmarcadas de huesos fracturados, cráneos rotos y falanges retorcidas. El espectáculo era sobrecogedor.
No dije nada.
Dos semanas más tarde, Alberto estacionó su BMW, se sentó a mi mesa y se agarró la cabeza. Estaba vestido con un traje caro, pero se lo veía ojeroso, pálido y desesperado. Pero por lo menos, no estaba enyesado y eso ya era algo.
–No sé qué hacer –me dijo.
–Bueno, uno no sabe muy bien qué hacer con cien mil dólares –me arriesgué.
–Algo de eso –dijo Alberto–. Ya cobré los cien mil dólares, ya los disfruté, pero acabo de recibir un mail (subject: “Princesa hindú pide ayuda”), con la siguiente historia: una princesa hindú fue secuestrada por un grupo fundamentalista, que pidió un rescate de treinta millones de euros. El padre los depositó en un banco suizo, incluyendo en la suma la famosa esmeralda Ojo de Buey, del tamaño de una nuez. Pero luego el grupo fue desbaratado, y la cuenta es tal que no se puede tocar sin hacer gestiones muy complicadas, y la princesa es menor de edad y única heredera. La princesa, que está desesperada, ofrece un tercio, diez millones, si alguien puede hacerse cargo de la fortuna hasta que ella cumpla los 21 años. Hay que mandar cincuenta mil euros al estudio de abogados para iniciar los trámites. No es mucho, si se piensa que obtenés diez millones, pero el hecho es que no los tengo. ¿No querés ir a medias? Cinco millones para cada uno. Es un negocio redondo. Pacientemente, le expliqué, una vez más, las argucias de los que mandan spam, y la ingenuidad de los que caen en semejantes trampas cazabobos. Pero él tenía su idea fija: no podemos dejar sola a la princesa, ella debe estar sufriendo, es un deber humanitario.
–Creo que voy a vender el auto y pedir prestado lo que falta –me dijo–.
–No lo hagas –le contesté–. Estos prestamistas son criminales. El otro día vi cómo le serruchaban una pierna a un tipo que debía cien pesos.
–No a mí –dijo Alberto–. Como les devolví lo que me habían prestado, y agregué mil dólares para cada uno de los matones, me van a tratar con guantes de seda.
Intenté detenerlo, pero él ya se había metido en la cueva. Pobre tipo, pensé. Lo siento por él.
Treinta días más tarde, mientras estaba, de muy mal humor, borrando los alrededor de mil mails de spam que me habían llegado durante la semana (“Hi”, “¿Você se lembra de mim?”, “haga dinero rápido”, “obtenga un celular gratis”, “Bill Gates te regalará plata”, “adelgace comiendo hamburguesas”, y toda una serie de S.O.S. monárquicos: “princesa rumana pide ayuda”, “princesa tailandesa pide ayuda”, y una ristra de princesas, más que suficientes para agotar todos los cuentos de hadas), sonó el teléfono. Alberto me invitaba a visitar la quinta de fin de semana que se había comprado en las barrancas de San Isidro. “Una casa maravillosa; desde el jardín se ve el río...” y siguió con los elogios. Yo sacudí la cabeza. Este infeliz no entiende nada y sigue dejándose embaucar por el spam.
La sensación se fortaleció aún más mientras nos bañábamos en la pileta climatizada y él me contaba las maravillas del departamento sobre Libertador que se había comprado. “Está perdido”, pensaba, “no hay dios que te salve”, pensaba, “la ingenuidad lo mató”, “nunca va a entender”, pensaba, “está listo”. Y mientras Alberto se regodeaba mirando la esmeralda Ojo de Buey que se había hecho engarzar en un anillo de oro que ostentaba en su mano, me invadió la lástima, el dolor de ver a mi amigo caído en tan miserable situación, a merced de engaños tan elementales que sólo pueden surtir efecto en mentes primitivas. Y finalmente, cedí a la piedad:
–Alberto –le dije en tono condescendiente–, por favor... –pero él me interrumpió:
–No me digas Alberto –dijo– que ahora soy doctor en neurología por la Universidad de Wisconsin.
No hay caso. Nada, nada en el mundo va a poder convencerlo.

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