CONTRATAPA

María Adela, una Fundadora

 Por Luis Bruschtein

María Adela iba a la Plaza con su carterita siempre colgando del brazo, muy prolija y con el aire pacífico de la abuelita de Caperucita. A su alrededor todo podía ser caótico, gritos, caballos de la policía y humaredas entre las que aparecía con el pasito corto, imperturbable con su cartera, como una dama que hubiera salido a dar la vuelta.
María Adela Gard de Antokoletz nos engañó a todos, con su sentido del humor tan agudo, el mismo con que contaba anécdotas familiares, de sus trabajos como maestra y empleada judicial o de las Madres. Si alguien esperaba un gesto grandilocuente, una frase despampanante de una Madre de Plaza de Mayo que fue de las primeras que iniciaron las rondas en 1977, estaba frito. Era gracioso escucharle contar historias duras, situaciones dramáticas en las que había participado, con la misma parsimonia de una directora de escuela y con el humor cálido de una abuela. En realidad contaba esas historias de la misma forma en que las había vivido.
Cuando cumplió 85 años, la CTA y la Federación Judicial le hicieron un homenaje. Ella se arregló las canas azulinas, se acomodó los anteojos y respondió que no había sido heroica, porque simplemente estaba haciendo lo que debía. Víctor De Gennaro la describió esa vez con dos palabras: “lo sencillo y lo trascendente”. En la política, donde la mayoría trata de robar cámara actuando más de lo que es, lo sencillo es todavía más trascendente. “La receta para llegar bien a los 85 –dijo María Adela– tiene que ver con la paz de la conciencia; con haber hecho, en distintas circunstancias, lo que debía hacer.”
Ella bromeaba con su aspecto de dama antigua y en su fuero interno seguramente se divertía con el desconcierto que provocaba una señora tan propia, de modales tan cuidados, en situaciones tan anormales. Pero ese aspecto exterior, que la hacía tan simpática y entrañable, escondía un espíritu indoblegable, valiente y luchador.
Hasta el último momento María Adela fue una mujer coqueta. Y cualquiera hubiera pensado que era la vieja dama de una familia acomodada. Pero trabajó como maestra rural y más tarde como empleada judicial en San Nicolás, Morón y San Isidro y tuvo actividad gremial con los judiciales hasta que se jubiló. Su padre había sido un dirigente radical yrigoyenista reconocido en San Nicolás y ella se había casado con un diplomático. Y se divorció en una época en que pocas mujeres estaban dispuestas a soportar la condena social que implicaba esa decisión. O sea: con María Adela no había que dejarse engañar.
Su hijo Daniel era defensor de presos políticos. Los militares lo desaparecieron cuando tenía 40 años y María Adela 65. “Lo cierto es que no me quedé quieta –contó– y así fue como di con Azucena Villaflor y su creación de la Plaza de Mayo. La tomé como propia y puse en esa idea toda mi pasión. A mí y a muchas, esa plaza nos salvó del manicomio, porque es muy distinta la situación mental y física de la que lucha que de la que se abandonó.”
Estuvo en ese primer grupo de 14 que creó Madres de Plaza de Mayo en 1977 a partir del empuje y la valentía de Azucena Villaflor de Devincenzi. Fue de las más activas, de las más combativas y de las más serenas en Madres. Cuando se produjo la división, ella fue una de las principales referentes de Línea Fundadora frente a la Asociación de Madres que dirige Hebe de Bonafini, pero sus comentarios sobre ese tema nunca fueron insultantes ni peyorativos.
Opuesta al personalismo, a actitudes autoritarias y a los caudillismos, fue en gran parte por su iniciativa que las Madres de Línea Fundadora no tengan cargos jerárquicos en su organización. Por esa diferencia de edad y por esa actitud “sencilla pero trascendente” de mujer sabia, también fue una especie de madre para las otras Madres que recurrían a ella para dirimir diferencias o en busca de consejo.
Cuando festejaron sus 85 años había otras Madres que murieron poco después, como Yoyi Eppelbaum, con su clara inteligencia, o Perla Wassermancon sus historias de los pogroms en Polonia y su militancia revolucionaria, igual que Carmen la Gallega, una mujer alegre y luchadora que había juntado cada peso para educar a sus hijos desaparecidos trabajando de empleada doméstica. Muchas de ellas habían sido militantes, junto a sus hijos en los ‘70 y Carmen y Perla habían estado presas. La misma María Adela se enfermó poco después y ya no pudo participar activamente. Ese día, cuando le trajeron la torta con 85 velitas a María Adela y empezaron a cantarle el cumpleaños feliz, la gallega Carmen, que se había enchispado con la sidra, levantó el puño izquierdo y gritó con alegría “¡Hasta la victoria, siempre!”

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