CULTURA › EL FAMOSO ESCRITOR COLOMBIANO GABRIEL GARCIA MARQUEZ FESTEJA HOY SUS 75 AÑOS

“Escribo para que me lean, para que me quieran”

Recluido en una casa de Los Angeles, escribe sus memorias. Es una figura clave de la literatura del siglo XX y al tiempo un enorme éxito de mercado. Estuvo una sola vez en la Argentina, hace 35 años, pero tiene aquí centenares de miles de lectores.

El triste destino de los clásicos es ser mucho más conocidos que leídos: hablan de las andanzas de Don Quijote aun los legos en Cervantes, citan frases de Shakespeare miles de personas que jamás leyeron una de sus obras de teatro. El colombiano Gabriel García Márquez ha roto, en vida, esa lógica cultural, al haberse convertido en un clásico de la literatura iberoamericana del siglo XX en simultáneo con un fuerte impacto en la cultura de masas. Al cumplir hoy 75 años, rodeado de un prestigio sin parangón en el mundo de la literatura latinoamericana, García Márquez, casi todo el mundo lo sabe, está tecleando y tecleando en su casa de Los Angeles. Escribe unas memorias, luchando contra el reloj por el cáncer linfático que lo apremia, que amenazan con convertirse en inacabable testamento. Sus 75 años son para sus lectores una especie de recordatorio del paso inevitable del tiempo: a muchos les parecerá que fue antes de ayer nomás que se toparon con su prosa de orfebre, con el barroco de su mundo, con esos personajes que se quedan a vivir en la memoria.
García Márquez estuvo sólo una vez en la Argentina –de hecho, recuerda con enfado la humedad, el tráfico y las multitudes de Buenos Aires– pero puede decirse que en su vida hay un antes y un después de aquel encuentro con el Río de la Plata. Es que venía por la primera edición de Cien años de soledad, una obra que varias editoriales habían rechazado y que se convertiría, con una velocidad sorprendente, en uno de los más grandes éxitos de la historia de la literatura en castellano. García Márquez tenía 40 abriles en aquel año 1967 que dividió su vida en dos: a partir del siguiente comenzaría su historia de estrella cultural, su lento camino hacia el sitio de los escritores inevitables, una marcha que incluyó en 1982 la obtención del Premio Nobel de Literatura. “A partir de aquel viaje a Buenos Aires todo en mi vida cambió, y no siempre para bien”, dijo cierta vez el colombiano, que en los siguientes 35 años raramente pasaría desapercibido en algún lugar del mundo.
Puede decirse que casi todo lo que se sabe de García Márquez proviene de su memoria o de sus escritos y que la publicación de sus memorias convertirá eso en casi definitivo. Incluso parece provenir de su imaginación el año de nacimiento, porque durante mucho tiempo, por coquetería y diversión, o por ambas cosas, dio datos falsos al respecto. Es más: es posible que hoy no cumpla 75, sino 77, o 76, o 78, pero lo cierto es que lo que ha quedado agendado en el sistema mundial de las estadísticas es que nació un 6 de marzo de 1927, en Aracataca, Colombia, un pueblo que luego hizo famoso, pero con el nombre de Macondo. El hecho de que permanezca encerrado en una casa de Los Angeles grafica que Gabo ya no disfruta de la popularidad, como en los ‘70: por eso no concede entrevistas, casi no habla por teléfono, cumple sus rutinas médicas con obsesión. La muerte de su hermano Eligio, dicen sus amigos, le impactó más que haberse enterado en 1999 de que su dolencia era un cáncer linfático. Cinco años antes le habían extirpado un tumor en el pulmón derecho, poco antes de la aparición de Noticia de un secuestro, una obra clave en su doctrina de cruce entre periodismo y literatura, entre información y ficción. García Márquez dice, aunque no necesariamente sea así, que no encuentra diferencias entre la escritura periodística y la escritura literaria.
Si para García Márquez nada fue igual después de Cien años de soledad,tampoco las cosas fueron iguales para la literatura latinoamericana. Un nuevo mundo de objetos animados, sucesos increíbles y al mismo tiempo verosímiles, así como de personajes llenos de una vitalidad desbordante comenzó a desparramarse por el inconsciente colectivo de los lectores. La operación comercial-editorial denominada el boom de la literatura latinoamericana terminó por consolidar su fama y, a su vez, a generar equívocos y discusiones. Algunos interpretaron que el hecho de que Europa “descubriese” a la literatura latinoamericana al acceder a la obra de García Márquez, José Donoso, Mario Vargas Llosa o Julio Cortázar era un insulto a grandes como Jorge Luis Borges, Alejo Carpentier o Juan Rulfo, pero la historia demostró que había allí un razonamiento errado. El boom fue bueno para todos, en términos materiales y en términos conceptuales. Es porque existió aquella época que muchos jóvenes escritores argentinos, mexicanos, chilenos, colombianos y peruanos –que en privado suelen hablar mal de García Márquez pero jamás se atreverían a firmarlo– aspiran hoy a que sus obras sean publicadas en Europa, y a veces incluso lo logran. En literatura el espíritu de la Guerra del Cerdo muy difícilmente logra mejorar la propia prosa o generar historias que superen a la historias ya contadas. “Nunca he luchado con otra arma que no fuese la máquina de escribir”, afirmó cierta vez Gabo.
Pero las pequeñeces pasan y las obras quedan. García Márquez es el autor de Cien años de soledad, El otoño del patriarca, El coronel no tiene quien le escriba, La hojarasca, Los funerales de la Mama Grande, La mala hora, Ojos de perro azul, La increíble historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada, Relato de un náufrago, Crónica de una muerte anunciada, El amor en los tiempos del cólera, El general en su laberinto y Doce cuentos peregrinos. Además, escribió una cantidad notable de guiones cinematográficos, sobre todo antes de la fama, y de artículos, luego recuperados en libros, que dejan claro que se trata de un maestro del oficio. Su incondicional apoyo a la Revolución Cubana, cuya llegada al poder cubrió como periodista, y su simpatía general con los pueblos que luchan, lo convirtieron también, a partir de la fama, en un icono del progresismo mundial. García Márquez ha defendido su espacio al respecto, pero ha sabido morigerar también los entusiasmos ajenos, con ideas como estas:
- “Escribo libros para que se lean. No para hacer la revolución”.
- “Nunca he luchado con otra arma que no fuese una máquina de escribir”.
- “Como jamás fui un estalinista, no tengo nada de qué arrepentirme”.
García Márquez reivindica la literatura como el lugar en que se cuentan historias como aquellas que escuchaba de chico en su pueblo. En un anticipo del texto que irá en el primero de los tres tomos de sus memorias, Vivir para contarlo, cuenta que el placer que siente al crear literatura proviene de su experiencias de niño: “Mi abuela era impresionante contando. Siempre la vi vestida de luto. Era una mujer poblada de historias fantasiosas. Ella despertó mi imaginación”. Un crítico diría que el padre del realismo mágico abusa de la credulidad el público cuando narra tan fácilmente el proceso: es obvio que en su obra se cruzan la impronta de William Faulkner, con su pueblo imaginario de Yoknapatawpha, un homenaje a la concisión de Ernest Hemingway, más de una cita a los universos fantásticos de Jorge Luis Borges, una lectura atenta de los infiernos que Franz Kafka descubría en lo cotidiano.
Gabo suele asegurar, también, que las historias de sus libros aparecen primero como imágenes y van creciendo hasta convertirse en relatos completos. Pero en su obra es difícil distinguir del todo ficción e invención. Incluso en las periodísticas los elementos de la realidad superan de tal forma a los ficcionales que cuesta separarlos. De todos modos, como él mismo indicó en su fantástico discurso de aceptación del Nobel, en Latinoamérica nunca estuvo del todo clara la distinción entre realidad y ficción. Ni entonces ni ahora.

Heinrich Böll:
“Considero que García Márquez es excepcional por cuanto en él coinciden plenamente lo que nosotros llamamos compromiso y lo que llamamos poesía. Esa diferenciación tan típicamente burguesa entre literatura comprometida y sedicentemente pura, que a mí me parece algo esquizofrénico, no existe para nada en la obra de García Márquez. Esto es lo que lo hace excepcional en el seno de la literatura latinoamericana”.

Carlos Monsiváis:
“Escribir bien en el sentido de García Márquez no es desplante o autocomplacencia estilística: es fundar en la noción épica del idioma la otra épica, la del desarrollo de los pueblos, y los personajes que infestan furiosa y dolorosamente siglos y naciones”.

Osvaldo Soriano:
“García Márquez, como cualquier otro, vive un susto a cada palabra. Cuando escribe una novela o un cuento, está tan indefenso y desnudo como el más incomprendido de los escritores y el más pobre de los mortales. Al final de cada jornada, me imagino, debe de quedarse largo rato mirando la flor amarilla que hay siempre sobre su mesa para convocar a los dioses de la buena fortuna”.

Augusto Roa Bastos:
“Cien años de soledad es una obra revolucionaria, que abrió iuna etapa con la misma fuerza germinal de José Martí para el romanticismo hispanoamericano, de Rubén Darío para el modernismo de los altísimos poetas de los Andes, Vallejo y Neruda. Gabo es el brujo mayor de América: el más grande alquimista de la palabra, un inventor de fábulas arrancadas de la realidad misteriosa”

Juan Carlos Onetti:
“Cuando me avisaron que el Nobel había recaído en Gabriel García Márquez tuve una gran alegría. Escribe en castellano, virtud premiable que hace años la Academia Sueca no aceptaba o reconocía. En ese hecho se ha reconocido el talento de un escritor hispanoamericano, muy superior al de muchos contemporáneos que emplean igual idioma. Quiero recalcar mi admiración por la obra de García Márquez”.

Julio Cortázar:
(A propósito del Premio Nobel de 1982) “Ojalá sirva para poner al día los muchos problemas que tenemos en América latina, aparte de poner de relieve la genialidad de García Márquez. Es un hijo de nuestra América, y esta distinción significa mucho para los que amamos el continente y a Gabo como escritor y como persona. Además, es mi amigo personal y compañero de tareas comunes de defensa de los derechos humanos”.

Pablo Neruda:
“También en este tiempo tuvo tiempo de nacer un volcán que echaba fuego a borbotones o, más bien dicho, este volcán, echaba sueños a caer por las laderas de Colombia y fueron las mil y una noches saliendo de su boca mágica, la erupción magna de mi tiempo en sus invenciones de arcilla, sucios de barro y lava, nacieron para no morir muchos hombres de carne y hueso”. (Poema titulado “García Márquez”)

Texto oficial de la Academia Sueca:
“La Academia Sueca ha decidido el 21 de octubre de 1982 conceder el Premio Nobel de Literatura a Gabriel García Márquez, de Colombia, por sus novelas y relatos, en que se alían lo fantástico y lo real en la rica complejidad de un universo poético que refleja la vida y los conflictos de un continente”.

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García Márquez ganó el Nobel de Literatura hace veinte años.
 
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