CULTURA › ENTREVISTA CON MARCELO LARRAQUY, AUTOR DE “LOPEZ REGA”, UNA BIOGRAFIA QUE PROPONE UN DEBATE

“Nadie llega a esa instancia de poder solo por el azar”

Aunque en la biografía, que acaba de ser publicada por Sudamericana, Marcelo Larraquy describe cómo el Brujo armó personalmente la Triple A, también sostiene que ese personaje fue demonizado –con razón–, pero agrega que ese mecanismo sirvió para ocultar los núcleos más incómodos del peronismo.

 Por Silvina Friera

La mirada glacial del Brujo hiere con su prepotencia. No es su gestualidad espasmódica, mística o siniestra la que lastima. Esos ojos torvos son apenas la punta de un iceberg en el que se fusionó el terrorismo de Estado con los rituales esotéricos, las frustraciones de un cantante lírico abortado (que llegó a cantar en Radio Mitre) y un ex sargento retirado de la policía con las apetencias de un figurón de la logia Anael que –instalado en Puerta de Hierro como un mayordomo obsecuente– pronto ascendería a secretario privado y, luego, a ministro de Bienestar Social de Juan Domingo Perón. López Rega, biografía escrita por Marcelo Larraquy, alumbra la siniestra arquitectura política que fue destruyendo las bases institucionales de la Argentina entre 1973-1976, y sobre cuyos desechos se montaron las Fuerzas Armadas para dar el golpe de Estado. “El poder tiene zonas irracionales y paranoicas que se van reproduciendo en distintas circunstancias. El peronismo se desbandó porque no tenía una estrategia de gobierno definida. Perón, por un lado, levantó a la izquierda peronista para llegar al país pero, por otro, armó un pacto con el poder mundial y regresó como un hombre que llegaba para frenar al comunismo. El armado cínico e hipócrita de Perón terminó estallando. La juventud interpretaba el regreso de Perón de otra manera porque creía que él se pondría al frente de una vanguardia revolucionaria, cuando Perón venía para otra cosa”, afirma Larraquy en la entrevista con Página/12.
Coautor de Galimberti. De Perón a Susana. De Montoneros a la CIA –un best-seller con 40 mil ejemplares vendidos, que fue editado en España–, Larraquy ofrece una descripción minuciosa del modo en que José López Rega aplicó una política terrorista contra la izquierda peronista y no peronista desde el Estado. “En un documento reservado del órgano partidario del 1º octubre de 1973 se pide la ‘eliminación del infiltrado marxista’ en el Movimiento por los medios que fueren –subraya Larraquy–. Esto fue darles vía libre a las bandas que operaron bajo la cobertura de la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), que no estaba integrada sólo por gente del Ministerio de Bienestar Social sino también por miembros de los sindicatos ortodoxos y otros dirigentes que habían sido excluidos del esquema de poder con Cámpora.” La biografía, publicada por Sudamericana, no sólo desnuda las andanzas barriales de un anónimo muchacho que jugaba a las barajas en el club Tábano. El libro crece en intensidad con la iniciación místico-esotérica de López Rega (que publicó varios libros, como Conocimientos espirituales y Astrología esotérica, entre otros) y adquiere una espesura abrumadora a medida que reconstruye el ingreso de López Rega a la política.
–¿Le costó encarar al personaje López Rega?
–Me costó mucho abordarlo porque López Rega aparecía muy esquematizado y demonizado, pero jamás contado. La demonización de López Rega sirvió para ocultar su relación con el peronismo. El Brujo que hace ritos satánicos, que hipnotizó a Isabel Martínez, presentado únicamente de esta manera, era un personaje que no tenía lógica dentro de la historia argentina.
–¿Por qué?
–Nadie llega a esa instancia del poder por azar o casualidad. Recién en 1973, López Rega entra en la dinámica del peronismo. El mismo Perón decía que el partido tenía que tener un órgano institucional para hablar con el gobierno que fuese y una banda armada, ilegal, para apretar por izquierda, para hacer acciones de insurrección contra el Estado y el poder. Perón, que creía que manejaba muy bien este juego entre el partido legal y la banda armada, se topa con un tipo como López Rega, al que no pudo dominar. Perón dejó hacer y sabía lo que ocurría. Todas esas tendencias internas del peronismo explotaron. El pacto del ‘83 le permitió al peronismo lavar sus culpas sobre la Triple A y las descargó en la figura de López Rega, que no era inocente, porque tenía su banda criminal estatal, pero no hay que perder de vista que la persecución hacia el “infiltrado” era una política deliberada del peronismo ortodoxo.
–¿López Rega fue el chivo expiatorio del peronismo?
–Era la figura a la que más sencillo resultaba endilgarle todas las responsabilidades, culparlo de todo. Que quede bien claro que no digo que fue inocente: esta biografía muestra cómo él arma la Triple A, esa estructura ilegal dentro del Estado para reprimir al peronismo de izquierda. Pero no era un loco llegado de Marte: la política oficial del peronismo en el poder era “eliminar” a la izquierda peronista. Recientemente, durante una charla, un ex montonero me dijo: “A nosotros nos persiguió López Rega”. En todo caso, repuse, los persiguió López Rega y los persiguió el peronismo. “Y sí... lo que pasa es que nos cuesta admitirlo”, me confesó. López Rega es un personaje incómodo para el peronismo. La aniquilación de la subversión, por parte de las Fuerzas Armadas, fue una prolongación de lo que era para la Triple A la eliminación del “infiltrado marxista”.
–¿López Rega contó con el respaldo explícito del periodista Mariano Grondona?
–Aunque fue secuestrado por una facción de la Triple A, Grondona apoyó a López Rega porque consideraba que era una figura necesaria para desideologizar al peronismo, porque estaba haciendo un trabajo sucio que otros iban a coronar: los militares. López Rega tuvo el apoyo del peronismo ortodoxo y los sectores de la derecha liberal. La Triple A no tenía control, eran células autónomas que actuaban bajo una misma matriz ideológica. El terror se profesionaliza, se “ordena”, con la desaparición forzada de personas en la dictadura.
–Cuando afirma que López Rega entra en la lógica del peronismo, ¿a qué se refiere?
–López Rega no era un criminal antes de entrar al peronismo, se convierte en un criminal cuando entra en la lógica del peronismo ortodoxo, que estaba en “guerra” contra los que ellos calificaban “infiltrados del movimiento”, que eran militantes como el presidente (Néstor) Kirch-ner. Este libro tiene mucha actualidad política porque permite entender cuál es la disputa que hay entre el aparato justicialista bonaerense y la política transversal de Kirchner. Este conflicto entre el ortodoxo y el “infiltrado” está latente entre (Eduardo) Duhalde y Kirchner. Aunque admitan que pueden tener diferencias, ellos aseguran que van a defender la institucionalidad, porque si se enfrentaran, como sucedió en los tiempos violentos de los ‘70, debilitarían la institucionalidad y la gobernabilidad.
–En cierto modo, a través de esta biografía, ¿le está pidiendo al peronismo que revise y discuta su responsabilidad en la génesis del terrorismo de Estado en los ‘70?
–Sí. En los ‘80 se juzgó el terrorismo de Estado de la dictadura militar. No obstante, los dos años constitucionales de Perón e Isabel quedaron en la nebulosa. La política del “por algo será” surgió con la Triple A. Su órgano de difusión, la revista El Caudillo, fue creado por el Consejo Superior Peronista, financiado por la UOM y el Ministerio de Bienestar Social. Desde esas páginas se celebraban las muertes de la izquierda peronista y se decía que el que le temía a la Triple A “por algo será”. Los crímenes de la Triple A se tendrían que haber investigado dentro del propio peronismo. Ni los militares, ni los peronistas, ni los radicales quisieron investigar los crímenes de ese período constitucional del ‘74 al ‘76 en el que murieron más de 2 mil personas. El Partido Justicialista, sea por acción propia o por omisión, le dio un aval político a las acciones de la Triple A.
–Por ejemplo, en las reuniones de gabinete de Isabel, usted revela que se pasaban diapositivas de personas “calificadas como subversivas”.
–Era una carta blanca para eliminarlos, como fue el caso de Julio Troxler. Su diapositiva se proyectó en agosto de 1974 y lo mataron un mes después, en septiembre. Esto fue confirmado por un ex ministro que participaba de las reuniones de gabinete.
–Más allá del impacto que pueda generar esta biografía, ¿hay una necesidad de discutir los ‘70, de abrir el debate?
–Es interesante observar las derivaciones de López Rega con un caso paradójico: Musa Azar. Se dispuso que se lo juzgara por los crímenes que cometió durante la dictadura militar en Santiago del Estero. Sin embargo, las desapariciones comenzaron en 1975, en el gobierno constitucional de Juárez. Si Musa Azar manejó la inteligencia durante los últimos cuarenta años, como se presume, y fue responsable de las desapariciones, tiene que ser juzgado por terrorismo de Estado, pero no sólo en la dictadura sino durante el gobierno constitucional del peronismo. Hay cierta hipocresía al restringir su juzgamiento únicamente por los crímenes cometidos en dictadura. El peronismo tiene que revisarse a sí mismo no sólo mediante una autocrítica testimonial sino en la Justicia.

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Después del éxito editorial considerable de Galimberti, Larraquy arremete ahora con López Rega.
 
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