CULTURA › DOSCIENTOS AÑOS DE HANS CHRISTIAN ANDERSEN

El creador de cuentos que ya no tienen edad

El danés Andersen fue un precursor en el relato infantil.La sirenita, El patito feo y el Traje nuevo del emperador son apenas algunos de los títulos de su legado inolvidable.

 Por Silvina Friera

“El patito feo soy yo”, podría haber dicho Hans Christian Andersen, anticipándose a Flaubert y la famosa frase con la que “inauguró” la novela moderna: “Madame Bovary soy yo”. El escritor danés, que más de una vez aclaró que sus cuentos eran autorretratos en los que se podían rastrear las huellas de su vida, fue un adelantado del cuento moderno, una figura incómoda en el universo en el que le tocó vivir: ya sea en Odense, en donde nació hace doscientos años, o en Copenhague, “la gran ciudad” a la que llegó a los catorce años con la esperanza de ser bailarín. Y si él mismo confesaba que “el humor era la sal de sus cuentos”, hay una anécdota jugosa y desopilante que solía contar sobre ese intento frustrado de incursionar en el mundo de la danza. “Improvisé, tanto el texto como la música. Y para poder interpretar mejor la escena de danza con la pandereta, dejé los zapatos en un rincón y bailé en medias”, recordaba Andersen, que se había presentado nada menos que en la casa de Mme. Schall, la primera bailarina de Copenhague. Ella pensó que ese joven de una fealdad casi grotesca, más alto de lo común y más flaco de lo normal, un tanto torpe, pero con una voz hermosa, aunque sumamente afeminada, estaba loco, y lo hizo echar de su casa.
Copenhague era esa gran ciudad en la que el joven recién llegado buscaba la redención de la pobreza que había padecido su familia. Su padre, que murió cuando Andersen tenía once años, fue un zapatero inteligente y autodidacta que le leía a su hijo las comedias de Holberg, el padre del teatro danés; las fábulas de Fontaine y los cuentos de Las mil y una noches; él lo llevó por primera vez a un teatro de Odense y le enseñó a Andersen a crear su propio teatro de títeres. Su madre, una campesina analfabeta y supersticiosa, le transmitió las viejas costumbres populares sobre el antiguo folklore de su región natal, las cuales fueron un colorido estímulo para la imaginación del escritor danés. Andersen había fracasado como bailarín y cantante –aunque ingresó en la Escuela Real de coro, su voz pronto cambió y nuevamente se encontró solo y sin oficio–, tuvo su hada protectora en Jonás Collin, uno de los directores del teatro real y destacado funcionario a cargo de un fondo del rey Federico VI de apoyo económico para artistas. Collin advirtió que detrás de las limitaciones económicas de Andersen había un gran talento literario y decidió pagarle los estudios. El joven Hans tenía por entonces 17 años y tuvo que incorporarse a una clase de chicos de once años que se burlaban de él. Pero más allá de la crueldad de sus pares, que no podían ver al hermoso cisne danés, agazapado detrás de una anatomía y unas facciones fuera de lo convencional, el joven se aferraría a los estudios para emprender vuelo, surcando los cielos del planeta y de la infancia.
Cuando el sistemático maltrato que el joven recibía de su propio maestro, un tal Simón Meisling, llegó a oídos de Collin, su benefactor lo instaló en su casa, como si fuera un hijo más y lo preparó en forma privada para el examen universitario. Finalmente, a los 23 años, Hans se inscribió en la Universidad de Copenhague para estudiar Filología y Filosofía. Andersen, que se nutrió de los escritores germánicos Goe-the y Schiller, y de los ingleses como Shakespeare y Scott, firmó su primera obra, Intentos juveniles, bajo el seudónimo de William Christian Walter: William por Shakespeare, Christian por él mismo y Walter por Scott. Empezó a publicar poesía y teatro para ganarse la vida, pero dentro de todos los géneros que Andersen frecuentó, fueron los cuentos que escribió –entre 156 y 168 según diversas fuentes– los que le proporcionaron el reconocimiento mundial y lo convirtieron en una celebridad: La sirenita, El soldadito de plomo, Los zapatos rojos, Pulgarcito, El ruiseñor, El traje nuevo del emperador, La reina de las nieves, El patito feo y La vendedora de fósforos, entre los más conocidos. En 1835 apareció su primer volumen de cuentos de hadas, Eventyr Fortatle for Born, Forste hefte, Cuentos de hadas para niños, Volumen I, en donde su estilo –liviano, coloquial, simple– chocaba con las normas de la época y estaba a años luz del lenguaje florido y el contenido didáctico de lo que se escribía para niños. La prosa de Andersen destilaba humor y los relatos estaban construidos con una pureza formal que resultaba completamente nueva para sus lectores. Un día de 1844 escribió: “Hace veinticinco llegué con mi atadito de ropa a Copenhague, un muchacho desconocido y pobre, y hoy tomé chocolate con la reina”. Y cuando cumplió 62 años, lo declararon ciudadano ilustre de su ciudad natal, Odense, y el rey de Dinamarca le concedió el título de Consejero del Estado.
Andersen elevó el cuento popular o de hadas a la categoría de Literatura con mayúscula, introdujo el final triste (la muerte de la heroína como en La pequeña vendedora de fósforos), hecho que hasta entonces sólo se había permitido a Caperucita, y supo imprimir un humor teñido de burla, tristeza y sentimentalismo, y hasta un sentido trágico de la vida, en la mayoría de sus cuentos, traducidos a 80 idiomas. ¿Por qué las historias de Andersen son atemporales y universales? ¿Por qué repetimos en distintas circunstancias “el emperador va desnudo”, como ese niño al que no le importaba que lo llamaran ignorante porque él decía lo que veía? Nadie había sido tan consciente de que el estilo es lo único que sobrevive a un escritor: él anticipó las ideas surrealistas y freudianas del inconsciente a través de sus ficciones. Anticipó, también, el problema de la extrema soledad del individuo que busca pertenecer, y acaso por eso sus relatos hunden sus raíces en el presente, porque siempre habrá un excluido, un patito feo rechazado por todos que sueña con ser un cisne majestuoso, o un niño al que no le importan los falsos ropajes del emperador y está ahí siempre dispuesto a gritar su verdad.

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