CULTURA › LA BIOGRAFIA DE PIAZZOLLA

La vida de Astor, la pluma de Diana

Diana Piazzolla reedita la biografía que escribió sobre el músico. Recuerdos de un padre contradictorio y genial.

 Por Cristian Vitale

Angustiante fue la sensación de Diana Piazzolla, única hija mujer de Astor, cuando tuvo que sacar de un sótano y comprar los ejemplares de aquella novela que había escrito con fervor sobre su padre. Le había costado bastante convencerlo –“no quería que escribiera su biografía, pensaba que era como matarlo antes”, evoca– y más aún producirla: unas 17 cintas de entrevistas durante dos semanas con él y pensar estrategias estéticas para novelar una vida llena de fugas y contrapuntos, no había sido fácil. “En 1976 yo estaba exiliada en México y le pedí una exclusiva para Playboy. Accedió y le hice como 85 preguntas. Una de ellas fue: ‘¿Te gustaría que escriba tu vida?’, algo que rechazó rotundamente. Pero al final le gustó la nota, me llamó y me dijo: ‘¿Querés escribirla?’. Así de contradictorio era. De golpe te daba un mazazo y de golpe te exigía un desafío terrible. Eso sí, me pidió que hiciera algo original”, recuerda Diana, autora también de la letra de Réquiem para un malandra. La novela, en la que trabajó 10 años, se editó por primera vez en 1986 por Emecé y se vendió muy bien al principio, pero después permaneció casi 20 años en el cofre de los saldos, hasta que algo activó en Diana la idea de reeditarla en el país: en el 2000 fue publicada en Francia con una traducción impecable que la llevó a ganar el premio Coup de Coeur de literatura musical y transformarse en libro de escuela. “Acá nadie se enteró, pero se transformó en material de estudio para los bachilleratos de Francia. Los chicos allá estudian este libro y la música de Piazzolla”, informa.
En la nueva edición, a cargo de Corregidor, se agregan como bonus tracks cartas escritas de puño y letra por Astor a su primera mujer Dedé (“mi querida Dedita”), que datan de 1945, cuando Diana tenía 3 años; a su hijo Daniel desde Milán mediando los ’70, y a amigos suyos, que agregan la nota siempre polémica de Astor (ver recuadro). También se anexan testimonios de personalidades musicales como Gary Burton, Roberto Goyeneche o Hugo Baralis sobre Astor. Pero el trazo grueso, la pluma caliente, sigue siendo la vuelta estética que Diana encontró –plena de imágenes y metáforas– para ubicar a su padre en un punto medio exacto entre la ficción y la realidad. El relato pendula entre la pobreza de inmigrantes de sus antepasados directos y su existir violento en la calle 8 del Greenwich de Nueva York; entre su amor por el jazz y la armónica (en contraposición con la amargura que le producía escuchar el bandoneón de Pedro Maffia, cuando a su padre Vicente le daba por la nostalgia) y su estadía en la escuela primaria de Mar del Plata, donde le ataban la mano izquierda para que escribiera con la derecha. O entre el segundo viaje a Estados Unidos, sus peleas con Jack La Motta –futuro campeón del mundo– y sus escapadas al Harlem con un amigo pendenciero para escuchar a Cab Calloway o “curtir” los lugares prohibidos de la calle 42. “El eje es el problema migratorio. Mi viejo vivía sobre barcos y es esa vida en movimiento continuo la que lo convierte en un tipo melancólico, irascible, romántico y contradictorio. La historia termina en 1958, cuando regresa de París, enuncia ‘traigo una bomba en cada mano’ y arma el Octeto Buenos Aires para luchar con los ortodoxos. Creo que fue un hombre que la peleó a muerte hasta el final.”
–Perseguido por la obsesión de convertirse en un genio, como quería su padre.
–Es que los antecedentes de mi viejo terminaron siendo sus modelos, al fin. Tuvo uno principal que fue Nonino y su obcecación por ese hijo que se transformara en músico y no en gangster, que lo encerraba en el baño para que estudiara bandoneón cuando él quería tocar armónica en las calles de Nueva York. Si no fuera por su padre, no sé si Piazzolla hubiese surgido. ¿Por qué creés que le salió Adiós Nonino? Creo que ni él pensó que iba a tener la dimensión que tuvo.
–Hay muchos diálogos que usted imagina, seguramente basados en testimonios de su padre. Uno de ellos es el que mantiene con su amigo Stanley cuando ambos intentan huir de sus padres en bicicleta hacia Nueva Jersey y casi se mueren de frío, porque empieza a nevar. ¿Qué dijo Astor?
–“¿Cómo sabías que habíamos hablado de esas cosas, si no te lo conté?” Se había olvidado. Creo que me favoreció mucho la conducta estricta de papá cuando le hacía las notas. Cuando llegaba, me servían un tecito y charlábamos a morir. No se hablaba de otra cosa que de su vida. Tenía un nivel de exigencia terrible para con él y creo que lo pude trasladar bien al libro.
Otro eje del trabajo de Diana ancla en la relación de amor-odio que Astor tenía con el fuelle y el tango. Esos demonios interiores que fantaseaban con destruir “los malditos discos de papá”, su temprana pasión por la Rapsodia en azul de Gershwin y el día que Gardel, en Nueva York, le preconizó que iba a ser algo grande, pero que tocaba el tango como un gallego. “Logré meterme en su mundo interior adolescente, que ya era contradictorio. Ese impulso de esconder el bandoneón en el armario para no verlo y después agarrarlo para amarlo. Papá luchó tanto contra el tango que lo terminó amando, sobre todo cuando escuchó al sexteto de Elvino Vardaro”, sostiene la también autora de la novela Si preguntan por mí. Tampoco faltan la abulia que sentía Astor cuando se ganaba el mango tocando en el cabaret Novelty, los roces con los músicos de la orquesta de Aníbal Troilo –que no podían seguir sus sonatas “herejes”– y la audacia para arreglar temas como Azabache, Inspiración o Chiqué, que desconcertaban a propios y extraños. “A papá lo tenías que tomar como era. Algunos lo entendieron, otros no. Al ver que la novela no salía, me llamaba exigiéndome que la terminara, y yo estaba en problemas porque no podía dejar de trabajar. Al final, la terminé encerrada en mi pieza: mis hijos me abrían la puerta tipo celda para pasarme la comida.”
–Se han editado varios libros sobre Astor, como el de Oscar López Ruiz, A manera de memorias, de Natalio Gorín. En fin, ¿cuál cree que es la especificidad del suyo, además de ser una biografía novelada?
–El de López Ruiz me gustó mucho, es muy divertido, pero yo jamás podría haberlo escrito así, y tampoco de una manera estrictamente biográfica. El de la antropóloga cultural María Asís también es maravilloso. Pero creo que en el mío predomina nítidamente la estética de la imagen por sobre los datos biográficos, que por supuesto también están.
–¿Cuál fue la primera impresión de su padre cuando la leyó?
–El antecedente era bravo, porque me había puesto contra la pared con una advertencia: “Hacé algo bueno o no hagas nada”. Por suerte, su primer llamado después de leerla fue: “Me atrapó como si fuera la historia de otro”.
–¿Le costó abstraerse de la carga emotiva?
–Me costó dejar mis emociones de lado sobre un ser al que amaba y amo entrañablemente, pero creo que logré transformarlo en un personaje, de hecho la novela está narrada en tercera persona. Está el amor, sí, pero no se nota que es la hija la que escribe.

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