CULTURA › LA TRAYECTORIA DE UN PENSADOR NACIONAL

De la derecha a la izquierda

Arturo Martín Jauretche nació el 13 de noviembre de 1901 en Lincoln, Buenos Aires. Sus abuelos eran mitristas –un ideario político que condenó en Política nacional y revisionismo histórico– y sus padres, alsinistas de pura cepa conservadora, una posición que sostuvo por muy poco tiempo... tal vez hasta su temprana adolescencia. “Al revés de tantos políticos, yo subí al caballo por la derecha y terminé bajándolo por la izquierda (...), descubrir las zonceras que llevamos dentro es un acto de liberación”, escribió al respecto. Su carácter inquieto lo había llevado desde pequeño a congeniar mejor con los hijos de peones de campo que con los pibes de su clase. Y a convertirse en un precoz lector de los filósofos alemanes –entre ellos, Friedrich Nietzsche– y de la literatura anarquista muy en boga por la época.
Cuando arriba a Buenos Aires, promediando los ‘20, lo hace con ese background y una imperiosa voluntad militante. En breve, conoce a Homero Manzi, se afilia al radicalismo y colabora con la campaña de 1928 que llevaría a Hipólito Yrigoyen por segunda vez al poder. Abraza la causa yrigoyenista, convencido de que aquella Unión Cívica Radical era el canal propicio para participar de las decisiones políticas nacionales. A partir de 1930, depuesto Yrigoyen, resiste a la Década Infame y participa, fusil en mano, de la Revolución de Paso de los Libres en 1934. Con el fin de “recuperar la Unión Cívica Radical para el cumplimiento de su destino intransigente, reparador y revolucionario; emancipar la economía nacional de la absorción operada por el capitalismo colonizador”, funda FORJA, que se trasvasaría al peronismo en 1945.
Jauretche conoce el poder a través de su cargo como director del Banco de la Provincia de Buenos Aires, puesto en el que se destaca por sus ideas claramente orientadas al desarrollo de una banca autónoma que proporcionara créditos a la pequeña empresa. En 1952, un cambio de rumbo en la política económica del gobierno peronista –que adquiere un perfil más ortodoxo– lo aleja del poder y también del partido. Intenta, junto a John William Cooke, convencer a Perón de que revea sus posturas, pero la negativa lo sumerge en un ostensible ostracismo. Permanece un tiempo jugando al ajedrez con forjistas retirados. “Si Perón insiste en convertir a su partido en el partido de la nación, la Nación no lo va a acompañar”, auguraba. A partir de 1955, después de la llamada Revolución Libertadora, pasa a ser un “maldito”, pero se convierte en el Jauretche escritor, autor de libros fundamentales para el revisionismo histórico argentino.
Pensador agudo, satírico, experto en leyes, biología y matemáticas, versátil para comunicarse con todos los estratos sociales, crítico mordaz del arquetipo del intelectual argentino y dueño de una loable prosa, Jauretche elaboró con paciencia de araña un corpus literario que sería usufructuado por las juventudes militantes de los sesenta y los setenta. Editó Política y economía, un compilado de artículos y borradores que escribió durante la peor época de la proscripción peronista; Ejército y política, que le valdría el respeto y la admiración de una minoría militar que añoraba el antiimperialismo; Los profetas del odio (1957), obra central para entender el concepto de colonización pedagógica; El medio pelo de la sociedad argentina (1966) y el Manual de Zonceras Argentinas (1968), una carga frontal contra la Historia Oficial. “Para la historia oficial –escribe– ningún héroe argentino ha tenido dolores, ni se ha calentado con una china, ni le ha jugado una onza a una carta. Esa historia tenía todo el opio que se le niega a San Martín y así los chicos preferían saber la de otros países, mucho más entretenida, por humana.”

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