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Los entrenadores televisivos

Ya casi nadie recuerda las mil arrugas del sabio Renato Cesarini, la docencia callada de Guillermo Stabile o las frases marketineras de Pepe Peña (que una vez le pidió a un arquero que las que fueran adentro no eran su problema, pero que por favor no metiera adentro las que iban afuera). En cambio, cualquier consumidor de fútbol televisado reconoce al instante los golpes en el pecho de Carlos Griguol, las instrucciones increíbles de Ramón Díaz durante los partidos cabreros, los exabruptos del profe Córdoba, un barrabrava devenido entrenador. El imperio de la televisión ha generado una raza de entrenadores mediáticos, que salen a la cancha con plena conciencia de que jugarán dos partidos en simultáneo: el de sus jugadores y el de la transmisión. Los entrenadores –como algunos arqueros– trabajan para la televisión sin ningún prurito: saben qué cámara les toca, qué plano los favorece, qué cosas jamás decir cuando la luz roja está prendida, qué gestos tienen gancho y cuáles deben omitir.
El espectador de fútbol por televisión tiene una ventaja sobre el que está en la cancha: una información instantánea sobre qué pasa en el banco, un mundo paralelo al partido, en que se sufre, se insulta, se disfruta, flotan unas ganas inenarrables de sumarse a la fiesta que está ahí nomás, del otro lado de la línea. El espectador de fútbol en el estadio tiene otra suerte: como no verá jamás lo que pasa en el banco –salvo que se ponga cerca y se dedique a eso, si es que puede adivinar el lenguaje de las espaldas–, no perderá tiempo en prestar atención a una serie de rituales que poco influyen en los resultados. Cualquiera que haya honrado con su esfuerzo el verde césped sabrá qué poco se escuchan ahí las instrucciones del técnico, que casi siempre suenan fastidiosas. En el fútbol, de verdad, los de afuera son de palo. ¿Por qué, entonces, insisten la mayoría de los entrenadores en montar sus shows laterales? Algunos, por temperamento, porque no pueden con el genio. Otros porque trabajan pour la galerie. Un porcentaje menor, porque así vuelven a los días en que eran felices, del otro lado de la raya.
Los técnicos de la Selección Argentina son una especie de debilidad nacional, al menos desde que César Luis Menotti debutó en el puesto en 1975, después de haber sacado campeón por única vez en su historia a Huracán, cuando estaba a punto de dejar de estar de moda, al afirmar: “Yo soy de la JP”. En el inconsciente colectivo han quedado dos o tres de sus ideas-fuerza, todas transmitidas por la televisión, aunque una de ellas por una caricatura de un comicastro. Las ideas son que Menotti, como el personaje del tango, fuma, fuma y fuma sentado en el umbral (de la cancha). Que Menotti es serio, pelilargo, canyengue y ojeroso. Que cree que para saber entrar hay que saber salir. Y que propone, con su cara de triste, de perro apaleado, un fútbol alegre. Incluso cuando hace que sus equipos jueguen al offside, para alegría de los otros.
Lo mismo ocurre con Carlos Salvador Bilardo, convertido en este Mundial en el comentarista de la papa en la boca. ¿Quién no recuerda su gesto de arreglarse el peluquín, que no tiene, en un partido de México ‘86, ante una oportunidad de gol dilapidada? ¿Cómo obviar el escrache de que fue objeto por parte de la televisión española, cuando pedía a gritos a un jugador del Sevilla que pisoteara a un rival? Bilardo es la viveza criolla hecha fútbol, el anti-fair play: el tipo capaz de mandarle un bidón con somnífero a Branco, y disfrutar después viendo, una y otra vez, el video del momento. Daniel Alberto Passarella parecía todo lo contrario, siempre adusto y frugal, como si se hubiese creído que iba a morir con el mote de Gran Capitán que le puso el Gordo Muñoz (al que le encantaban los capitanes, los mayores, los tenientes de corbeta, los brigadieres) cuando era el jugador más ganador de la historia del Seleccionado. La posteridad lo recordará corriendo a abrazar a sus potrillos de pelo largo prohibido, cómo el que armó el equipo que luego Marcelo Bielsa aprovechó, y preguntándose una y otra vez por qué el referí no cobró penal en la jugada que terminó en la expulsión de Ortega, ante Holanda, hace cuatro años. Bielsa, con su físico de enano de jardín y su ansiedad de inminente padre de quintillizos, es un personaje antitelevisivo –y antimediático– por excelencia. Lo suyo es el segundo plano, la sapiencia puertas abiertas, el discurso intrincado, la ubicuidad en el triunfo y la derrota, la seriedad del que no cree en las luces de neón. Un vez festejó un gol y fue noticia. Tiene una ventaja: mañana juega el partido más importante de su vida. Para todos los demás, el partido más importante de su vida es uno que ya pasó.

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